jueves, 12 de enero de 2012

"CIEN AÑOS DE SOLEDAD NO ES AMERICA LATINA"


Antropólogo e investigador del Conicet, Alejandro Grinson critica las teorías que ignoran las desigualdades y convoca a pensar en nuevas configuraciones sociales.
Por Raquel Roberti
Las teorías abundan en los diversos ámbitos de la actividad humana, desde la económica que muchas veces determina la política, hasta la educativa. La cultural no es una excepción. Hace casi veinte años Samuel Phillips Huntington, politólogo norteamericano que fue miembro del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, formuló la idea de que los conflictos internacionales pasarían por el choque entre las civilizaciones, o culturas. “Para Huntington, en el mundo hay siete culturas y la única manera de conservar la diversidad es que cada una se quede en su lugar. El 11-9-2001 muchos creyeron que tenía razón, que los aviones estrellándose contra las Torres Gemelas era el choque entre Occidente y los musulmanes. Occidente que sería democrático, sin Guantánamos, invasiones a Irak u ocupación de Haití, y musulmanes antidemocráticos, machistas y todos los estereotipos que se nos puedan ocurrir”, cuestiona Alejandro Grimson, antropólogo, investigador del Conicet especializado en procesos migratorios, decano del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín y autor de Los límites de la cultura. Crítica de las teorías de la identidad (Siglo XXI), de reciente aparición.–¿Hablar de diversidad cultural es una manera de enmascarar el racismo y la xenofobia?–La diversidad cultural tiene dos caras. Una es que en países como la Argentina, que construyeron imaginarios nacionales muy homogeneizados de la población, reponer la problemática de la diversidad es mostrar que el imaginario europeísta estaba equivocado. En ese sentido hay una democratización muy fuerte de la diversidad. Por otro lado, el riesgo es creer que en la Argentina hay una cantidad de culturas, cada una en un territorio, y que debemos conservarlas intactas. Pero todas las culturas han cambiado a lo largo del tiempo, y todas presentan, hacia su interior, desigualdades sociales. Conservarlas intactas es reproducir esas desigualdades. Eso es lo que no se puede aceptar. Tenemos que apuntar a políticas públicas que promuevan la diversidad para que muchas culturas que están olvidadas y estigmatizadas puedan ser comprendidas. Es cierto que sobre la idea de la diversidad se montan retóricas muy conservadoras y xenofóbicas, como la de Huntington, el Tea Party, la derecha europea con la idea de que los musulmanes ponen en riesgo la cultura de sus países. La pregunta es cómo logramos pensar diversidad con igualdad, equidad, promoción y ampliación de derechos.–¿Se puede integrar una cultura cuando insiste en mantenerse aislada?–En la idea de la misión civilizatoria que se adjudicó Occidente, los otros siempre son atrasados, poco democráticos, etcétera. En el otro extremo están quienes dicen que hagan lo que quieran con su cultura. Para salir de esa dicotomía hay que reconocer diferencias y tener ciertos valores que estén por encima, como el respeto a la integridad del cuerpo o la prohibición de la esclavitud. A partir de ahí, no hay por qué renunciar a proponer (y no imponer) un camino conjunto. Que cada uno quede en su lugar es renunciar al diálogo intercultural que hoy se promueve en América latina. Puede haber conflictos y no hay por qué temerles, pero lo fundamental es que haya propuestas de los dos lados, que generen la posibilidad de cambios culturales sin desigualdades de poder abrumadoras. Ese es el gran desafío, que el cambio sea decidido por los ciudadanos que van a protagonizarlo, sea en una u otra dirección.–En ese contexto, ¿cómo analiza los hechos del Parque Indoamericano?–Cuando se discute sobre migraciones lo que se persigue es no discutir políticas sociales públicas. Menem adjudicaba la desocupación y la criminalidad a los bolivianos y paraguayos; Macri les adjudica la ocupación, cuando todos sabemos que no construyó una sola vivienda en su gestión. La realidad es que el flujo inmigratorio no aumentó. Desde 1869, año del primer censo en la Argentina, y los siguientes hasta 2001, los números indican que los inmigrantes de países limítrofes alcanzan entre el 2,5 y el 3 por ciento de la población. No están los datos de 2010 pero ya se sabe que no aumentó en la Capital. Lo que cambió es que se radican más en el área metropolitana, y si en los ’50 eran cabecitas negras, ahora son extranjeros. Ese cantito xenófobo de que los hinchas de Boca son bolivianos y paraguayos y que se vuelvan a su país, viene de los ’90 y marca la persistencia del neoliberalismo. Los ’90 fueron una amputación de derechos sociales, una desciudadanización, se extranjerizó la pobreza y se la bolivianizó. Los porteños ven muchos más bolivianos de los que hay porque consideran de esa nacionalidad a los hijos de bolivianos nacidos aquí, a los pobres y a los de piel oscura, porque este es un país europeo de blancos. Lo del Indoamericano fue retomar ese imaginario primermundista del menemismo, instalar una interpelación a los porteños como europeos en contra de los otros.–¿Cuál es la diferencia y la relación entre cultura e identidad?