martes, 22 de septiembre de 2009

UN LUGAR EN EL MUNDO


Las mujeres de hogares de bajos recursos salen al mercado en períodos de recesión para compensar el ingreso familiar. Mientras, pese a la percepción dominante, la inmigración de países límitrofes no produce desplazamiento de empleo local.


La trayectoria laboral.


Para la mayor parte de la población, el empleo es la vía socialmente más legítima de inserción social. Provee de ingreso, de acceso a servicios sociales y también de reconocimiento social y cierto sentido de utilidad.


Las oportunidades de empleo suelen estar asociadas a las condiciones generales de la economía. Cuando las economías crecen, es probable que se produzcan mayores y mejores oportunidades de empleo, y que escaseen cuando la economía se retrae. Un análisis de los ciclos económicos en Argentina y su relación con la dinámica del mercado de empleo permite reconocer esta relación y su impacto en las trayectorias laborales de la población.


La Encuesta Permanente de Hogares permite realizar estudios longitudinales, esto es, observar qué pasó con las mismas personas en relación con su situación en el mercado laboral a lo largo de un período determinado de tiempo. Y comparar períodos entre sí. De esta forma, se pueden analizar las trayectorias laborales en Argentina en momentos de crecimiento económico y de recesión.


La información provista por este análisis permite concluir que las trayectorias laborales positivas (tránsitos hacia el empleo, o hacia ocupaciones de mejor calidad) aumentan en los períodos de crecimiento económico y se reducen en la recesión. Y que por el contrario, las trayectorias laborales negativas (tránsitos hacia ocupaciones de menor calidad, o hacia el desempleo o la inactividad) se profundizan en la recesión, y disminuyen cuando la economía crece.


Sin embargo, estas oportunidades o limitaciones de empleo no se distribuyen de la misma manera entre varones y mujeres de distintas características socioeconómicas. Se aprecia que en todos los períodos los varones presentan trayectorias laborales relativamente mejores que las mujeres. Y que así como mejoran relativamente más en la expansión, tanto en el nivel de inserción laboral como en la calidad de las ocupaciones, también empeoran con mayor intensidad en la retracción económica.


Dos diferencias resultan sustantivas en términos de la caracterización general de las trayectorias laborales de varones y mujeres. Por un lado, el mayor predominio de la desocupación como mecanismo de ajuste de los desequilibrios del mercado laboral en el caso de las trayectorias ocupacionales de los varones. Por otro lado, la mayor relevancia de los tránsitos a la inactividad de las mujeres, en todos los períodos. Lo destacable en este último caso es que las mujeres no incrementan su inactividad en la etapa de retracción económica, y que en cambio su participación se estanca en el último período de recuperación económica.


Es decir, las mujeres se incorporaron más aceleradamente al mercado laboral durante la recesión para compensar la pérdida de ingresos de sus hogares. Y cuando las condiciones laborales mejoran, al menos una parte de ellas retorna a la inactividad.


Se observa que en el período de recuperación económica comenzado en 2003 los varones siguen presentando mayor proporción de trayectorias positivas que las mujeres. Entre estas últimas sobresalen dos rasgos. En primer lugar, las mujeres con menor nivel educativo siguen desarrollando una proporción importante de trayectorias negativas, y aparecen como uno de los grupos poblacionales con mayores dificultades de inserción laboral. En segundo lugar, la presencia de hijos e hijas pequeños en el hogar se muestra como un condicionante severo para las trayectorias laborales de las mujeres y no así para los varones.


En síntesis, lo que se observa es que las oportunidades de empleo propias de una etapa de crecimiento económico se distribuyen de manera desigual. Y que las mujeres, especialmente aquellas de menor nivel socioeconómico y con mayores cargas de familia, resultan las menos favorecidas. Sus dificultades para acceder al empleo, aun en momentos de auge económico, afectan su calidad de vida y su autonomía personal. Para contrarrestar esta situación se requeriría, entre otras acciones: i) la recuperación de las estadísticas públicas que permitan conocer cómo sigue esta dinámica; ii) la redistribución de las responsabilidades de cuidado entre el Estado y los hogares, y entre varones y mujeres; iii) la implementación de acciones contra la discriminación de género en el mercado laboral.


