viernes, 31 de diciembre de 2010

"EL CONURBANO DESDE LA CAPITAL ES TOTALMENTE INCOMPRENSIBLE"



Vivió más de diez años vendiendo sus artesanías por la calle, estudió Letras y fundó El Interpretador, una de las primeras –y mejores- revistas virtuales sobre literatura, en la que empezó a publicar unos relatos que hablaban de una vida en el corazón del Conurbano matancero. Esas historias se volvieron un libro: Villa Celina, de lo más interesante de la nueva narrativa argentina de los últimos años; y en esa estela surgió El campito, una novela; y ahora está a punto de salir Rock barrial, su tercer libro. Juan Diego Incardona es el hombre detrás de esta historia. Hablamos con él una soleada tarde porteña. Lo que sigue es lo mejor de una charla imperdible. Bajada


Por Julia Mengolini y Federico Scigliano


-¿Cómo te presentarías?
-Viví 28 años en Villa Celina pero los últimos diez anduve como un gitano, pasé por mil barrios, de alquiler en alquiler. Cuando me fui de Villa Celina viví en carpa casi 5 años, siendo artesano desde el 95 hasta el 2008, al principio con una novia con la que viajábamos por todo el país. Todo un estereotipo hippie, con el pelo largo, el pañuelito, bien de la tribu urbana de los 90 del Conurbano. Estudié ingeniería mecánica y después distintas carreras. Hice Letras pero justo se interrumpió cuando empecé a salir de gira por el país pero cuando terminó mi relación terminaron los viajes también. Volví a la facultad y ahí me metí de lleno con la literatura y aunque la carrera no tiene mucho que ver con la escritura, sí me empezó a despertar el bichito. Pero la escritura empezó en mí mucho antes, de un modo mucho más amateur. Lo primero que hacía era escribir canciones para bandas del barrio.


-Dijiste que al principio imitabas a Borges y te salía muy berreta.
-Con la narrativa en realidad, no con lo primero que escribí que eran canciones y poemas. Cuando empecé con la narrativa fue justo cuando iba a la facultad y como que absorbí una idea falsa de la literatura, fue una etapa de copia, donde copiaba lo que creía que era “la literatura”. Me leí todo Borges y copiaba, pero no tenía nada que ver conmigo, aunque fue como un campo de entrenamiento. Eran cuentos con palabras difíciles.


-Te pasa al revés que a todo el mundo. Borges no invita a escribir, ¡más bien invita a no querer escribir nunca en la vida!
-No sé si eso tiene que ver con los escritores que uno lee. Estas cosas son vocacionales de verdad y creo que en mí esto ya estaba hacía mucho tiempo. En un momento agarré un modelo, que fue Borges como podría haber sido cualquier otro. Después lo superé, por suerte.


-Estuviste en la fundación de El interpretador, uno de los primeros sitios sobre literatura que se hicieron acá.
-Para mí fue algo muy importante El interpretador me hizo crecer un montón. Fue como una de las primeras revistas literarias digitales argentinas. Yo ya venía publicando a finales de los 90 en algunas revistas españolas, y en algún momento se me ocurrió copiar el modelo. La idea era hacer una revista tradicional en internet. Con tapa, en bloque, sumario, contratapa, consejo editorial. Había mucha discusión atrás. Para mí fue muy importante porque durante el proceso de la revista yo cambié mi poética. Estaba con todo eso borgeano, pero en las reuniones de la revista yo contaba historias del barrio y ellos fueron los que me dijeron “dejate de romper las bolas con Borges” y me alentaron para que me pusiera a escribir sobre Villa Celina y ahí tímidamente escribí el primero de los relatos que fue “Los Reyes magos peronistas”.


- Publicaron cosas tuyas en España. ¿De qué manera se puede exportar algo con tanta idiosincrasia nacional?
-En realidad eso fue en la primera etapa. Es verdad que yo giré a una vertiente de la literatura más que argentina, latinoamericana. Leo de todo pero cuando escribo trato de cargarlo de referencias reconocibles, incluso muy específicas como lo que puede ser un barrio, que es más chico que una provincia, más chico que un país. Es parte de la poética, ser bien particular.


-¿Cuando escribiste Villa Celina?
-Empecé a escribir los relatos sueltos que publicaba en El interpretador en el 2005 y de a poco el universo se me fue armando. Un poco con mi vida, recuerdos, quizá muchos cuentos son anécdotas tal cual yo las recuerdo y otras son medio ficcionadas, pero en un momento me di cuenta que había un universo literario que ya excedía al barrio y que ya estaba funcionando un sistema. Ahí no sólo salió Villa Celina, también El Campito y ahora Rock Barrial. Ningún libro se repite y todos continúan un mismo universo. Villa Celina es como la matriz.


