miércoles, 13 de octubre de 2010

CREER EN LA VEJEZ Y EN UNO MISMO


Por Ricardo Iacub, Profesor de psicología de la tercera edad y vejez, UBA


Uno de los efectos más dramáticos de los prejuicios frente al envejecimiento es la creencia en que ya no habrá más desarrollo personal y que se aproxima una serie inevitable de pérdidas. Tal situación conspira de un modo muy particular contra el adulto mayor, ya que frente a los cambios que se promueven con la edad, la persona desestima las estrategias necesarias para afrontar dichas situaciones.



El psicólogo norteamericano Bandura (1977) consideraba la importancia de la creencia en las propias capacidades para alcanzar con éxito un determinado logro, y la incidencia negativa que puede ocasionar su descreimiento.



La pérdida de la memoria, por ejemplo, es uno de los temas que más temor provocan en los adultos mayores y donde existen más dudas sobre la propia eficacia. Con la edad ciertos mecanismos de la memoria se enlentecen; esto puede generar una pérdida de confianza a la hora de alcanzar la información que se quiere evocar y todo ello produce mayor incertidumbre. Este factor se incrementa notoriamente cuando la persona supone que carece de recursos para afrontar este cambio.



Diversas investigaciones nos muestran de qué manera se ponen en juego estas limitaciones en los diversos momentos que implican el trabajo de rememorar. Se ha constatado que algunas personas mayores dejan de trazarse objetivos en los que se encuentre comprometido el uso de la memoria, pudiendo abandonar actividades o trabajos que puedan requerirla. Al momento de memorizar, puede surgir la amenaza de fallar, y con ello el incremento de la ansiedad y el temor, lo cual inhibe en gran medida la ejecución de la tarea. El grado de persistencia, es decir la necesidad de reiterar “tanto como sea necesario” en pos de llegar a consolidar y evocar el recuerdo, pueden disminuirse, así como también el uso de estrategias para organizar de tal manera la información que permita codificarla adecuadamente y con ello incrementar su efectividad.



Tal como señalan las investigadoras argentinas Feldberg y Steffani (2009), creer que la memoria es inmodificable y que guiarla o controlarla es en vano produce menos oportunidades de mejorarla. Las experiencias científicas muestran que los estereotipos negativos hacia la vejez en las personas mayores no sólo se visualizan con relación a la memoria sino también en la autoestima, la capacidad para las matemáticas, el sentimiento de poder ser eficaces y en toda una serie de retiros y descompromisos anticipados de roles laborales y sexuales.



La explicación de estos déficits se encuentra en que los mayores, al suponer que su rendimiento no va a ser bueno, elaboran estrategias de evitación de un posible enfrentamiento que podría ser vivido como traumático; o también porque responden a profecías sociales que suponen que los mayores ya no pueden, no deben, etc.



Sin embargo, así como las creencias y los estereotipos culturales negativos pueden disminuir los recursos intelectuales en los adultos mayores, los positivos pueden resultar beneficiosos.



Las psicólogas norteamericanas Levy y Langer (1994) presentaron los hallazgos de una investigación que mostraba la menor diferencia, a nivel de la memoria, entre jóvenes y adultos mayores en China con respecto a Estados Unidos. La explicación radica en que las visiones positivas que hay en China en relación a la vejez y la función social que cumplen las personas mayores ayudan a amortiguar los inevitables cambios biológicos que se producen a nivel de la memoria. Cada día contamos con más evidencia científica acerca de cómo las creencias sociales positivas influyen en la motivación, así como sobre los resultados en áreas tan importantes como la memoria, la salud física y el trabajo.


Las personas mayores que confían en sí mismos, y en su propia eficacia, establecen metas que los desafían, al tiempo que contemplan los cambios propios de la edad y realizan los esfuerzos necesarios para lograr sus objetivos, ya que sienten que tienen el control sobre los acontecimientos, pudiendo persistir ante los fracasos y las contrariedades y cambiar aquello que les produce malestar o insatisfacción.

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