Presente y futuro


La migración de países limítrofes a la Argentina tiene una larga tradición histórica, aunque su impacto en el total de la población ha sido muy bajo. Tanto ayer como hoy los migrantes limítrofes constituyen alrededor del 2,5 por ciento de los habitantes de nuestro país. Si bien las cifras del último Censo Nacional de Población del 2001 pueden estar desactualizadas, indican que estos inmigrantes eran algo menos de un millón en una población compuesta por 36 millones.


Esta magnitud no es para nada comparable con la incidencia de extranjeros en otros países receptores de migrantes. Así, por ejemplo, tanto en España como en los Estados Unidos la proporción de extranjeros es casi cinco veces superior a la que se observa en la Argentina. Una percepción generalizada en la sociedad argentina es que su magnitud es muy superior y que su presencia es perjudicial tanto por sus efectos en el mercado de trabajo como por la presión que supuestamente ejercen los migrantes en los servicios de salud y educación.


Dos factores parecen haber contribuido a magnificar el tamaño y a distorsionar los efectos de esta migración. Los migrantes limítrofes fueron haciéndose más visibles a medida que se fueron concentrando crecientemente en el área metropolitana de Buenos Aires, y ya no tanto en las provincias fronterizas. Al igual que en todo el mundo, los migrantes tienden a concentrarse en determinados barrios y también a insertarse en nichos de actividad específicos, facilitando así su identificación. Por otro lado, durante los noventa, el aumento de la desocupación, el deterioro de los servicios sociales y la creciente inseguridad favorecieron la emergencia de discursos xenófobos que utilizaron al migrante como un chivo expiatorio para justificar dicho deterioro. Estos discursos encontraron eco en la prensa y en parte de la opinión pública y contribuyeron a formar visiones distorsionadas en relación con la inmigración.


Sin embargo, todos los estudios académicos realizados han provisto evidencias contrarias a estas apreciaciones. Las investigaciones sobre mercado de trabajo revelan su mínima incidencia en los niveles de de-sempleo, que los migrantes cumplen un papel complementario y que se desempeñan en ocupaciones manuales de calificación operativa o no calificada. En un estudio que realizamos recientemente mostramos cuán restringida son las opciones ocupacionales de los migrantes –mayormente desempeñando diversas actividades ligadas a la construcción, los servicios personales y el comercio al por menor– y también cuán precarias, ya que el 67 por ciento de los inmigrantes limítrofes asalariados no obtiene beneficios laborales. También perciben ingresos inferiores a los nativos, aun cuando se de-sempeñan en ocupaciones de similar calificación.


En diciembre de 2003 la Argentina promulga una nueva Ley de Migración que permite la residencia legal de los ciudadanos de países parte del Mercosur y de los países asociados. Posteriormente, en 2006, se implementa, con una masiva respuesta, un amplio programa de regularización migratoria (Patria Grande), que apunta a transparentar la situación migratoria, evitando la ilegalidad y sus consecuencias desfavorables. Aunque no existen aún estudios al respecto, indudablemente estas políticas deberían tener efectos positivos, dado que la regularización es un paso imprescindible para mejorar las condiciones de inserción de los migrantes y prevenir su abuso y explotación.


Se estima que la nueva política migratoria no provocará por sí misma un aumento de la inmigración. La evidencia sobre los determinantes de los movimientos migratorios hacia la Argentina sugiere que históricamente han respondido a situaciones de índole social, política y económica más que a los procesos de regularización. De hecho, desde fines de los noventa, el rol de atracción ejercido tradicionalmente por nuestro país parece estar mermando. Esta situación se acopla a los cambios recientes del mapa migratorio sudamericano, en el que disminuye la incidencia de la migración intrarregional (Sur-Sur) y como contracara aumenta significativamente la emigración hacia España y, con menor intensidad, hacia los Estados Unidos, principal destino en el pasado. La emigración de argentinos forma parte de este proceso, consolidado a nuestro país en su doble condición, tanto de receptor como de emisor de migrantes.

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