sábado, 24 de julio de 2010

HABLANDO DE CHICOS QUE SE MATAN


Siempre es difícil entender estos casos, pero en este pueblo de Rosario de la Frontera a dos horas de Salta capital ,se mezclan la situación social, la falta de empleo y un horizonte pequeño para crear un escenario volátil. El pesimismo, la angustia y la impotencia de los docentes.


Por Emilio Ruchansky

Elizabeth pone el portarretrato de Fiorela sobre la mesa antes de empezar a hablar. Era su mejor amiga, casi una hermana. Se conocían desde la primaria y hubieran festejado sus 15 este año si Fiorela no hubiera decidido quitarse la vida el 7 de abril pasado. Fue así la primera de los cuatro muertos adolescentes que desvelan a Rosario de la Frontera. A Elizabeth no le interesa señalar culpables, tampoco sabe si los hay. Fue suya la idea de hacer las dos multitudinarias “marchas por la vida” en el pueblo. “Me inspiró otra marcha parecida en Tartagal –dice–, allá también pasa. Hay un puente del que se tiraron muchas personas. Recuerdo clarito dos casos: una mujer embarazada y un homosexual que era rechazado por su familia.”


Aún no están claros los motivos que influyeron en la decisión de Fiorela, Elizabeth jura que el día anterior su amiga estaba feliz, como siempre, que quería estudiar veterinaria y no tenía problemas económicos ni familiares. “Sólo ella sabe por qué lo hizo”, asegura. Al rato, Emilce, de 8 años, la menor de sus tres hermanas, le trae un cuaderno con un forro dorado. Elizabeth lo abre y muestras cartas de su amiga, fotos de la clase de baile folklórico que compartían, de un viaje a Jujuy y de ellas juntas de guardapolvo blanco. Lee las cartas conteniendo las lágrimas.


Esta joven quiere ser abogada o hacer carrera militar. Sabe que para eso deberá dejar el pueblo, como otros tantos lo hacen. “No sé si voy a poder trabajar aquí. Me gustaría, claro, porque amo este lugar y si te vas tenés que aprender todo de nuevo, pero no veo muchas opciones”, dice. Su padre está sentado en la cabecera de la mesa y sonríe con los ojos al oírla hablar del futuro. “Estuve muy asustado por ella, yo les digo a mis hijas que no corran como va el mundo, que se puede ser feliz con poco”, comenta el hombre fornido y muy celoso de su hija, aunque prefiera decir que es “cuidadoso”.


“Yo maduré de golpe con todo lo que me pasó”, continúa Elizabeth. “A mí no me sobra nada. Los jóvenes siempre quieren tener más y llamar la atención, quieren identificarse, pertenecer a un grupo. Aquí no hay tribus como en la ciudad, tenés amigos y con eso basta”, dice. Los fines de semana no sale a bailar a los boliches porque allí “están las mismas caras de siempre”. Por eso prefiere juntarse con amigos o ir a algún cumpleaños si hay. Cuando puede, ella y sus hermanas cocinan tamales o empanadas y las venden para ayudar con la economía doméstica.


En la Escuela de Comercio Nuestra Señora del Rosario hubo otra persona que se quitó la vida, Macarena, de su misma edad, aunque no se conocían mucho. También se reportaron algunos intentos. Elizabeth cuenta que una chica les envió mensajes de despedida a todos sus compañeros: “En verdad lo hizo porque quería que la detengan, es una psicosis. Si querés hacer algo así no avisás. O sea, me parece que muchas personas están buscando llamar la atención, sentirse queridos, ser reconocidos por los demás. Seguro que no tienen el apoyo necesario. Además hay mucha envidia, tal vez eso tenga mucho que ver con lo que está pasando”.


Jóvenes viejos


En los 33 años que María Eugenia lleva como docente, nunca vio tanta preocupación en sus alumnos. Ella, dicen quienes la conocen, es una maestra “de las de antes”, una segunda madre para los chicos. Asegura que se dio cuenta de la angustia que viven los más jóvenes porque suele pedirles que escriban una carta a sus padres y en los últimos tiempos el contenido de esas cartas cambió drásticamente. “Ahora piden amor, caricias y atención”, dice la mujer y detalla: “Hay uno que le pide a su padre que no le pegue más a su mamá y otro que pide a su padre que no se emborrache porque se pone agresivo. Ese chico viene a la escuela preocupado porque no sabe con qué se va a encontrar cuando vuelva a la casa”.


