miércoles, 20 de marzo de 2013

EL REVOLUCIONARIO OLVIDADO

Beatriz Bragon bucea en la vida de Jose Miguel Carrera, personaje que está a la altura de los libertadores de América, que mantuvo diferencias con ellos y fue condenado a muerte por San Martín.
 
La figura de José Miguel Carrera ocupa un lugar controvertido tanto en la historiografía chilena como en la argentina. Ese lugar sin duda resulta tributario de una convulsionada vida política dirimida por los avatares de las revoluciones de independencia en los confines australes del antiguo imperio español, en la cual la fragilidad de sus éxitos y la contundencia de sus fracasos despliegan de forma traumática las vicisitudes a las cuales se enfrentan quienes se proponen asaltar el poder.

Nacido en la antigua capital del reino de Chile, en 1785, en el seno de linajes patricios, José Miguel había ensayado sus primeras armas en defensa del monarca legítimo en la Península y, como tantos otros americanos, emprendió el viaje de regreso a su Patria para plegarse a la marea insurgente que envolvía a las principales ciudades de las posesiones españolas en América. Convertido luego en cabeza de la facción más radical del nuevo gobierno chileno, después de sofocado el foco revolucionario por las fuerzas realistas en Rancagua, José Miguel, junto a muchos otros, emprendió el camino del exilio a los territorios libres de las Provincias del Plata. Entre 1814 y 1821 el otrora caudillo de la revolución chilena quedó desplazado de la conducción de la guerra de independencia. En ese lapso, el personaje se incorporó de lleno en el escenario político del Río de la Plata a partir de alianzas inestables, con el propósito de combatir el poder de los “tiranos” que obstruían su regreso al Chile ya independiente, representado por la conducción autocrática de Juan Martín de Pueyrredón en Buenos Aires, José de San Martín en Cuyo y de Bernardo O’Higgins en Santiago. En medio de una enredada trama de conspiraciones urdida con apoyos chilenos y rioplatenses, que conoce un punto de inflexión notable en 1818 con el fusilamiento de sus hermanos Juan José y Luis en Mendoza, capital de la jurisdicción cuyana, y de Manuel Rodríguez en Chile para cuando las tropas patriotas habían coronado su éxito en Maipú, Carrera asiste a una metamorfosis política que lo transforma en el antihéroe de la epopeya guerrera, al convertirse en líder de fuerzas irregulares en la jurisdicción de las Provincias Unidas del Río de la Plata cuyas acciones políticas incluían desde la guerra de guerrillas hasta el asalto y el saqueo.

El final de José Miguel Carrera podía ser esperable en el contexto del éxito militar obtenido por sus antiguos adversarios en Chile y en Lima, y de los gobiernos provinciales aliados que habían integrado la antigua unión quienes coordinaron una estrategia común con el fin de exterminar su influencia. El 31 de agosto de 1821, después de perder una batalla con recursos exiguos en el tórrido paisaje del norte mendocino, fue conducido ante los herederos del poder sanmartiniano en Mendoza quienes dirigieron el juicio sumario que lo condenó a muerte por alentar la “anarquía” a uno y otro lado de los Andes. Al igual que sus hermanos, y en el mismo escenario, el chileno vestido con su uniforme de húsares pidió morir de pie y con los ojos descubiertos ante la muchedumbre reunida en la Plaza Mayor.

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Desde temprano las historiografías decimonónicas se hicieron eco del dilema Carrera bajo registros mayoritariamente negativos. A excepción de la versión romántica que dedicara Benjamín Vicuña Mackenna al “ostracismo de los Carrera”, editado en 1857, la historiografía chilena enfatizó las supuestas responsabilidades del líder chileno en el fracaso político e institucional de la Patria Vieja, y su impacto correlativo en la malograda conducción guerrera dirigida contra las fuerzas realistas impulsada por el virrey Fernando de Abascal que no sólo restauraron el poder monárquico en el bastión chileno sino que ante todo restablecieron la dependencia “peruana” entre 1814 y 1817. Esa imagen cuidadosamente documentada por Diego Barros Arana no ha sufrido sustantivas modificaciones ni por sus defensores ni tampoco por sus refractarios hasta lecturas muy recientes, en las que prevalecen interpretaciones que vinculan la experiencia carrerina del tiempo de la Patria Vieja con la cultura política oligárquica, militarista y dictatorial en la temprana vida del Chile independiente; o la que atribuye al momento carrerino de la revolución chilena la temprana construcción de lazos e identificaciones colectivas nacionales como resultado de la militarización y producción simbólica dirigida por José Miguel que viene a problematizar algunas versiones canónicas asentadas generalmente en la lucha de camarillas o clanes familiares rivales, o, en su defecto, las que consideran la escasa o nula conexión entre la política y los intereses de las elites chilenas con las sensibilidades y acciones políticas del bajo pueblo.