-Villa Celina es un libro de época, claramente entroncado en un momento en el que se empieza a releer el Conurbano, en un momento que empieza a aparecer una versión más amable del peronismo. ¿Eras consiente que escribías eso?
-Al principio no. Cuando publiqué los primeros cuentos todavía no se había puesto de moda el peronismo en la literatura. De hecho, cuando sale “Los reyes magos peronistas”, tuvo mucho impacto por eso, porque nadie escribía sobre peronismo. Sí evidentemente se empezaba a forjar un caldo de cultivo que tenía que ver con lo actual, con el gobierno y con las políticas que se empiezan a implementar en la época. Pero tenía mucho que ver conmigo y con la Matanza. Yo me puse a escribir de Matanza donde todo es peronismo pero por una manifestación cultural. A lo que voy es que no era el plan escribir un libro peronista, pero sale un libro peronista porque era un libro matancero. No podía ser de otro modo. Y después claro, se enmarca como anillo al dedo en lo que empieza a ser en las distintas manifestaciones artísticas una revitalización de una estética que trabaja con el peronismo.


-¿Esperabas la repercusión que tuvo Villa Celina?
-No, no la esperaba. Yo tenía mucha expectativa cuando publiqué Villa Celina pero era una expectativa personal. Pude homenajear, documentar a mis amigos, a mi familia. Pero nunca pensé que iba a tener tanto alcance.


-¿Fuiste amigo de Pity Álvarez?
-No sé si la amistad se acaba, nunca nos peleamos, lo que pasa es que no nos vemos hace miles de años. Fuimos muy amigos en el colegio.


-¿Qué te pasa cuando lo ves tan quemado?
-No sé lo de quemado. En realidad estamos todos quemados. Las personas no parecen quemadas hasta que te ponés a hablar con ellos y te das cuenta que están hechos mierda. Sí me pone mal cuando lo veo triste. Por otro lado hay cosas de él que admiro, que siempre admiré, incluso antes de que fuera famoso. Esa personalidad que tiene ya la tenía en el colegio. En el colegio ya era Pity, era el líder de la división, tenía mucho carisma, y ya tenía su relación con las drogas.


-Hay muchas bandas que salen de Villa Celina, ¿cómo se explica ese semillero?-
-El libro que sale ahora Rock barrial, es un poco esa historia. Por eso digo: para mi Villa Celina es como una matriz donde podés continuar una línea. El campito continúa toda la línea del peronismo. Villa Celina está muy ligada a la historia del peronismo, como toda La Matanza. Después todo lo que es el rock barrial me parecía que merecía otro libro, pero tratando de de problematizarlo. Muchas veces a mí me etiquetaron como “el escritor chabón”, son etiquetas que después se caen si vos seguís trabajando en tu búsqueda artística. Pero la propuesta de este libro es mucho rock, pero mucha fábrica, o sea, el rock barrial bien pegado al mundo del obrero. El rock barrial nace en los 90 en esos barrios y los pibes de las bandas son hijos de desocupados, muchos de ellos suicidas. “Cuando los oficiales torneros se suicidaban en masa, los hijos se juntaban en las esquinas a tocar sus primeras canciones”. Un poco es eso, son los hijos de los suicidas, literalmente o no, de los 90. Es una mezcla que hasta ahora nadie había trabajado. El rock barrial no solamente se relaciona con el alcohol y la droga, es mucho más que eso. Aparte el rock barrial me interesa porque despierta muchos prejuicios y cuantos más prejuicios despierten las cosas más me interesan para trabajarlas artísticamente. El rock nacional- que amo- es como Mozart frente al rock barrial. Los viejos próceres del rock nacional desprecian al rock barrial, no le ven nada bueno. Para mí, esas manifestaciones son dignas de analizar y de buscarle sentidos y cruces que dicen mucho más que una lectura plana en la que rock barrial es alcohol, drogas y todos hechos mierda.


-Lo que dicen que es que hay como una especie de aplanamiento, que allí no hay más que subjetividades arrasadas por la pobreza. Hay como una mirada de clase sobre ese mundo, de viejos rockeros que son todos hijos de la clase media argentina.
-Totalmente y el rock barrial no es de clase media, es de clase obrera. Después se podrá discutir si tiene más calidad o no pero está dentro de la manifestación cultural. Los Redondos, que son difíciles de encasillar dentro de algún tipo de corriente, para mí, dentro de los paratextos que armé funciona también articulado dentro del rock barrial, simplemente porque todos los pibes de Villa Celina que tenían su banda, escuchaban a Los Redondos. Entonces también en el imaginario son parte del rock barrial, por el mundo que arma. Los límites siempre son difusos. Pero a mí lo que me interesa es eso de que hasta cierto momento en el Conurbano, las instituciones eran los espacios que contenían a la comunidad. Ahí estaban los bailes, ahí estaban las peñas, los grupos juveniles de la parroquia, la unidad básica. Y en un momento todo eso se empieza a encerrar, se empieza a enrejar. Hay mayor violencia, cambian las drogas y empieza a haber una cultura de la esquina como no había antes. Siempre hubo esquina, pero en los 90 explota. Los 90 parecía Liverpool. En todas las esquinas había pibes zapando. Empezábamos a escuchar blues, rock y los pibes empezaban a armar su propio mambo. Pero es la manifestación cultural lo que más me interesa del rock barrial, y se da mucho en el oeste. En el oeste está el agite.


