martes, 22 de septiembre de 2009

EL TRABAJO DE ZAFAR


Vienen de perder todo, o casi. De robar para consumir. De abandonar la familia. De enflaquecer hasta el riesgo de la muerte. Ahora están lanzados a la recuperación. A aprender a vivir de nuevo. Aquí, las historias, los miedos y el esfuerzo de los jóvenes que intentan ganarle a la pasta base.



Durante los últimos 94 días, M. ha engordado 14 kilos. El aumento de peso, que ni siquiera lo acerca a la gordura, es el síntoma más claro de su mejoría. M. es un “adicto en recuperación”, según él mismo dice después de sus primeros tres meses de tratamiento contra el consumo de pasta básica de cocaína. Cada mañana desde entonces se levanta a las ocho para ir a la Casa Flores, el centro especializado en interrumpir el fatal consumo de paco en adultos jóvenes.


Allí, veinte pacientes de entre 18 y 36 años le dan combate a su dependencia abrazados a las técnicas motivacionales y los grupos de autoayuda regidos por la voluntad cotidiana: “sólo por hoy”, es el lema en la casa donde comienzan a escribir sus historias. La experiencia, basada en el sistema norteamericano creado por Alcohólicos Anónimos, se revela como una novedad exitosa en el tratamiento de una adicción tan compleja y difícil de tratar como la del paco; en los primeros tres meses el nivel de “adherencia” al tratamiento, o sea la cantidad de pacientes que no lo abandonan aunque sea ambulatoria, es de más del 60 por ciento.


M. nació con la década del ochenta, en el mismo barrio donde hoy sigue viviendo: Lugano. En las torres infinitas de la zona sur creció suelto, dice, pateando la calle con un grupo de pibes como él. Solían armar chozas entre los edificios. Casi todos eran de familias en las que las madres quedaron solas con demasiados hijos tras un divorcio. El padre de M. era camionero.


Hacía viajes largos a Chile y Brasil. Así que su ausencia se notó, dice, pero no tanto. En la calle, con sus amigos, comenzó a consumir marihuana. Al poco tiempo probaron la cocaína. Los robos menores vinieron después. Buscaban plata sobre todo para comer, para compartir en las casitas un plato que en casa no había.


¿Perseguían las zapatillas Nike como fetiches?


No. Lo que admiraban era el estilo de algunos pibes grandes: los iniciados en el robo profesional que solían pasar con sus autos último modelo. M. por ejemplo alucinaba con uno que tenía una cupé Renault Fuego roja. Le parecía el no va más, casi casi Kid, “el auto fantástico”. Al paco lo probó, dice, recién en 1999.


“La verdad es que conocí todo tipo de lugares desde la primera vez que me internaron –cuenta M.–. Este mismo año había estado en una granja de Campana dos meses tratando de dejar la pasta. Era más que nada trabajo físico, laburar en la huerta, en la cocina, en mantenimiento, estar ocupado, es lo que te obligan a hacer. Casi siempre trabajan con el premio y el castigo. Es como hacer la colimba, siempre usan la humillación. Nunca había estado en uno así. Antes de venir pensaba: a mí no me van a recibir, no estoy para un tratamiento ambulatorio como éste. Lo que más te sorprende cuando llegás es el cariño con el que te reciben. Antes nunca te había pasado, no te la podés creer, pero es así. Después tu compromiso no es por miedo a que te vayan a humillar, sino por vos mismo, y por el grupo”.


La casa


Tras el reclamo de las organizaciones sociales de los barrios más afectados por el consumo de pasta básica y de las madres de los jóvenes adictos organizadas en red, el Ministerio de Desarrollo Humano porteño abrió dos centros de asistencia especializados. El primero en comenzar fue Casa Puerto, un hospital para niños y niñas desde los 8 años y adolescentes hasta los 18, comprometidos con el consumo de paco. Allí existen 30 camas destinadas a la internación de las chicas y chicos, que por lo general son derivados por jueces de menores y hospitales. El proyecto, con un enfoque psicoanalítico, propone la contención a través de talleres creativos y vínculos con la comunidad. La apertura de Casa Puerto motivó una polémica con los vecinos de la calle Curapaligüe, en Flores, que en su momento protestaron por la proximidad del sitio. Casa Flores abrió un mes después sobre la calle Bonorino, sin conflictos con el vecindario.