En cambio, para los historiadores decimonónicos de la revolución argentina, sobre todo López y en menor medida Mitre, la controversia en torno de la figura de José Miguel transita por otros carriles: si el historiador que hizo de la biografía de José de San Martín el soporte de la proyección sudamericana de la revolución rioplatense, Bartolomé Mitre –amigo de Barros Arana– atempera el juicio histórico del tenaz adversario de San Martín en función de la tragedia familiar y política que envolvió a los hermanos Carrera entre 1818 y 1821, la mirada de Vicente Fidel López es sustantivamente más descalificadora en la medida en que impugna decididamente el accionar político de José Miguel en el conflictivo escenario rioplatense que determinó la caída del orden revolucionario, cuando el chileno integró la coalición de jefes federales del litoral que avanzaron sobre la emblemática ciudad de Buenos Aires en febrero de 1820, clausurando el predominio de la “burguesía porteña” y envolviendo al país en la “anarquía”. La reconstrucción lopeciana consigue entrar en diálogo con la imagen perdurable que de esa inclusión política bosquejaron los propios contemporáneos. Un amplio espectro de personajes que incluye a los hermanos Robertson, José María Paz, Tomás de Iriarte, Manuel de Olazábal, Manuel de Pueyrredón o Hilarión de la Quintana trazaron estampas inmejorables de la efímera e impactante experiencia carrerina en la jurisdicción de las Provincias Unidas.

A pesar de su sorda pervivencia en la literatura histórica argentina, el registro lopeciano resultó matizado más tarde cuando los estudiosos de la vida política rioplatense y del litoral argentino arrojaron nuevas evidencias sobre las condiciones específicas en las que el accionar político de José Miguel interfirió en la política directorial y en el plan continental sanmartiniano revelando las razones que justificaron su inclusión en el elenco de líderes federales que derribaron el poder directorial, y su fugaz aunque incisivo protagonismo en la vida política de la ciudad y la campaña bonaerense, y de las provincias de la antigua unión desde la crítica coyuntura de 1820 hasta el trágico desenlace de Punta del Médano.

Estos avances, sin embargo, no resultaron suficientes para desmontar una imagen cuasi petrificada del desempeño político del caudillo chileno en el curso revolucionario sudamericano cuyos orígenes fácilmente pueden rastrearse en los testimonios de sus adversarios, y que fueron retomados casi sin mediaciones por las narrativas clásicas. Miradas en conjunto, las versiones ofrecidas por los historiadores interpretan el comportamiento político de José Miguel Carrera bajo supuestos genealógicos y esencialistas con los cuales desnaturalizan no pocos aspectos de un accionar político dirimido en las coordenadas propias de la coyuntura revolucionaria, y lo que no es menos importante, terminan evaluando dicho desempeño por un resultado conocido de antemano anclado la mayoría de las veces en visiones unidireccionales. La trayectoria política de Carrera en Chile y en el Río de la Plata aparece entonces jalonada por una serie casi interminable de desaciertos, errores y desventuras políticas en la que prevalecen la aspiración personal y familiar, el escaso apego a la institucionalidad por la ausencia de experiencia administrativa previa y por una concepción patrimonialista del poder, errores estratégicos para hacer la guerra, incoherencias conceptuales o ideológicas, intrigas conspirativas, delirios y sed de venganza personal. En síntesis, en las historias de vida carrerina lo “personal” invade “lo político”, y esa malograda trayectoria individual se enarbola como contraejemplo paradigmático del derrotero heroico de quienes debían asegurar la independencia y construir el Estado-nación.
¿Hasta qué punto la historiografía más reciente permite interceptar estas versiones canónicas? En otras palabras ¿en qué medida la restitución del peregrinaje carrerino es capaz de iluminar las complejas y, por cierto, ambiguas dinámicas de las experiencias revolucionarias dirimidas en ambos márgenes de los Andes? Este libro propone algunas respuestas a estos interrogantes.
 
Fuente: Revista Veintitres
 

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