–La identidad se refiere a los sentimientos de pertenencia, que puede ser a distintos colectivos, ciudad, país, clase, partido político, club de fútbol, movimiento estético, etc. La dimensión cultural tiene que ver con nuestros valores, creencias generales, prácticas, rituales, y cosas menos visibles como los animales que comemos y los que no. Esa distinción sirve para postular que las transformaciones en una de las dos cuestiones no afectan mecánicamente a la otra. Las mezclas culturales, la globalización, Internet, no implican identidades más híbridas; por el contrario, pueden ser más potentes o incluso más fundamentalistas. Es una aparente contradicción, pero es lo que estamos viendo. En 1982 la dictadura militar prohibió la música inglesa porque para Galtieri quien escuchaba a Los Beatles, por ejemplo, apoyaba a los ingleses en Malvinas. Es una perspectiva fundamentalista, una teoría “simplista” pero potente. Quienes la sostienen también creen que los indígenas tienen plumas, vestimenta y comida exóticas, cuando muchas veces visten jean pero tienen otros rituales y otra relación con el territorio. Pueden cambiar la vestimenta y el lugar de vivienda, pero no por eso cambia su sentimiento de pertenencia.–¿Y cuál es la relación entre cultura y política?–Pensar el mundo a través de esferas, política, económica, cultural, es una construcción histórica de la modernidad y así están organizados los ministerios, por ejemplo, pero no existen objetivamente. Aunque no lo percibimos, la cultura atraviesa la economía y la política. ¿Qué política pública estaría ajena a la cultura? ¿La educativa, que habla de la historia de la Nación y el sentido de territorio? ¿La de salud, que se basa en formas de pensar la salud y la enfermedad? ¿La de infraestructura, que construye represas y carreteras que cambian la vida de los pueblos? La renegociación de la deuda externa, en 2005, tuvo un efecto poderoso sobre la cultura y los sentimientos de identidad. La reinstauración de la política, en muchos países de América latina, por sobre las demandas corporativas y del mercado, replantea un escenario cultural donde se amplía la imaginación política: las formas de lucha, los repertorios, las identificaciones.–¿Qué determina una cultura?–La antropología suponía que en cada parte del mundo había una determinada cultura, uniforme, homogénea y que por lo tanto tenía una determinada identidad. Esa concepción entró en crisis porque la gente migra y las sociedades son diversas. Ahí apareció la corriente posmoderna que plantea la ausencia de límites entre culturas. Tenemos que pensar en configuraciones culturales, cómo se construyen ciertas fronteras dentro de las cuales hay ciertas culturas políticas, ciertas formas de desigualdad, de imaginación social, diferentes a otras.–En su libro habla de interculturalidad en oposición a multiculturalidad, ¿por qué?–El multiculturalismo tuvo el mérito de plantear el reconocimiento del otro, pero ubicó la diversidad en términos de segregación, por ejemplo un barrio étnico dentro de una ciudad. La interculturalidad parte de la idea de una diversidad que dialoga, y debe dialogar, en las mayores condiciones de igualdad entre los participantes. El multiculturalismo se articuló con el neoliberalismo, que trató de clausurar las demandas de clases, sociales y sindicales. La interculturalidad permite una relación más dinámica y compleja entre diferencias culturales y desigualdades sociales en un mapa que no fragmenta las demandas.–¿Se puede hablar de cultura latinoamericana?–Plantear que América latina es de determinada manera sostiene la idea de una cultura uniforme asimilada a la identidad. Es indígena, afro, folclórica, o macondista. Esas imágenes son parte de América latina, pero también una central nuclear, la modernidad industrial de San Pablo, la explotación petrolera de Venezuela. Es heterogénea y encerrarla en una noción simple es pretender que la realidad sea macondista. Cien años de soledad es una novela bellísima, pero no es América latina. Tenemos que defender, promover y construir la identidad latinoamericana, porque en un contexto de globalización es la mejor manera de defender la soberanía y la democracia. No necesitamos fabricar una cultura homogénea sino construir un espacio de interacción, de diálogo cultural, con reglas de igualdad, con promoción de conocimiento mutuo entre los pueblos. Promover la circulación del cine, la televisión, los libros, el conocimiento académico científico, etc., para conocernos. No necesitamos ser culturalmente iguales para ser igualitarios.–¿Cuáles son los límites de la cultura?–Hasta hace poco eran los que marcaba la idea de las islas culturales, ahora tenemos límites porosos a través de los cuales circulan las personas. Pero esa porosidad no niega que hacia el interior hay experiencias históricas compartidas que dejan creencias, derechos, una cultura política, una forma de sentir y de relacionarse. Tenemos la cultura del país en que vivimos, pero también la de la profesión, la de la música que escuchamos. Todo eso impide definir los límites de la cultura en que vivimos, cada uno habita simultáneamente distintas configuraciones culturales.

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