miércoles, 20 de marzo de 2013

"EL CANALLA DE RIVEROS SABE DONDE ENTERRARON EL CUERPO DE SANTUCHO"

En el careo entre Videla, Martínez y Riveros, en presencia del hermano y la hija del secretario general del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), los genocidas volvieron a negar que saben dónde se ocultó el cadáver.
 
Por Eduardo Anguita
      
El viernes, el genocida Jorge Rafael Videla se encontró en la Justicia con dos de sus viejos camaradas: Carlos Alberto Martínez y Santiago Omar Riveros. El primero fue su jefe de inteligencia y el segundo estaba a cargo del Comando de Institutos Militares. Los tres fueron citados por Martina Forns, jueza federal del Fuero Civil de San Martín, para realizar un careo con Julio y Ana Santucho. El primero es hermano y la segunda es hija de Mario Roberto Santucho, quien era secretario general del PRT y comandante del ERP en el momento en que fue abatido por una patrulla militar en la localidad de Villa Martelli, partido de San Martín. En el departamento, también estaban los dirigentes del PRT-ERP Benito Urteaga y Liliana Delfino, compañera de Santucho. La persecución al jefe del PRT, Santucho, era una de las prioridades de la Junta Militar y una obsesión del propio Videla, que había encomendado la pesquisa al capitán Juan Carlos Leonetti, oriundo de Mercedes al igual que Videla. La irrupción por sorpresa al departamento donde estaba reunida la conducción del PRT-ERP se produjo el 19 de julio de 1976. Es decir, el próximo jueves se cumplirán 36 años. Nunca se supo dónde están los restos de esos dirigentes revolucionarios.
Videla primero reconoció que él había dado la orden de que el cuerpo desapareciera. Pero luego, en una segunda declaración, se desdijo y afirmó que en realidad le había encomendado la tarea a Riveros. Riveros, a su vez, dijo que no hubiera acatado “una orden de esa naturaleza, que lastima mi conciencia”. El dictador reafirmó que él había dado la orden de hacer desaparecer el cuerpo y agregó que la decisión fue tomada junto a Emilio Massera y Orlando Agosti, que integraban la Junta Militar. Pero Riveros volvió a decir que la orden no existió, y que de haberla recibido se hubiese negado a cumplirla. Consultado el general retirado Martín Balza por este cronista no dudó en afirmar que “el canalla de Riveros seguro que sabe” dónde fueron enterrados los restos de Santucho. La historia lo involucró a Balza porque siendo jefe del Ejército fue citado por ese mismo juzgado civil de San Martín para prestar declaración. “Agarré el auto y me fui solo al juzgado, allí me encontré con la hija de Santucho y el hermano de Urteaga (Facundo) y me di el gusto de darles un beso a cada uno.” El juez de ese momento le dijo a Balza: "Videla y Riveros dijeron que usted debe saber dónde están los restos de Santucho y Urteaga", a lo que el entonces jefe del Ejército les dijo: "Si así fuera, al menos podría darles una satisfacción al hermano y la hija" de Urteaga y Santucho. Balza declaró lo que su currículum no puede desmentir: entre 1975 y 1978 cumplía destino en Lima, Perú.
Balza, poco después, citó en el Comando en Jefe a Riveros. "Yo iba periódicamente –relata Balza– a Campo de Mayo para supervisar cómo iban las investigaciones (de los antropólogos forenses) sobre el enterramiento clandestino de cuerpos y no logré resultados". Cuando Riveros fue a ver a Balza, se produjo el siguiente diálogo:
Balza: –Dígame dónde están los cadáveres (de Santucho y Urteaga).
Riveros: –¿Usted cree que yo estaba en esas menudencias?
Balza: –Sí, creo.
Balza, que en pocos días viaja con destino a Costa Rica para quedar al frente de la Embajada argentina, agregó a este cronista: "Por supuesto que este canalla sabe, pero estaba indultado el día que lo cité. Y yo no tenía autoridad jurisdiccional para hacer nada".
 
La memoria donde arde. Santucho fue un jefe revolucionario. Los jerarcas del genocidio tenían la determinación de terminar con su vida como una de las prioridades de lo que ellos denominaban Doctrina de la Seguridad Nacional. Su vida fue la de un líder político surgido en las condiciones de extrema persecución a opositores a los regímenes dictatoriales o de fachada civil de los años sesenta y setenta. Su biografía política tiene sobradas páginas de arrojo y temeridad pero, además, de ternura y de vida austera. Casado con la salteña Ana María Villarreal, en plena militancia, tuvo tres hijas, Ana, Marcela y Gabriela. Dentro de pocas semanas van a cumplirse cuatro décadas de la espectacular fuga del penal de Rawson que le permitió a Santucho recuperar la libertad y que, al mismo tiempo, le produjo la pérdida de su compañera entre los fusilados en la base Almirante Zar. Este cronista, que militó en el PRT-ERP, compartió años de cárcel con Alejandro Ferreyra Beltrán, uno de los que integraron el comando que participó en el apoyo externo a la fuga, quien le relató el momento en que Santucho se enteró de los fusilamientos. La fuga se había producido el 15 de agosto y los seis evadidos, junto a otros seis combatientes que participaban desde afuera, estaban en Santiago de Chile, adonde había llegado el avión de Aerolíneas Argentinas que habían ocupado. Chile, gobernado por el socialista Salvador Allende, tenía a los militantes en unas oficinas públicas custodiadas por policías y sin acceso a la información. En un momento, uno de los funcionarios chilenos le dijo a uno de los integrantes del grupo que los militares argentinos habían fusilado a los 19 presos que no habían logrado llegar al aeropuerto a abordar el viaje. Cuando este militante lo transmitió, según el relato de Ferreyra, la mayoría lloró, gritó, buscaba reparo en el abrazo de otro compañero. Santucho, en cambio, se sentó, su cara expresaba un rictus de dolor inconmensurable, y así se quedó por un tiempo que parecía infinito. Sin transmitir angustia. Sin dar muestras que pudieran mostrar flaquezas. Ni siquiera ante otros revolucionarios con historia de compromiso. Con el tiempo, formó pareja con Liliana Delfino y con ella tuvo a su único hijo varón, Mario.
Mucho es lo que puede y debe debatirse sobre los años setenta. Sobre estrategias, tácticas, alianzas, formas de lucha. Pero también de conductas personales y colectivas. Para saber dimensionar, a escala humana, quiénes dejan ejemplos fértiles y quiénes deben esconder sus secretos para seguir torturando a los deudos de sus víctimas.
 
Fuente: Miradas al Sur
 
 

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