domingo, 19 de diciembre de 2010

VIVE EN LA VILLA, TIENE EL MEJOR PROMEDIO Y LA VAN A BECAR TODO EL SECUNDARIO



La casa no es una casa sino una pieza. La pieza no es una pieza sino lo que en una casa serían muchas piezas juntas: una cama matrimonial, un paso, la cama que la nena comparte con el bebé, otro paso, una hornalla, el ventilador que sopla, otro paso y se acabó. El barrio es la villa 1.11.14, en el Bajo Flores, la nena es Marlene Choque Figueroa, y la razón de que estemos sentados –todos– charlando sobre la cama matrimonial y su acolchado brillante es que a Marlene, de 12 años, le acaban de dar una beca por seis años por haber obtenido uno de los mejores promedios de todos los colegios primarios de la Ciudad.


“Ahora estamos mejor”, dice Eugenia, su mamá, y no es una forma de decir. Hace pocos meses, cuando operaron a su marido de apendicitis, le descubrieron una diabetes muda que lo obligó a estar seis meses sin trabajar. Terminaron viviendo –todos– en una pieza “sin piso, sin aire, del tamaño de tu baño”. Hacía tres años que, todavía sin el bebé, habían llegado de Bolivia.


“Lo que nunca logré es juntarme con mis compañeras a hacer trabajos prácticos”, cuenta Marlene. Y no es por el hermanito que ahora duerme y monopoliza el ventilador ni porque en la pieza no hay nada que se parezca a una mesa. “Es que el otro día volvía del colegio y pasó un hombre corriendo y atrás otro que le venía tirando tiros. La otra semana había un señor tirado, no sé si estaba durmiendo o estaba muerto. Entonces prefiero que nos repartamos la tarea así nadie tiene que venir acá”.


Mientras su papá estuvo internado, Marlene mantuvo a su familia –a todos– . “Al principio cuidaba a mi hermanito, por eso estudiaba de noche, cuando se dormía. Después, cuando papá se enfermó, aprendí a tejer bufandas. Mamá no podía, tenía las manos mal porque limpia las casas. Yo tejía todas las noches hasta las 3 de la mañana y juntaba como 40 pesos por día”, dice sonriendo, como feliz por la aventura de haber madrugado. Al lado, por primera vez, a su mamá, le tiembla el mentón y se le cae la mirada.


“No quiero que trabaje, quiero que estudie para que no sea como nosotros . Miranos, no conseguimos nada. Si estudia va a ser alguien y no va a tener que andar vendiendo cosas”, dice su papá para llenar el silencio. Desde que mejoró, vende zapatillas y ofrece compostura de calzados en un puesto, allí donde la villa empieza a ponerse impenetrable.


Lo cierto es que la beca que el ministerio de Educación acaba de darle a Marlene por haber obtenido el mejor promedio de su distrito y uno de los 20 mejores de la Ciudad representa un salvavidas.


Cubre 4.400 pesos anuales durante todo el secundario y le exige sólo do s condiciones: mantener el promedio y permanecer en la escuela pública.


“Yo tengo un montón de sueños locos”, se ríe Marlene. “Mi mamá me dice que me decida por alguno porque no me va a alcanzar el tiempo para todos. ¿Cuáles? Es que son locos... y muchos. Bueno, me gustaría cantar, bailar, tocar un instrumento, ser veterinaria, enfermera o esas que preparan los remedios en la farmacia”, enumera. Todavía no debe saber que teniendo un sueño tiene la mitad del camino hecho. Sueños locos le dicen.

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