lunes, 21 de marzo de 2011

NADIE QUIERE PENSAR EN LA MUERTE


Así como las sociedades posmodernas se han acostumbrado a la prolongación de la expectativa de vida, eluden toda reflexión y todo rito sobre su final. Eso obtura las posibilidades de dotar de sentido a la etapa de cierre de la existencia.

Por Ricardo Iacub


Todos, como Sócrates, moriremos algún día … al menos por el momento. Sin embargo solemos enfrentar esta situación como si fuese llamativa, extraordinaria o, como señala el historiador Ariès, un accidente.
Es cierto que la modernidad ha conseguido que las vidas se alarguen, tengan menos pérdidas tempranas y que hayamos progresivamente incorporado todo esto como un rasgo natural del hombre. Sin embargo, este estado de las cosas no es más que la audaz transformación que produjo la inteligencia humana, aún cuando la vida siga siendo finita y el costo de algunas prolongaciones pueda ir en detrimento de las búsquedas y derroteros personales.
En cierta medida, pareciera haber una correspondencia entre esta actitud de desafío, que permitió tales logros frente a la enfermedad y la muerte, con la carencia de estrategias que nos habiliten darle un sentido a esa condición de la existencia.
Esta sociedad, por lo contrario, ha producido una sensación de vergüenza hacia la muerte que, tal como lo señala el sociólogo Gorer, resulta comparable con lo que el siglo XIX había establecido con respecto a la sexualidad; o un rechazo lindante con el horror, es decir, de aquello que se presenta sin tamiz y que confunde lo macabro con el lógico término de la vida. Todo esto determina que aquellos aspectos relacionados con el fin (desde los duelos, los ritos, los velorios, etc.), se hayan limitado u ocultado al punto que resulta chocante hablarlo o mostrarlo y que sólo reaparece en la muerte espectacular, mencionada por el filósofo Baudrillard, que vemos cotidianamente en la TV.
Esta particular sensibilidad hacia la temática reduce y a su manera quita recursos simbólicos para integrar el final de la vida en el conjunto de ella misma.
El psicoanalista Erikson señalaba que un cambio tan profundo como el de la prolongación del tiempo promedio de vida requiere recuperar ritualizaciones vitales que proporcionen un intercambio significativo entre el comienzo y el fin, y también algún sentimiento finito de síntesis y, quizás, una anticipación más activa del morir.
En el caso de aquellos que por diversos motivos están más cerca del fin, este tema puede tomar sesgos particularmente curiosos, por no decir absurdos, ya que la muerte sigue siendo negada de la misma manera , lo cual refuerza una intensidad de cuidados que pueden enajenar los objetivos personales que le den a este período de la vida cierta continuidad y sentido.
Pensar en un sentido implica una presencia activa y una ineludible toma de decisiones, que lleven a que el fin realice y tenga “valor de cierre”, en la medida que condense significados personales y de propósitos de esa vida en particular.
La literatura y la filosofía dan cuenta del sentido heroico de la aceptación de la muerte como medio de afirmar ciertos propósitos vitales , los cuales se encuentran presentes en el “ser o no ser” de Hamlet, donde la “idea de la muerte” resulta un acicate para vivir de acuerdo con los propios valores. La posmodernidad elabora relatos sobre la temática propios de una cultura donde prima el individuo y sus deseos.
Uno de estos apareció hace algunos años con la película Antes de partir , que presentaba esta perspectiva a través de una lista de deseos personales y donde el final le otorgaba un sentido de realización a los personajes. Esta, quizás la más explícita, se entrama en una serie de obras que retoman este tema aludiendo al nuevo modelo de heroísmo relativo a la capacidad de afrontar el fin de la vida.
Esta estética cinematográfica retrata, al tiempo que propone, la construcción de estilos de posicionamiento personal en donde se puedan cumplir asignaturas pendientes o posibilitar una renovada lectura de sí mismo que promueva un alcance trascendente, es decir, lograr un salto por sobre las acotadas fronteras del yo, a través del legado, de las obras o en un autodescubrimiento artístico, moral o religioso.
Sin lugar a dudas todo este proceso puede ser pensable en la medida en que el sujeto reconoce su finitud y la sociedad en la que ha vivido habilita la elección heroica más que el repliegue ante un final que sólo parece devenir de la promesa de la inmortalidad.

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