“Este es un tratamiento ambulatorio con un enfoque social en el que trabajamos no sólo profesionales sino también adictos en recuperación profesionales”, apunta Ignacio O’Donnell, director de Casa Flores, sociólogo y magister en Tratamiento de Adicciones. “Nacho”, para los pacientes del centro, es un referente que en nada se parece a los clásicos directivos de instituciones de este tipo. Su relación con los operadores, psicólogos (de la corriente cognitiva conductual), psiquiatras, médicos, asistentes sociales y educadores no difiere, en el trato, de la que sostiene con los propios adictos en recuperación. “La clave es generar un ámbito de relaciones de respeto, cariño, sin perder de vista la actitud profesional y ética. En general vienen muy golpeados de instituciones como comunidades terapéuticas y penales donde se los humilla, maltrata y se los convierte en pasivos receptores de información y ‘asistencia’. Buscamos hacer todo lo contrario, con límites, pero siempre explicando por qué, ofreciendo tratamiento realmente individualizado y en equipo”, explica.


Limpios


J. es alto, casi dos metros desgarbados de vitalidad y buen humor. A los 19 años su porte lo hace un gigantesco adolescente de acné en la cara y vestido en el código global del raper, aquí cumbiavillero. Gorrito de visera, pantalones anchos y caídos, zapatillas con amortiguación, el pibe, uno de los más chicos del grupo, ya cumplió los tres meses “limpio” en Casa Flores. Así se la ha pasado durante los últimos 15 años, yendo y viniendo entre la provincia y la Capital. Nació en Villa Albertina, Lomas de Zamora, pero con sus padres separados. Cuando estaba en el jardín de infantes, su viejo llegó a buscarlo y se lo trajo a Barracas, a la villa 21, donde se había podido hacer una casa. El, que ya tiene 52, trabajó muchos años en la Coca-Cola, manejando un montacargas, y ahora lo hace en la Pepsi. Su mamá, una mujer paraguaya de la que heredó los ojos claros, “ha hecho un montón de cosas pero sobre todo ha laburado en casas de familia”. Si algo le inculcaron sus padres, dice, es el aprecio por el trabajo.


El consumo prolongado de pasta básica de cocaína (PBC) o paco impacta sobre el cuerpo, debilitándolo desde el sistema respiratorio al digestivo y derrumbando vínculos afectivos, confianza y actitudes vitales. Fumar produce lo que los colombianos llamaron “el ansia” por fumar más. Sólo el crack, que diezmó a la población negra y pobre de los barrios marginales de Estados Unidos durante los noventa, podría ser comparado al paco. En realidad tienen una similitud: preceden o proceden de la cocaína. El crack es “cocaína vuelta atrás”, o sea un proceso que permite –mezclándola con bicarbonato– conseguir hacerla fumable. El paco, si bien está en discusión aún entre los expertos, es en el actual mercado el residuo del procesamiento del clorhidrato, o la pasta básica, que luego se vuelve clorhidrato. En cualquiera de sus formas, lo cierto es que según los propios adictos ya no se trata de la droga de los pobres: no solo porque lo consume la clase media y la alta, sino porque para alguien que está “en carrera”, con 50 pesos por día puede que no alcance.


Cuando chicos como J. llegan a la Casa Flores, el consumo se interrumpe y comienza un conteo que se torna cotidiano: el de los días que cada uno lleva “limpio”. Esa es la palabra que usan para nombrar a los días sin paco (ver nota aparte). “En carrera” es como le dicen a vivir consumiendo. J. estuvo en carrera durante dos años, pero a diferencia de otros como M., no cortó nunca su dedicación al trabajo. Desde los 16 que es medio oficial albañil. Se programaba para fumar los viernes a la noche y los sábados. Los viernes lo hacía con los pibes de su barrio, Villa Albertina, desde el anochecer hasta las tres o cuatro de la mañana. Dormía unas horas y se iba a la obra. “Nunca me quedé de gira”, dice. “Nunca robé, nunca caí preso, lo mío siempre fue ganar con sudor.”


En Albertina hay dos punteros de paco, pero alcanzan para surtir a un centenar de consumidores. Al lado, en una línea sin fin que cruza el conurbano, hay más. Sólo en Budge ya son cinco, cuenta. “En el trabajo me empezaron a ver flaco y a preguntarme qué me pasaba.” De casi 90 kilos y 1 metro 85, J. bajó a 72: 18 kilos menos en pocos meses. “No comía, esa porquería no te da hambre.” Los médicos dicen que los adictos al paco llegan al “enmagrecimiento”: o sea, cuando las energías ya consumieron las grasas corporales y continúan con los músculos. Por eso en la Casa Flores la nutrición cumple un rol clave. Llegan a las 9 de la mañana, desayunan, al mediodía almuerzan y antes de irse meriendan con abundancia. “Cuando llegué estuve una semana comiendo. Ahora peso 83.”


