sábado, 18 de diciembre de 2010

LA ESQUINA DEL INFINITO


La Renga produjo un nuevo disco de carácter conceptual, con letras que aluden a excursiones futuristas y músicas ancladas en un hard rock primitivo. No se vende en disquerías, sino que se entregará en la entrada en los próximos shows de la banda.


Por Fernando D´addario

Tan sencillos que parecen y sin embargo podrían refutar al mismísimo Tolstoi, asumiendo el reverso de la frase que se le atribuye al autor ruso: “Pinta el universo y serás barrial”. La Renga es una banda de esquina, de buseca y vino tinto, pero las resacas de Chizzo, su cantante, son cósmicas, atraviesan el firmamento y tienen boleto de ida y vuelta al Apocalipsis. Algún rayo, el flamante CD del trío de Mataderos, está atravesado por esta doble identidad. Una esquizofrenia saludable (valga el oximoron) que sólo en la superficie se ve encerrada por una aparente contradicción. De algún modo, son las cosas simples de la vida (la verdad, la mentira, la familia, el amor, el odio) las que disparan los viajes metafísicos más insospechados. A Chizzo le pega por ese lado.


La misma disección podría aplicarse respecto de su ubicación temporal y de los materiales que utiliza para posicionarse. La Renga juega todo el tiempo con una idea de futuro (un futuro de tierra arrasada que es, seguramente, un diagnóstico proyectado de las iniquidades presentes) valiéndose para ello de una música anclada deliberadamente en el pasado. Un hard rock aplanador, ortodoxo en su acepción más pappista, es la herramienta que La Renga considera más idónea para dirigirse, teletransportada, a universos de ciencia ficción y pesadillas galácticas. Toda esta suerte de “anarco-peronismo-psicodélico” (con todas las salvedades y las disculpas del caso) está avalada por una ética rockera que también luce encantadoramente desfasada. Ajenos por decisión propia al sistema de megasponsoreo que monopoliza el género; liberados de multinacionales del disco que ya no asustan a nadie, a la hora de editar su material no pusieron los temas a disposición de los fans en algún sitio de descarga gratuita. Su cultura antiestablish-ment circula en otra frecuencia: Algún rayo no se vende en disquerías. Sólo se puede conseguir junto con la entrada de alguno de los shows que la banda brindará hasta junio de 2011 a manera de presentación oficial. La Renga es una banda escrupulosa en su rebeldía.


Las canciones de este disco no correrán del podio a “La nave del olvido”, “El final es donde partí” o “El revelde”. Se inscriben, sin embargo, en el proceso de radicalización sonora al que se encomendó el grupo en los últimos diez años. Una radicalización –siguiendo con la línea argumentativa de los anteriores párrafos– endógena, que se cierra en sí misma. No hay mayores matices en la docena de canciones reunidas en Algún rayo, salvo los arreglos heterodoxos (que incluyen vientos, ya una rareza en la versión renga siglo XXI) de “Cristal zirconio”. El resto es un machaque incesante de adrenalina, con buenos momentos en “Canibalismo galáctico”, “Destino ciudad futura” y “Poder”. Una guitarra que se toca todo. Una garganta que raspa y lastima. Un desliz épico-romántico (“Dioses de terciopelo”) y homenajes explícitos a Riff y Vox Dei. Como a Peter Capusotto, ese mínimo equipaje le alcanza para viajar a las estrellas. La diferencia es que lo de La Renga no es joda.


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