sábado, 12 de septiembre de 2009

"YO PRESENTÍ A HITLER EN ALFREDO ASTIZ"


ENTREVISTA A YVONNE PIERRON, UNA DE LAS MONJAS FRANCESAS


Yvonne Pierron es una monja francesa, enfermera internacional y maestra. Tiene 81 años, y hace 54 decidió dejar a su familia en Francia y se vino a misionar a la Argentina. A principios de 1978 debió exiliarse forzosamente en Europa, por su trabajo social en el país. Pero el destierro duró poco: pudo volver a pisar tierra latinoamericana gracias al triunfo de la Revolución Sandinista. Hoy vive en Misiones y trabaja con organizaciones guaraníes a las que prometió dedicarles los años que le queden de vida. Sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial y de la última dictadura militar argentina, Pierron fue compañera de las religiosas Alice Domon y Léonie Duquet, entregadas a la ESMA por el ex teniente de la Marina Alfredo Astiz. Infiltrado en la Iglesia de la Santa Cruz, el “ángel rubio” marcó a las hermanas con un beso, como Judas a Jesús. Fueron secuestradas, torturadas y arrojadas vivas al mar en 1977.


En coautoría con el periodista David Bornstein, Pierron ofrece su testimonio en el libro Misionera durante la dictadura publicado por editorial Planeta.


–¿Por qué tomó la decisión de publicar un libro después de tanto tiempo?–


Primero tuvieron que convencerme. Porque no soy actriz y no quería que se tradujera como un relato personal. Acepté dar mi testimonio de vida cuando comprendí la importancia de contar lo que parte de la sociedad había sufrido. Lo tomo como la lucha de un pueblo de la cual soy parte y no voy a bajarme. En cierto sentido fue también lo que me pasó cuando la hermana Evelyn llegó a Perugorría, un pueblo de Corrientes en el que estaba trabajando con las Ligas agrarias, luego del secuestro de Caty (se refiere a Alice Domon) y Léonie para entregarme un mensaje de la embajada francesa en el que me informaban que estaban buscándome para matarme. No quería abandonar a los campesinos. Pero mi compañera sentenció: “Andate porque te van a matar y nosotros necesitamos que cuentes afuera lo que está pasando acá”.–


¿Tuvo miedo en aquellos momentos?


No recuerdo haber tenido miedo.

Supongo que tiene que ver con mi historia también. Antes de venir a este país fui testigo de la Segunda Guerra Mundial y estuve cuatro años viviendo bajo tierra. Mi papá decía que adentro yo poseía un tigre. Y creo que tenía razón. Hay una anécdota que cuento en el libro que transcurre en la primavera de 1977. En aquel momento fue Caty la que mandó un mensajero con la noticia de que debía salir de mi casa porque venían por mí. Entendí que no me quedaba otra salida que escapar. Entré a caminar por el campo, hasta que escuché ruidos de motores y luces. Me tiré al suelo con las manos tapándome la cabeza como mi padre me había enseñado durante la guerra y esperé que pasaran. Eran los militares que habían adivinado mis movimientos, pero logré eludirlos. Pasado el peligro, sentí que un toro se me acercó, me olió, pero por suerte no era presa de su agrado. Sinceramente le tuve más miedo al toro que a ellos.


–En su libro cuenta que tanto Alice como usted estaban más comprometidas que Léonie. ¿En qué se diferenciaban?–


Caty había estado misionando en una villa de Lugano e incluso estuvo trabajando conmigo en las Ligas agrarias. En los últimos tiempos organizaba reuniones en la Iglesia de la Santa Cruz con las Madres de Plaza de Mayo. Personalmente yo estaba decidida a pelear con los que sufren, y la miseria me rebelaba. Por otro lado, sentía que la teología de la liberación abría muchos parámetros para la Iglesia. No quería convertirme en una monja que pasara sus días rezando. El padre Nassoy (gestor del Instituto de Mujeres Misioneras) decía siempre: “La vida es una oración continua, pero cuando hay una necesidad en la puerta dejen la capilla y vayan corriendo a ayudar a su hermano”. A mí me tocó la oración de andar por la calle. Y lo sigo eligiendo. Léonie, en cambio, luchaba mucho con los jóvenes.


¿Cómo recuerda a Alice y a Léonie?–


Recuerdo cuando nos conocimos en Francia con Caty y Léonie. Yo había ingresado en el Instituto de La Motte en 1945 y en el 49 llegó Léonie. A Caty la conocí en el 55, cuando ella entraba y yo me iba. Luego nos hicimos muy amigas en la Argentina. Conservo la imagen de cómo querían mejorarse. Deseaban ser siempre más para el otro. Pienso que Caty como Léonie siguieron esta vía. La mejor forma de liberarse uno mismo es preocuparse por el otro, y es un poco mi lema. Las hermanas tenían razón. Creo que, si hay una oportunidad de contar la verdad, hay que buscar el porqué y decirla sin miedo. Descubrir la identidad de Gustavo Niño (seudónimo utilizado por Alfredo Astiz) fue el resultado de una búsqueda.


–¿Lo conoció a Alfredo Astiz?–


No lo vi nunca. Pero Caty siempre me hablaba de Astiz con mucho cariño. Yo le decía: “Caty este hombre es un falluto, este hombre no… cuidado”. Ella nunca me hizo caso. No me creyó. Menos mal que nunca supo quién era él.


–¿Por qué desconfiaba de Astiz?


–Porque viví la guerra y padecí el nazismo. Caty me contaba que Astiz se ofrecía llevar hasta la casa a las mujeres que se reunían en la Iglesia de la Santa Cruz. Comencé a sospechar cuando me señaló que había abuelas que apenas podían caminar, pero a ellas no las acompañaba. Cambiaba todo el tiempo y andaba medio escondido. Como los nazis. Y yo presentí en él a Hitler.


–En su libro señala que “el dolor es sordo y está escondido”. ¿Su relato es un modo de rebelarse contra ese dolor?–


Este libro lo entiendo como testimonio de la verdad. No hay que callar. Con el silencio alimentás a los sinvergüenzas. Muchas veces no sé qué decir, entonces apelo a la fe. Recuerdo que en mi exilio forzado en Francia habíamos denunciado ante la ONU las atrocidades que se estaban cometiendo en los países latinoamericanos y en una reunión celebrada en Ginebra por todos los cancilleres de Sudamérica, uno de ellos dijo que éramos terroristas. Las mujeres que me acompañaban comenzaron a decirme: “Hablá Yvonne”. Yo no sabía cómo expresarme. No es fácil contestar a un canciller si sos una “fulana”. Recurrí a mi fe como modo de no quedarme en silencio. Entonces dije: “Hermanos, quién de ustedes no ha conocido a Hitler… Hitler está en la Argentina”. Nunca pensé que podría llegar a encontrar palabras tan exactas.


–¿Qué le gustaría que quede del libro?–


Hay dos hechos que me marcaron profundamente. La primera fue el grito de un estanciero multimillonario antes de morir: “¡Qué van a hacer con todo lo que amontoné!”. Luego tuve la oportunidad de conocer a una viejita que se lamentaba porque no tenía nada para dejarles a sus nietos, pero frente a la nada ella les aseguraba que siempre los acompañaría. Me siento cercana a la viejita. Entonces lo que me gustaría que quede, sobre todo a los más jóvenes, es la idea de que la lucha vale la pena.

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