El cambio


El cambio de cada uno en el grupo es distinto. Pero se parecen en la manera en que aumentan de peso y paulatinamente toman conciencia de sus afectos más cercanos. Deshacen el camino del consumo en el que sus propias subjetividades se fueron desdibujando hasta verse sitiadas por la sustancia, por el humo ácido del paco. “¿Para mí lo nuevo? –piensa J.–. El dolor de perder a mi hermana cuando ella tenía 25 años por un cáncer en los ganglios que se la llevó. Es nuevo poder reconocer que la necesito, que la extraño, y que no le pude brindar cariño cuando estaba en carrera. Aparte, recuperé a mi familia; mi vieja tuvo un par de problemas y la pude escuchar. Mi viejo notó mis cambios. Me queda el consuelo de que perdí a mi hermana, pero recuperé a mi papá y a mi vieja.” Ellos o su hermano de 26 son los que lo acompañaron a la Casa mientras duró esa etapa en que los adictos no pueden andar solos. J. progresó, dice, creció y se ganó el derecho de caminar solo. Aun así todavía cuando el viernes se dispone para irse el fin de semana a su casa se sienta con Adrián, el operador, y juntos revisan el “rutero” en el que detallan lo que va a hacer con su tiempo. “Aquí nos dan una herramienta que te ayuda a combatir las ganas que te vienen de fumar: manos y mente ocupados”, cuenta J. “¿Mi sueño? Por ahora sueño con vivir sin drogas. Después trabajar, estar con mi familia, tener cosas, terminar la escuela, ir de viaje a visitar a mi abuela en Corrientes.”


Para M., el chico que dice tener una juventud muy complicada de explicar por la cantidad innumerable de veces que ingresó y se escapó de los tratamientos en granjas de encierro, los sueños también volvieron. “Con la adicción a esta droga no tenés control ni registro de nada –dice–. Robás al más querido. Después no lo recordás. Al menos yo perdí el control. Cuando llegué a esta casa por primera vez me empecé a hacer cargo de mi vida y mi enfermedad. Creo que viví mucho tiempo en una burbuja, creyendo que tenía la razón, siendo muy ególatra. Acá eso no vale. Acá tenés que rendirte; estás rodeado: no puedo mentir más.” M. tiene un hijo. Ese niño de cinco años que suele correr por el patio de Casa Flores sonriendo hacia los brazos de su padre lo había visto esporádicamente durante toda su vida. “Al final, él ya no me podía ver. Sufría. Yo aparecía y desaparecía. El primer mes en la casa me vino la culpa, pensaba que el nene no me iba a perdonar. Ahora no lo puedo creer que pueda salir con él, pasear, hablar, sentirme padre, que él me haga un dibujito.”


M. es de los que se abrazaron a la idea de que no hay que pensar en el mediano plazo porque acecha el consumo. La primera vez que fue internado tenía 14 años. “No era el momento. Era muy chiquito. Estaba en un instituto de menores. Me daba cuenta de que por mis consumos me convenía que me llevaran a una granja para poder escaparme. Me sentí contenido los primeros meses. La puerta estaba abierta. Dije, me quiero ir. No me fui a consumir. Llegué a mi casa, pero me agarraron de los pelos y me devolvieron a la granja. Me volví a ir a los dos meses.”


Así describe M. el comienzo de un eterno ir y venir. Dos años en una granja, seis meses en otra, preso por robo, otra vez en una granja. “Ahora es por hoy. Hoy estoy limpio. Hoy voy a ver a mi hijo. Hoy voy a lavar mis zapatillas. Hoy voy a ver una película. ¿Los cambios? Muchos, pero muchos. Mi familia. La conciencia de la enfermedad. Los horarios. Los límites. En mi casa, con mis hermanos ahora comemos todos juntos. Eso no pasaba casi nunca. Tengo ganas de retomar los estudios.”


M. ya no ve a los pibes de Laferrère, dice. Y cuando por las tardes llega a Lugano y se cruza con sus amigos del consumo, los saluda, cortés, pero distante. A la mañana, muchas veces, dice, no le dan ganas de levantarse y volver a la Casa Flores. “Pero entiendo que debo hacerlo por mí, más allá de lo que me guste. Si estoy sufriendo, bueno, tengo que sufrir mi propia realidad. Se va a pasar. Sé que me estoy haciendo bien. Acá somos veinte personas haciéndonos bien. Por eso le quiero decir al que quiera animarse, que ya no está solo. Que venga, que acá el que tiene voluntad de cambiar puede.”

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