martes, 21 de diciembre de 2010

UNA CEREMONIA CON TORMENTA INCLUIDA




El perfume de la tempestad es el título del álbum que acaba de salir a la venta, para sorpresa de todos los fans: que hace apenas un par de semanas se enteraron de que la grabación estaba completa y la edición era inminente.

Una vez más, sin mucho preaviso y desde el más profundo de los secretos (apenas interrumpido por una serie de rumores que ganaron fuerza tras su recital del mes pasado en Tandil), acaba de ver la luz un nuevo disco del Indio Solari, El perfume de la tempestad. Al igual que en sus dos trabajos previos, reducirlo sólo a un disco compacto no hace honor a la edición, ya que nuevamente se trata de un libro vertical de muy cuidadosa impresión, con las letras, algunas citas y una serie de ilustraciones hechas por el propio Indio. O mejor dicho, “Caballo Loco”, tal su nuevo apodo, continuando con la tradición iniciada con su debut solista del 2004, El tesoro de los inocentes (bingo fuel), donde se autodenominaba “Artista Invitado”. Tres años después, en Porco Rex, se convirtió en “Monsieur Sandoz”.
A propósito, ya que nada es casual: “Crazy Horse” (Caballo Loco) no sólo fue un líder de los indios de los Estados Unidos que se alzaron contra el gobierno en 1876 para defender sus tierras, sino que también es un célebre cabaret de París. Esa dicotomía entre lo dionosíaco y lo apolíneo es toda una constante en la producción y personalidad de este “Caballo Loco”, que pone igual dedicación en celebrar los auténticos ritos del encuentro que constituyen sus conciertos como en encerrarse para producir con meticulosidad de artesano obras únicas en su música y su presentación.
Otro detalle que salta a la vista, previo a la escucha de las canciones, son las citas. Así como antes había saltado de Lennon-McCartney y Jacques Brel a Raffaella Carrá (en El tesoro...), o de Buzz Lightyear a Clarice Lispector (Porco Rex), aquí aparecen palabras del titiritero Javier Villafañe, un relato islámico y una elocuente frase de Antonin Artaud: “Tengo vergüenza de ocupar un lugar en un mundo donde la comodidad está hecha de compromisos”, además de un anónimo que hace referencia a cierta obsesión con la muerte (“Cuando el chucho canta, el indio muere. No será cierto... pero sucede”).
Como siempre, aproximarse a una nueva obra del Indio Solari va mucho más allá de las canciones, aunque estas constituyen el eje y columna vertebral de la misma. Reiteradas escuchas permiten generalizar, primero, que ha variado el concepto de la mezcla del audio, con un nuevo plano para la voz del cantante, que en su primer disco se oía difusa entre los poderosos riffs de guitarra, casi en un discreto segundo plano. Esa cualidad se convirtió en signo distintivo y característica de fuerte personalidad en el segundo, pero ahora su voz dio un paso al frente y consigue un resultado igualmente contundente pero que de alguna manera realza las palabras de una poesía única y original.
Y si la desbordante energía de Porco Rex fue una respuesta a salir a presentar el álbum debut y descubrir que tenía algunas canciones lentas que no eran muy aptas para estadios, ahora surge este El perfume de la tempestad que podría ubicarse a mitad de camino, con una combinación perfecta de ritmos y una hilación que mantiene la atención en vilo con la misma maestría que la elaboración de un repertorio en un show.

LOS TEMAS. Esta vez, la introducción no tiene los gritos del público en vivo (como en El tesoro...) ni tampoco arranca directamente con la batería de “Pedía siempre temas en la radio” (Porco Rex), sino que parece tener gruñidos de una piara de cerdos. ¿Un nexo con los porcos del 2007, quizás? El tema es “Todos a los botes!”, que parece pedir una huida en masa hacia un mundo mejor, lejos de los gobiernos con “locos de gran intensidad... que nos sentencian a flotar en venenos siniestros”. Casi lo opuesto a aquel “Nike es la cultura”, donde el protagonista parecía estar en una manifestación, corriendo para esquivar balas de goma.
Quizás el hit sea “Vino Mariani”, con un pegadizo estribillo, mientras que “Chante Noir” trae un saxo con reminiscencias ricoteras, “El tábano en la oreja” ostenta un gran neologismo (“todo un simonlebon”), “Black Russian” sorprende por su inicio The Edge/U2, y “No es dios todo lo que reluce” es un rock machacante con efectos de scratch de trip-hop (y piano sobre el final) que pronuncia otra referencia a la muerte: “El cielo está tendido y el infierno servido, y una vez más, amor, salvas mi vida. Bésame justo antes, por favor, de que mis ojos se cierren al final.” Los últimos segundos de “Una rata muerta entre los geranios” culminan con efectos de tormenta. Y el perfume que queda es exquisito.



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