- Alrededor del Conurbano hay montones de prejuicios sobre todo en lo que respecta a la política. ¿Qué le decís al mito del clientelismo?
-El Conurbano desde la Capital es totalmente incomprensible. Siempre va a ocupar el lado de la barbarie y todo va a ser leído desde ese lugar. Y reducir el peronismo al clientelismo, al punterismo, a eso de “por el pancho y la coca todos te votan” es una lectura idiota, hasta inocente de todo un proceso histórico de larga data, de sentimientos, de un montón de manifestaciones culturales que se fueron dando a lo largo del tiempo, de un montón de logros que tuvo la clase que habita esa zona. Me parece una reducción tan ridícula que no merece respuesta. Y además, no es así. Por supuesto que hay punteros, que hay caudillos, pero la política es así. También hay un espíritu comunitario en el Conurbano, que no lo tiene la Capital y del cual el peronismo forma parte. Dudo que una asamblea de carácter progresista de la Capital pueda hoy compararse con la vida comunitaria y las decisiones colectivas que se toman permanentemente en temáticas que tienen que ver con la comunidad. En los barrios existe eso todavía. No se trata de idealizarlos porque la cosa se fue transformando. El primer cordón hoy por hoy está súper edificado, los potreros se perdieron y un poco esa vida comunitaria está desdibujada.


-También está la visión de que el Conurbano está cada vez peor. ¿Es así o es culpa de Rolando Graña y Policías en acción?
-Hay algo que no se puede negar. La droga en el Conurbano corre como el agua. Yo amo Villa Celina y amo el Conurbano pero no puedo dejar decir que no está bueno que haya tanta droga que hace mierda a la gente. Son muchos los amigos que están quemados por el paco. Eso me parece que es un retroceso y no sé de qué manera se soluciona. Obviamente no a través de la mano dura pero hay que seguir trabajando para contrarrestar eso con mayores posibilidades de trabajo, de salud, de educación.


-El descubrimiento del Conurbano que proyectás vos y otros, se contrapone a uno más mediatizado donde la gente se caga a piñas todo el tiempo.
-Puede ser que ambos estén extremados porque ninguno dice la verdad. Es una mezcla de los dos discursos. Yo creo que en Villa Celina y en Rock Barrial, está ese cruce. Está el cuento más feliz, un poco en la idea de la comunidad organizada, pero también están los cuentos violentos, las luchas de pandillas, está a droga. Como que me interesa mezclar las dos cosas dentro de las mismas obras.


- “Uno se para donde nació. Ahí está el punto de vista del observador” decís en Villa Celina. ¿Qué quiere decir?
-Quizá yo hoy podría modificar la oración y decir “uno se para donde creció”. La infancia, la adolescencia y la juventud, es una época fundamental de cada persona y eso moldea muchos modos de pensar y de ver las cosas. Todo nuestro sistema de relaciones sociales transcurre ahí. Y quizá sobre todo se fortaleció una sensación de pertenencia. Todo esto está apareciendo en mis libros pero no sé si siempre va a ser así. Si en un momento se agota iré por otro lado. Los intereses son muchos. No necesariamente hay que buscarlos en una geografía pero la geografía me permite explorar otras cosas que también son materiales para mí interesantes e intensos que tienen que ver con el trabajo porque hay muchas palabras que no son literarias en los oficios. Todo lo que no tenga literatura a mi me interesa para literaturizar.


-No hay muchos autores de la periferia, ¿no?
-Están apareciendo algunos autores que se sitúan ahí o que trabajan la cultura del Conurbano. Y está bueno porque contrarresta esa visión que predominó en la literatura argentina donde la periferia se representaba como un viaje que hacía el que vivía en el centro y se desplazaba. Ya desde “El matadero” de Esteban Echeverría, un tipo que vivía acá, iba hacia allá y le pasa algo, un encuentro violento y además un encuentro sexual. Eso del choque de clases produce un encuentro sexual violento. Hasta en Okupas el protagonista va al Docke y lo quieren violar. Es como una reescritura de “El matadero”. Siempre, si vas al Conurbano, te quieren violar.


-¿A qué le decís ni a palos?
-Ni a palos a la traición.


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