martes, 12 de marzo de 2013

LOS BAÑOS CAMBIAN: EL BIDET YA FUE

Por Miguel Jurado

Tan caros al ser nacional, en Europa y EE.UU. los reemplazan por modernos artefactos.
 
¿Sabías que en Europa y Estados Unidos no usan bidet porque dicen que es antihigiénico?”, me dijo el Gallego y siguió: “Por ahí tienen razón pero para nosotros, los argentinos, el bidet es sagrado, un símbolo de la identidad nacional. Ahora te voy a decir una cosa, mal que me pese, el bidet va a desaparecer, pero no porque se vaya a dejar de usar, sino porque los van a reemplazar los inodoros”. Esbocé una sonrisa y el Galle me cortó en seco. “No te rías, va a pasar”, amenazó y se propuso explicármelo: “¿Viste que Jorge organiza viajes a Europa? Bueno, la vez pasada le falló un pasajero a último momento y me llevó a Alemania, a la mismísima Selva Negra, la tierra del pájaro cucú de madera. Allá, ¿qué se le ocurrió? Visitar una fábrica de inodoros. El tipo vino con eso de que el bidet ya no va, que hay que conocer la nueva generación de inodoros y, al final, me convenció. Para mí el bidet es imprescindible, y no es que yo no me banque la rusticidad espartana de las letrinas, ni el desconsuelo del inodoro a la turca, pero, si puedo elegir, elijo tener bidet”.
Mientras el Gallego seguía con su monólogo, me acordé que el bidet se inventó en Francia en el siglo XVIII y que se usaba en el dormitorio. En algún momento de la historia, pasó de la alcoba al baño e hizo pareja con el inodoro. Y era cierto lo que decía el Galle, en lugares como España o México cada vez se usan menos. En Inglaterra lo consideran cosa de franceses; en Alemania, poco higiénico; y en Italia, accesorio de lujo. Argentina es uno de los pocos lugares del mundo en los que forma parte del equipamiento ideal de lo que llamamos baño completo: inodoro, bidet, bañera y lavatorio. Un clásico del higienismo que alimentó las ideas urbanas de fines del siglo XIX y principios del XX.
Cuando volví a la conversación, el Gallego describía las maravillas técnicas de los accesorios alemanes para baños. “Había duchas que te mojaban de 20 formas diferentes y canillas con memoria, cosas increíbles, pero lo más llamativo era un inodoro con tabla térmica y bidet incorporado –el Galle arqueaba las cejas y sacaba los ojos de sus órbitas–. El vendedor alemán nos explicó las cualidades del adminículo evitando imágenes escabrosas. Viste que hablar de estas cosas sin caer en el chiste fácil no es para cualquiera. El teutón, un caballero, Jorge medio se reía por lo bajo. Todo estaba bien hasta que deslizó que en el local contaban con este sistema en sus baños. Enseguida quise pasar al siguiente nivel y a los dos nos pasó lo mismo, pero nos hicimos olímpicamente los dolobus. En medio de la recorrida me escapé para los baños y veo que sale Jorge. Nos saludamos casi sin mirarnos y entré. No te imaginás, una maravilla: lustroso, aerodinámico, sólido, confiable, casi un Mercedes Benz. Apenas te sentás, la tabla se calienta. Te imaginás lo que fue ese calorcito para estas nalgas patagónicas: una palmadita entalcada de la abuela. Pero lo mejor es el modo bidet. Todo el aparato se controla digitalmente, le ponés un dedo a un símbolo con un chorrito de agua y de atrás sale un cañito inclinado –el Gallego puso la palma de su mano hacia arriba y extendió el dedo índice, retrayendo el resto–. Con el control remoto hacés que el cañito encuentre la ubicación justa –el gallego movía el dedo de arriba hacia abajo siguiendo una inclinación de 45 grados–. El asunto es encontrar la posición ideal, pero además regulás la temperatura del agua y el ángulo de mojado. Pero pará: eso no es todo. Cuando terminás, del mismo lugar sale un vientito cálido que te seca”.
El Galle hizo un silencio y me pareció verle los ojos húmedos. Se recompuso y remató con la vista perdida en el horizonte: “Es un antes y un después, para mí, el bidet ya fue”.
 
Fuente: Clarin

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