sábado, 28 de enero de 2012

EL ARSENAL DE DIOS


La Concentración Nacional Universitaria guardaba sus armas en la Parroquia San Roque de La Plata.
Por Daniel Cecchini y Alberto Elizalde Leal
La Parroquia de San Roque, en 7 entre 39 y 40, es la única iglesia ubicada sobre la avenida más importante de La Plata. Allí, durante más de tres décadas, desarrolló sus actividades un cura extraño que combinaba su pasión por la música sacra –era un verdadero erudito– con encendidos sermones que, por lo general, se centraban en advertir a la feligresía sobre el riesgo que encarnaba la mujer para la salvación de las almas de los santos varones.El padre Enrique Eugenio Bartolomé Lombardi –vástago de un matrimonio cuyos tres hijos varones habían abrazado la vocación sacerdotal y sus tres hijas mujeres se habían hecho monjas– era un cura de convicciones firmes. Hombre cercano al arzobispo de La Plata, monseñor Antonio Plaza, Lombardi consideraba que el Concilio Vaticano II era una conspiración diabólica contra la Santa Madre Iglesia y que la misa como Dios manda debía pronunciarse en latín. En eso coincidía no sólo con su arzobispo, sino también con el latinista Carlos Alberto Disandro, que bajaba la misma línea en el Instituto Cardenal Cisneros, donde captaba a jóvenes estudiantes para enrolarlos en la lucha contra la sinarquía internacional que se estaba apoderando de Occidente, en general, y de la Argentina en particular. Allí, en el Instituto Cisneros, a fines de la década de los ’60, Disandro pariría una de las unidades de ese ejército llamado a salvar a la civilización occidental y cristiana, la Concentración Nacional Universitaria (CNU).Plaza, Disandro y el padre Lombardi coincidían también en unas sombrías tertulias donde el purpurado y el latinista –luego se les sumaría el jefe del Distrito Militar La Plata, coronel Mario Sila López Osornio– adoctrinaban a jóvenes integrantes del núcleo duro de la CNU como Patricio Fernández Rivero, Martín Salas, Félix Navazzo y Juan José Pomares (a) Pipi sobre la guerra santa que era necesario librar contra la conspiración judeo-marxista internacional.Claro que para librar cualquier guerra –más aún si es santa– son necesarias las armas. El padre Enrique Lombardi sería uno de los encargados de custodiarlas. Armas en la Iglesia. A principios de los ’70, de aquellas tertulias participaba también otro joven proveniente de una familia ultracatólica muy cercana a monseñor Plaza, tanto que el padre del joven había sido socio y testaferro del arzobispo en el Banco Popular de La Plata, una institución financiera que cerró sus puertas de un día para el otro y se quedó con los dineros de los incautos ahorrista que habían confiado en el banco de monseñor. Poco después fue asesinado en el marco de un confuso negociado con el equipamiento del Hospital del Turf. Enrique Rodríguez Rossi, el joven en cuestión, aunque no lo decía, pensaba de manera muy diferente que los otros participantes de las tertulias. Estaba allí con una misión precisa: obtener toda la información posible sobre el accionar de la CNU para pasársela a la dirección regional de las Fuerzas Argentinas de Liberación 22 de agosto (FAL 22), organización revolucionaria en la que militaba sin que nadie de su entorno lo supiera.Fue Enrique Rodríguez Rossi –a quien sus compañeros conocían como El Tío– quien, luego de una reunión con otros integrantes de la CNU en San Roque, avisó que Lombardi guardaba parte del arsenal de la banda en una habitación cercana a su despacho parroquial. Con ese dato, a mediados de 1974 las FAL 22 montaron un operativo de vigilancia sobre la iglesia, con la intención de para planificar su “expropiación”. “A mí me tocó, junto con otros, hacer el relevamiento de los movimientos de la iglesia. Qué autos llegaban, quiénes venían en ellos, a qué hora. Teníamos también la información de que allí también los miembros de la CNU hacían reuniones, pero yo personalmente no los vi”, recordó para Miradas al Sur una ex militante de la organización. La operación de “expropiación” fue finalmente abortada. En abril de 1975, la CNU descubrió que Enrique Rodríguez Rossi era en realidad un infiltrado y lo asesinó. Su cadáver acribillado apareció en el camino que une Villa Elisa con Punta Lara.Poco después, las armas de la iglesia fueron trasladadas a la quinta de Carlos Ernesto Castillo (a) El Indio, en 4 entre 76 y 77. Algunas de ellas fueron encontradas durante el allanamiento realizado el 30 de abril de 1976 (ver nota del 14 de agosto, “Fierros al por mayor”). Lombardi, entretanto, seguía pronunciando sus sermones. Durante la dictadura se incorporó a la Bonaerense con el grado de oficial subinspector. Su legajo lleva el número 14.017. A principios de este siglo –ya octogenario– seguía revistando en la fuerza, como capellán de Bomberos, con el grado de oficial inspector.

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