lunes, 19 de julio de 2010

SAN MARTÍN, ENTRE LA HISTORIA Y EL MITO


La profusión de investigaciones despierta el entusiasmo por la búsqueda de nuevos documentos y por el anhelo de conocer más. Pero los detalles privados o escabrosos sobre la vida de los próceres corren el riesgo de convertir "la hagiografía en difamación".


La primera biografía de José de San Martín se publicó en 1863, apenas 13 años después de la muerte del Libertador, y fue obra de un paciente historiador chileno, que se dedicó a recorrer los sitios por donde San Martín había dejado una huella indeleble, así como los archivos que conser­vaban documentación relevante de las campañas emancipadoras, y sus intercambios epistolares con el chileno Bernardo de O'Higgins, aliado y compañero en la aventura libertadora.

Las biografías "argentinas" del prócer, como la de Bartolomé Mitre, elaboradas a la vez que el país comenzaba a construir y a delinear un perfil propio, fueron escritas varias décadas después. Como se sabe, cada una de estas biografías, cada vez que alguien di­buja los contornos de José de San Martín con relieve propio, recibe como contrapartida una batería de críticas y señalamientos: nadie está dispuesto a ceder terreno en la construcción del héroe.

Por otra parte, cada nueva aproximación al prócer ha venido acompañada por nuevos estímulos a la investigación, nuevos docu­mentos en discusión, renovados debates y, en fin, la profundiza­ción de nuestro conocimiento de una etapa crucial en la historia y formación de nuestro país, así co­mo del resto de las naciones ame­ricanas.

San Martín se vuelve, entonces, no sólo un objeto de estudio para la historia sino también un hecho periodístico. Cada una de estas investigaciones, en su singular aporte, recrea el ámbito propicio para volver a pensar cómo nació el país, de qué manera conquistó su libertad, cómo se vinculó con sus hermanos sudamericanos, cuáles fueron sus hazañas y qué precio ha pagado por sus derrotas. La respuesta a la pregunta "¿por qué San Martín?" resulta ociosa. O reiterativa.

Todo –o casi todo– en la vida y obra de San Martín es motivo de leyenda y controversia. Desde el relativo misterio alrededor de su origen (¿era mestizo, hijo ile­gítimo de un noble español y una india guaraní?); la incógnita sobre los motivos que lo trajeron a Amé­rica (¿resentimiento con la corona española, lazos de raza, emisario británico?); la hazaña de cruzar los Andes para liberar Chile (¿reflejo del plan del escocés Thomas Mai­tland?); su contribución decisiva a la emancipación del Perú (en me­dio de una campaña sumamente dificultosa); la incomprensión de sus propios compatriotas en el Río de la Plata (hubo quien lo acusó de "traidor"); la supuesta rivalidad con Simón Bolívar (¿realmente se profesaban el desprecio que Mitre difundió?); su aparente retiro; has­ta el fallido intento por regresar al Río de la Plata.


¿Nada nuevo bajo el sol?

El supuesto ostracismo en el que se habría sumido el Libertador en sus últimos años de vida acaba de ser refutado por la investiga­ción de Rodolfo Terragno, Diario íntimo de San Martín , en la que consta la labor diplomática que fue a poner en marcha a Inglaterra, a partir de 1824, tratando de lograr en ese punto estratégico el recono­cimiento de la independencia de los países sudamericanos. Terrag­no cuenta los pasos que lo llevaron a estas conclusiones en una charla que en estas páginas se publica.

La relación de San Martín con los líderes sudamericanos, por su parte, será motivo de análisis y re­flexión en la biografía que prepara la historiadora Beatriz Bragoni y que dará a conocer en los próxi­mos meses, y en su investigación sobre la relación entre San Martín y el chileno José Miguel Carrera (considerado el primer caudillo de ese país). Bragoni abre la puerta de este número explicando a los lectores de Ñ el horizonte político y cultural desde el cual es posible analizar la historia y la gesta san­martinianas.

