jueves, 25 de febrero de 2010

MONSTRUOS


Los no-monstruos exoneran sus males señalando a los Otros. A mí, en cambio, me gusta imaginar cuánto tienen de vampiro los empresarios, cuánto de asesinos los ciudadanos asustados y cuál es el precio de los que “acusan a la mujer sin razón”.

Por Hernán Brienza.

Hay a lo largo de mi vida una constante: siempre sentí cierta compasión por los “monstruos”. Siento placer en leerlos, en defenderlos, en apiadarme de ellos. Desde mi más tierna infancia odié a los “rubios” de la primaria y me puse del lado de los feos, los tontos, las gordas y las anteojudas. En mi adolescencia me gustaron los amores difíciles, las desconsoladas, los perdedores, los frikis, los giles, me junté con todo tipo de desangelados. Mis ídolos eran Darth Vader, el Conde Drácula, Freddy Krueger. Prefería a Gargamel y a Azrael antes que a los insípidos y ascéticos Pitufos (tal vez el bromista gozara también de mi simpatía), elegía a Tom antes que a Jerry; en el poliladrón quería ser ladrón y lloraba cuando el pobre Coyote no podía atrapar al vanidoso y estúpido Correcaminos.

Siempre vi a los monstruos de manera enrevesada. Allí donde todos veían en Drácula a un temible vampiro chupasangre, yo no veía otra cosa que el último personaje romántico: el protagonista de un amor que trasciende la vida y la muerte, que es capaz de superar todos los obstáculos y que sólo puede ser apagado con una estaca en el corazón. Ésos son mis héroes: señores que están dispuestos a cenar toda la sangre de un continente para poder volver a ver a su amada, aunque sea –como diría Calamaro– “por cinco minutos más”.

Allí donde todos veían un monstruo espeluznante en Frankenstein, por ejemplo, yo veía ese desmesurado esfuerzo de la carne por mantenerse viva, por ganarle aunque sea un partido de tatetí a la muerte. Mary Shelley lo sabía y así lo escribió en su libro, pero la campaña de prensa en contra del resucitado lo condenó al ostracismo moral por los siglos de los siglos. Mientras los demás celebraban, yo sufría por la vida que se apagaba en esa pira suicida. Después de todo, Frankenstein con su existencia no hacía otra cosa que desafiar a Dios –otro friki si los hay– y esa actitud bien valía toda mi admiración de pibe.

Algo similar me pasó con Freddy Krueger. Mientras mi novia de la adolescencia saltaba horrorizada del asiento del cine, yo tomaba nota de la titánica acción concientizadora que llevaba adelante el hombre del sombrero, la cara quemada y las manos filosas: los sueños son peores que la realidad y siempre es preferible despertarse a tiempo de cualquier utopía que no poder salir de la peor de las pesadillas. Freddy estaba en concordancia con el pintor español Francisco de Goya, quien ya había anunciado que “el sueño de la razón engendra monstruos”.

Con los años leí un cuento de Edgar Allan Poe que sirvió para comprenderme a mí mismo. El escritor bostoniano explicaba que todos llevamos dentro el demonio de la perversidad y actuamos bajo el influjo de un “motivo no motivado”, “por la simple razón de que no deberíamos actuar” como actuamos. Y habla de una “invencible tendencia a hacer el mal por el mal mismo”, como “un impulso radical, primitivo, elemental”. En mi caso, mi grado de perversidad sólo se limita a hacer y decir lo que nunca me conviene.

En la novela de Italo Calvino El vizconde demediado –un hombre dividido en dos por una bala de cañón que está obligado a vivir con su costado absolutamente bueno escindido de su parte absolutamente mala–, la mitad perversa de Medardo es condenada a vivir en los bosques de Torralba, fuera de la aldea. Y es un lugar común el bosque –que en la Edad Media significaba lo desconocido, lo inhabitado– para los monstruos de toda clase y especie –la mitología grecorromana bien lo sabía con sus faunos, sátiros y centauros–. El bosque es el margen, la frontera, el más allá. Es el lugar donde los hombres de a pie condenamos a lo Otro, a lo que no queremos ver, lo que queremos ocultar de nosotros mismos. Así, los monstruos funcionan como espejo: son el Aleph de nuestras propias miserias. Están ahí para recordarnos lo miserables que somos.

En los últimos años se ha acentuado la costumbre argentina de ver monstruos en todas partes: políticos, conductores de televisión, periodistas, pibes chorros, vedettes, o Zulmas Lovatos, funcionan como expiatorios de lo vergonzante de la sociedad. Los no-monstruos exoneran sus males señalando a los Otros. A mí, en cambio, me gusta sonreír. Pensar cómo se verían ellos mismos desde el bosque. Imaginar cuánto tienen de vampiro los empresarios, cuánto de asesinos los ciudadanos asustados y cuál es el precio de los que “acusan a la mujer sin razón”. E imaginar que miedo da el minuto a minuto de los que se sientan frente al televisor y leen los diarios con la desazón de un Coyote frustrado, soñándose Correcaminos.

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