jueves, 25 de febrero de 2010

LA BRECHA DE DESIGUALDAD SIGUE AHI


Aún siguen cruzándose interpretaciones acerca de si la desigualdad creció o disminuyó respecto de 2008. Los índices revelan que la brecha no se modificó sensiblemente, más allá de diferencias meramente metodológicas.


La distribución del ingreso sigue sin recuperarse. En las distintas mediciones que publicó el Indec para el tercer trimestre de 2009 se registra un estancamiento, que se vuelve un retroceso o un leve avance según qué comparación se realiza. Al 10 por ciento de la población con mayores ingresos per cápita por familia le correspondió el 32,6 por ciento del total, mientras que la misma porción de la población más pobre recibió el 1,2 por ciento. Implica que los primeros se llevaron 27,1 veces lo que les llega a los últimos.

Según los datos del organismo, la distribución del ingreso está virtualmente estancada desde mediados de 2008, cuando el ritmo de crecimiento de la economía comenzó a mermar y la inflación impidió que los salarios puedan ubicarse por encima de los precios. En 2009, con la repercusión de la crisis en el mercado laboral, los indicadores desmejoraron. El proceso de estancamiento corre el riesgo de repetirse durante este año de mejoría económica, pero complejo desde el costado de la puja salarial.

El análisis sobre la posición relativa de los estratos más pobres con respecto de aquellos ubicados en la mitad de la escala permite visualizar de forma más precisa el impacto de la crisis. Los trabajadores que cuentan con mejores condiciones laborales, en general, pueden pelearles palmo a palmo a los segmentos más privilegiados, que mediante la inflación intentan apropiarse de una mayor tajada del ingreso total. Pero, en cambio, los trabajadores más precarios o desempleados resultan más castigados y salen perdedores de dicha contienda. De hecho, la relación entre lo que percibe la mitad de la población de mayores ingresos y la mitad de más bajos ingresos pasó de 4,3 a 5 en un año.

En línea con estos datos, los analistas coinciden en que la pérdida de puestos de trabajo afectó en mayor medida a los trabajadores informales o precarizados. Además, los aumentos salariales que superaron apenas la inflación y rondaron el 18 por ciento no llegaron en su totalidad a este grupo de trabajadores menos privilegiados. Estos procesos pueden explicar por qué la crisis la sufrieron mayormente los más pobres, más allá del estancamiento en la distribución del ingreso para el conjunto social.

La distribución del ingreso se mide con el coeficiente de Gini, que pasó de 0,403 a 0,404 en forma trimestral. Este indicador se acerca a cero cuanto más progresiva es la distribución y tiende a uno para medir máxima desigualdad. El Gini bajó fuertemente desde 2003, cuando en el tercer trimestre se ubicó en 0,475. Sin embargo, el proceso recomponedor del poder adquisitivo de los estratos más bajos se frenó, según los datos del Indec, en 2008, aunque los estudios privados muestren que el parate comenzó un año antes.

Por su parte, la medición del ingreso total familiar marca una leve mejora, ya que el 30 por ciento más pobre obtuvo 8,9 por ciento del ingreso total, mientras que un año atrás llegaban al 8,8. En tanto, el 10 por ciento de mayores ingresos logró el 30 por ciento, bajando desde el 31,1 de hace un año.

Tal cual lo señala el propio Indec, los índices de brecha y desigualdad en los ingresos suelen verse influidos por el tratamiento que se les da a algunas variables, como el aguinaldo. Por ello, estos indicadores deben leerse en forma tendencial y no tanto en la comparación puntual período a período.

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