domingo, 24 de octubre de 2010

"OTROS SE LAVARON LAS MANOS, LOS K TUVIERON MUCHO CORAJE"



Osvaldo Bayer siempre está volviendo. A pesar de que su esposa e hijos viven en Alemania desde los ’70, cuando la Triple A amenazó de muerte a la familia, Bayer reconoce que Buenos Aires se le hace imprescindible. “Es un combustible que necesito para seguir viviendo”, confiesa sentado en el living de “El Tugurio” –nombre que le puso Osvaldo Soriano–, su residencia porteña. Antes de partir hacia Frankfurt donde fue invitado como uno de los escritores representativos de la literatura local, Bayer recibió a Veintitrés, cuya redacción, a través de una encuesta, lo eligió como el segundo periodista del Bicentenario, detrás de Rodolfo Walsh. “Me sorprendió mucho, me puse muy contento. Me eligieron arriba de Roberto Arlt, ¡qué te parece!”, dice orgulloso mientras sirve unos vasitos de Campari.


–La encuesta privilegió la coherencia.–Siempre seguí una línea. Y así me fue. Cuando era joven me echaron del diario de Esquel que dirigía. La Gendarmería me echó de Chubut en el año ’58. Después trabajé en Clarín. En ese tiempo era dirigente del Sindicato de Prensa y me metieron preso. Pensé que me iban a echar, pero no. Sin embargo, cuando regresé, no me daban notas. Pasaban los días y nada. En esa época, todos los lunes venía Roberto Noble, el director, y se paseaba por la redacción. Un lunes se paró delante de mi escritorio. Pensé que me iba a despedir. “Bayer, usted es casado con cuatro hijos, ¿no?”. “Sí, doctor.” “Me han dicho que usted es de izquierda.” “Sí, así es”. “Quiero darle una buena noticia –dijo Noble–: a partir de hoy, va a formar parte de la mesa de redacción.” La mesa de redacción reunía a todos los jefes. A mí casi me agarra una risita: “Pero soy de izquierda, doctor”. “Por eso mismo. Andan diciendo por todos lados que la mesa de redacción de Clarín es de derecha. Lo voy a poner a usted y cuando digan eso, podré decir: ‘No, ahí está Bayer’” (risas).


–¿Cuánto tiempo trabajó en Clarín?–Muchos años, hasta que murió Noble y entró esta mujer, que se hizo directora pese a no tener ninguna noción de periodismo. Puso a gente de Frigerio en la dirección. Su hombre era Oscar Camilión, que después fue ministro de la dictadura y de Menem. Una mala persona. Ese tipo me odiaba porque una noche yo estaba esperando el subte y vi unos pibes que se habían refugiado ahí para dormir. De pronto, un limpiador los cagó a patadas y los pibes salieron corriendo. “Párela, no sea asesino”, le dije. Me respondió: “Usted qué se mete”. Vi su nombre en el bolsillo de la camisa. Se llamaba José Peduto. Qué apellido. Al día siguiente escribí una contratapa sobre Peduto y el sufrimiento de esos chicos. Se armó un quilombo impresionante. Me llamaron de todas las radios para hacerme reportajes. Por esa nota me hice famoso. A la noche me llamó Camilión y me preguntó por qué la había publicado. “Es una denuncia y al secretario general le pareció bien.” “Pero él dijo que no la había leído.” “Me hago responsable. El hecho es cierto.” “Es la última vez que firma una nota –me dijo Camilión–. ¿Sabe lo que le cuesta al diario su nota? Subterráneos de Buenos Aires no va a anunciar más.” Mirá vos qué criterio honesto tenía el hijo de puta.


–¿Cuándo se fue del diario?–Trabajé hasta el ’73. Llegado el frigerismo, se quedaron con todos los cargos altos. Y eso me incluía. Me dieron el suplemento cultural. Pero comenzaron los problemas. Los miércoles dejaba el suplemento listo. Pero cuando me iba, ponían otras notas por orden de Camilión. Lo fui a ver y le dije: “¿Por qué me hacen esto?”. “Hay gente a la que no le gusta que usted esté ahí.” “Si no soy de confianza, denme otra sección.” Propuse una de viajes, pero nunca me publicaron una nota. Querían que me fuera. Les dije que me iba si me pagaban la indemnización. Me hicieron hablar con José Aranda, que sigue en el diario y está denunciado por unas represas en Corrientes. Me dijo que me pagaban en cuotas y si no, que fuera a juicio. Acepté, pero la inflación me morfó esa plata.


–Clarín entabló una guerra contra el Gobierno. ¿Qué opina de la Ley de Medios ?–Estoy muy de acuerdo con la ley, pero hay que profundizarla. Los medios deben ser de derecho público. En Alemania la televisión era de derecho público. Fue la mejor televisión que vi en mi vida y en el mundo. Los canales estaban dedicados a la cultura, a la política, y todo hecho con seriedad. Sin publicidad. De derecho público quería decir que el 50 por ciento del directorio estaba compuesto por los partidos políticos con representación parlamentaria y el otro 50 por organismos públicos, organizaciones de jubilados, de mujeres, de trabajadores, de los barrios. Después, “democratizaron” la televisión y hoy hay 110 canales… privados. Los medios deben ser de derecho público, no de empresas. Pero antes debíamos sacars esa ley de la dictadura militar, una vergüenza para los argentinos. Les dio casi todo a La Nación y a Clarín, que tienen los dos diarios más importantes, las principales señales de radio y televisión. Son monopolios.

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