La inminencia de los bicentena­rios americanos, con su profusión de actividades conmemorativas y de ensayos para una síntesis his­tórica latinoamericana, también debería poner en discusión a la figura de San Martín. Sin embar­go, algunos de los mentores de las principales iniciativas editoriales y académicas gestadas alrededor de los bicentenarios, explican en este número de Ñ por qué San Martín no tiene, en estas obras colectivas, el relieve que debería dársele. Ho­racio González, Jorge Gelman, Arturo Roig, Hugo Biagini y Raúl Fradkin, entre otros, se refieren en estas páginas a esta relativa au­sencia.

En forma paralela al desarro­llo de novedosas investigaciones y al fenómeno de la divulgación histórica masiva, en los últimos tiempos ha resurgido, alrededor de los próceres y figuras salientes de nuestra historia, una tendencia a la búsqueda de informaciones íntimas, detalles sobre la vida pri­vada. En este marco se pueden in­cluir los ensayos como Argentina, con pecado concebida , de Federico Andahazi, quien indaga en las cos­tumbres sexuales de los próceres (incluido, desde ya, San Martín). Este tipo de literatura suelen cues­tionar los historiadores profesio­nales que se desempeñan en el ámbito académico.


De la hagiografía a la difamación

Algunos años atrás, la prestigiosa (y prematuramente fallecida, a los 51 años, en setiembre de 2008) investigadora rosarina Patricia Pasquali, especializada en San Martín, contrastaba el "legítimo deseo colectivo de aproximación al conocimiento de los protagonistas de nuestro pasado tal como fue­ron" y la "exigencia generalizada de descubrir a los hombres reales y creíbles, que permanecieron mu­cho tiempo escondidos tras las efi­gies pétreas, lejanas e incólumes", con "la escalada de banalización y chismografía a la que hoy asisti­mos, y que nada tiene que ver con la humanización de los próceres".

Pasquali, autora de varios volú­menes sobre el Libertador (entre ellos, la edición de la correspon­dencia de San Martín con Tomás Guido, y de títulos como San Mar­tín en el ostracismo: profecía, si­lencio y gloria , o San Martín. La fuerza de la misión y la soledad de la gloria ), admitía que, con es­ta "escalada", "se ha ido a parar exactamente en el otro extremo de la tendencia sacralizadora pre­cedente"; es decir, por sólo hacer hincapié en los supuestos aspectos oscuros o puntos débiles y critica­bles que acaso hayan tenido, "los prohombres que siempre tuvimos por referentes históricos debido a ciertas características que los hicie­ron superiores y admirables, dife­renciándolos del resto, por algu­nas de sus grandes realizaciones o incluso tan sólo por su índole visionaria, aunque hubiesen fra­casado en su tiempo a nivel de las concreciones, quedan convertidos, con la excusa de quitarles la pátina de bronce, en personajes menores, mediocres, reprobables, en fin, en pésimas caricaturas de lo que en realidad fueron".

Llevando a un extremo esta tendencia, sostenía Pasquali, se ha ido "de la deificación hasta el nihilismo, de la hagiografía hasta la difamación, recurriendo a cual­quier medio con tal de responder a las exigencias del marketing y ganar protagonismo por la vía del escándalo".

La autora de S an Martín confi­dencia l criticaba con dureza a los historiadores al sostener que los profesionales que se dedican a la historia en los niveles superiores de la enseñanza y la investigación "son en gran parte responsables de este lamentable fenómeno, porque se han divorciado de la gente, por­que no han cumplido su compro­miso social insoslayable de conec­tar a la comunidad con su pasado. Encerrados en sus torres de marfil –señalaba Pasquali–, utilizando un lenguaje críptico para inicia­dos, escribiendo para sus pares, incrementando el conocimiento histórico pero despreocupándose de hacerlo vigente y operante en la conciencia colectiva, contribuyen a su progresivo vaciamiento, a que subsistan viejos mitos o que ocu­pen su lugar versiones antojadizas e infundadas".


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