sábado, 24 de julio de 2010

"LOS PIBES SON INVISIBLES"


Reportaje a Irma Silva, presidenta del Colegio Profesional de Psicólogos de Salta. Aquí se refiere a los suicidios de adolescentes en Rosario de la Frontera.


Por Soledad Vallejos

“Yo adhiero a una idea: así como la infancia muestra cómo es la familia, la adolescencia muestra cómo es la sociedad, cómo es su entramado y cómo funciona”, evalúa Irma Lidia Silva, presidenta del Colegio Profesional de Psicólogos de Salta. Especialista en psicología clínica y social, Silva procura, ante todo, pone paños fríos sobre la ola de sensacionalismo que sobrevino tras la ola de jóvenes suicidas, pero también demanda que tanta atención, finalmente, cristalice en un trabajo continuo y sostenido. “Porque poner un parche no nos va a servir de nada”, insiste, tras pintar un panorama sombrío, de adultos aislados y adolescentes desesperanzados, que los datos no vuelven exclusivo de ese pueblo salteño.


–Esta comunidad está altamente sensibilizada. Imagine que el dolor y el estupor paralizaron a la totalidad de los habitantes de Rosario de la Frontera, que es una zona pequeña. Y la misma gente –yo estuve en contacto con una persona vía telefónica– está muy asustada; quienes tienen hijos adolescentes sienten una gran angustia. No hay respuestas genéricas: hay que trabajar muy cuerpo a cuerpo en el terreno. Pero uno ya llega tarde con esto. Algunos chicos ya no están, y sus amiguitos y su grupo de compañeros también están bajo este shock importantísimo.


–¿Hay antecedentes de situaciones similares, algo que permita trabajar más sobre terreno firme en este caso?


–En la misma Salta, hace aproximadamente cinco años, pasó lo mismo en Villa Juanita, en la capital provincial. Habían muerto cuatro chicos en una semana. Pero en un caso así hay que conocer las particulares significaciones acerca de la muerte, y los suicidios que tienen las comunidades y sus culturas. Por eso no puede decirse “esta receta vale para todos”. Pero por lo pronto la situación es delicada: acá algunos medios la han tratado con mucha prudencia, otros no tanto, sabiendo que el suicidio tiene carácter contagioso entre los adolescentes cuando hay factores que lo pueden predisponer. La divulgación, por ejemplo –y esto no lo digo yo sino la Organización Panamericana de la Salud– puede crear una cultura del suicidio. Por eso la OPS suele convocar a que las organizaciones que trabajan en prevenir y estudiar los suicidios hagan recomendaciones en sus comunidades para evitar que estos sean tema de portada, y en especial de portadas con letras catástrofe, con publicación de fotos de los fallecidos, del lugar donde han acaecido los hechos, de los datos del establecimiento escolar al que iban. No hay protección de los chicos. Se han brindado detalles de la muerte y la agonía de alguna víctima. A esto se le suman explicaciones únicas y simplistas. Sabemos que hay factores individuales, factores de familia, de situaciones personales que hacen que ciertas personas sean más proclives que otras a imitar conductas.


–Especialmente en la adolescencia.


–Sí, ese factor forma parte de esto. En la adolescencia no se da el valor a la vida que se da en otras edades. Y también se hace necesario mirar en unos casos, en otros y mirar a fondo: si hubo violencia doméstica, si hubo maltrato, abuso sexual, abusos de sustancias tóxicas, abandono, acosos en el colegio mismo, presiones de distinta naturaleza inmanejables para ellos. La conjunción de algunos de esos factores y otros que no estamos mencionando puede dar explicación a ciertas cuestiones que aparecieron con estos actos, que desataron estas cosas. Hay investigaciones de las universidades que no se toman en cuenta. Algunas dicen, por ejemplo, que los jóvenes de entre 15 y 20 años, fundamentalmente en el conurbano bonaerense, piensan que las perspectivas para sus próximos cinco años son pésimas. Y eso surge de encuestas en las que el 35 por ciento de ellos considera que en 5 años estará muerto o excluido, es gravísimo eso. Otro 30 por ciento solamente piensa que ingresará al mercado laboral en trabajos precarios, y sólo el 35 por ciento restante piensa que se encontrará realizando su vocación. O sea, esto es percibir la realidad como imposible de modificar. Y aparece como un valor jerarquizado la seguridad familiar y la demanda de protección y afecto. Yo adhiero a una idea: así como la infancia muestra cómo es la familia, la adolescencia muestra cómo es la sociedad. Una adolescencia muestra cómo es el entramado, qué pasa con esta sociedad. Los espacios de escucha activa con los jóvenes son escasos en todas partes, y finalmente están invadidos por la voz adulta: pasa en lo que respecta al trabajo, de realización de las cosas, de la escuela misma, de la familia. Los pibes cobran visibilidad cuando pasan estas cosas, si no son invisibles. Si no, de ellos no se habla.