Antes los chicos agradecían ahora piden, concluye la docente. Por eso, ella comienza cada ciclo lectivo preguntando qué problemas tienen los chicos, cuando lo habitual era preguntar sobre sus planes a futuro. “Perdieron el horizonte, no tienen sueños”, reflexiona María Eugenia, una señora de profundas convicciones religiosas. “Yo empiezo a soñar por ellos, les digo que van a ser doctores y alguno me dice: ‘No vamos a poder, seño, eso es lo que usted quisiera’. Me pone triste escuchar eso, es como si los chicos ya no quisieran esforzarse más.”


Ella habla mucho con los padres, les pide que no dejen que sus hijos trasnochen, que los escuchen cuando vienen enojados porque alguien los carga en la escuela, aunque sea algo menor. “Los chicos pasan 4 horas conmigo y 20 con los padres, ése es el equilibrio, no pueden esperar que la escuela solucione todos los problemas”, alerta. Para esta docente, la solución pasa por sacar a los jóvenes del encierro, de la televisión y la computadora, y ofrecerles una vida al aire libre, con mucho deporte. “¡Si tenemos un pueblo hermoso!”, grita en un momento.


Los tres hijos de María Eugenia no viven en Rosario de la Frontera, se fueron a estudiar a Tucumán. Ella es consciente de la falta de posibilidades, sabe que no volverán y los obliga a visitarla todos los fines de semana. “Los que no se pueden ir de aquí, sufren. Se les crea un resentimiento enorme y te lo largan. Se sienten atrapados y eso les crea una tristeza enorme”, reconoce mientras arma un avioncito con la servilleta de papel del bar donde se entrevista con Página/12. Luego concluye: “Muchos quieren tener todo de arriba, se dan por vencidos ante la realidad, no ven la forma de conseguir lo que les falta”.


Refuerzos


Antes de que se conformara el Comité de Emergencia, a principios de la semana pasada, había una sola psicóloga para atender a todo el pueblo. Los padres de Elizabeth comentan que se les hizo difícil conseguir un turno en el Hospital Melchora Figueroa de Cornejo. Lo primero que notaron los psicólogos que llegaron de refuerzo desde Salta capital fue la pasividad de muchos jóvenes. Lo segundo, según comentó uno de ellos a este cronista, fue el miedo de los padres “que consultan en cuanto ven algo raro porque en algún punto se sienten inútiles, como si hubieran perdido ese saber propio que tienen los padres”.


Muchos de los jóvenes que no tienen posibilidad de irse a estudiar afuera terminan el secundario y se vuelcan al reducido mercado laboral que ofrece el pueblo. Trabajan como empleados de supermercados o tiendas. Otros, pensando en ahorrar camino, prefieren trabajar de lo que sea antes que estudiar. “Los que no consiguen nada, se la pasan emborrachándose y cuando tienen algún peso se van al casino electrónico, parece que es el único negocio que funciona bien aquí”, dice María, una almacenera bonachona, que por sobre todas las cosas quiere aclarar que este pueblo es hermoso.


A media hora de Rosario de la Frontera está Metán, una ciudad con la que existe una feroz competencia. Hay un proyecto de extender la Universidad Nacional de Salta y ambas ciudades pelean por ser la sede. Metán, resaltan acá, ya tiene tribunales federales. Julio Malica, docente y concejal justicialista de esta localidad, asegura a horas de que llegue el gobernador Juan Manuel Urtubey que insistirá con el proyecto universitario. “Hace poco le pregunté a un funcionario provincial qué presupuesto tenían para los chicos de aquí y me dijo ‘nada’. Si queremos comprar una pelota de voley tenemos que hacer una vaquita en la escuela.”


El abandono del Estado, dice Malica, es una de las principales barreras que tiene este lugar para progresar: “No hay ninguna obra para nosotros en el presupuesto provincial. Pienso que con todo lo que está pasando con los chicos, la verdad, parece que se nos escapó la tortuga”.


Más allá de las repercusiones nacionales que tuvieron las últimas cuatro muertes (hubo otras cuatro personas que se quitaron la vida el año pasado), los nuevos intentos frustrados son, para el psicólogo que vino de refuerzo, “una señal de que los chicos están queriendo decir algo”.

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