Se los suele referir en relación al consumo o a su presunta peligrosidad.


–Sí, y no se ven los pibes que hacen un montón de cosas para salir adelante y llegar a ese 35 por ciento que se ve realizando su vocación, con todo el esfuerzo y el deseo que están poniendo. Hace años que se viene produciendo en las provincias, más especialmente en el interior de las provincias, una precarización laboral y una disminución de la oferta laboral, al mismo tiempo que una valoración a ultranza del consumo, en desmedro del valor del trabajo. Esto no es de ahora, viene pasando desde los ‘90, con el neoliberalismo, cuando también el Estado se fue retirando y fue dejando a los chicos como gestores de su destino. Son jóvenes que no cuentan con las herramientas que les permitan una inserción laboral plena, y caen en un desaliento paralizante, en el sentimiento de exclusión, de empobrecimiento y desencanto. ¿Y quién vuelve del desencanto, cómo se vuelve del desencanto? En este caso hablamos por los suicidios de estos jovencitos y jovencitas, pero el sentimiento de debilidad como sujeto activo para enfrentar un sistema social que les es injusto, sumado a la amenaza de no encontrar el reconocimiento del otro social –que en busca de eso está un joven también–, está propenso a no dar lugar a las generaciones que vienen. Y puede retornar generando un modo de respuesta fallida, la agresión contra otros, conductas violentas o delictivas, o reacciones autodestructivas como conductas adictivas, fugas de hogar, trastornos de alimentación, suicidios, manifestaciones depresivas. O puede suceder que prime la inhibición, y tenemos un combo: pobreza de interés, desgano, conductas evitativas, rechazos múltiples, todas respuestas de quienes frente a la incertidumbre sobre el futuro y el dolor de la frustración prefirieron renunciar a la pelea, tal vez porque en el futuro cercano se ven muertos o excluidos. Donde debería aparecer la lucha, la rebeldía, el fragor del eros, hay abatimiento y apatía. Lo que hay es una renuncia pulsional ante una realidad impotentizante que favorece, digamos así, la tendencia a la satisfacción pulsional directa en el consumo o la descarga por la acción.


–No es un panorama exclusivo de Rosario de la Frontera.


–Es en este instante Rosario de la Frontera, pero lo vemos a lo largo y lo ancho del país. El suicidio está entre las primeras diez causas de muerte en Latinoamérica.


–Hace menos de diez años, se estimaba que Argentina tenía la tasa de suicidios adolescentes más alta de Latinoamérica.


–Sí, y actualmente sigue siendo una de las primeras causas de muerte aquí. Eso sólo se puede resolver con políticas puntuales y dirigidas. ¿Qué estamos esperando? Tenemos epidemiología, los datos, el mapeo social de ese tipo de riesgo se puede hacer sin más. Y ahí es donde corresponde poner los recursos, los recursos humanos, las estrategias y pensar cada cosa. Además hay que tener en cuenta las voces de las víctimas, de los amigos, de los compañeros, acá no se escuchan las voces de los jóvenes. Y no sólo necesitan el apoyo en ese momento, sino algo continuo y en el tiempo, no sólo mientras dura la ola mediática. Más allá de Rosario de la Frontera, para nuestros jóvenes y adolescentes es necesario crear espacios con herramientas que permitan la inclusión. Que puedan contar en la generación de sus propias ideas, para apropiarse de su capacidad creadora, reconocerse autónomos, valorados. Para eso es necesario sostener ideales sociales de inclusión, que den garantías para disminuir esa incertidumbre. La vida sin esperanza termina en la parálisis de la voluntad. Poner un parche no nos va a servir de nada.

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