martes, 27 de julio de 2010

"LA IGLESIA EJERCE UN PODER MONÁRQUICO QUE NO ADMITE EL DISENSO"


Por Carlos Rodríguez

“El homosexual es una víctima cultural del sistema. La discriminación que soporta es similar a la del negro que es visto como esclavo, a la de la mujer que es desvalorizada por la cultura machista o a la del pobre que es marginado económicamente. Por eso, desde la Teología de la Liberación, la visión que se tenía sobre los pobres, los desplazados, se fue ampliando y por eso estamos acompañando a los homosexuales en su lucha por la liberación.” En diálogo con Página/12, el cura Nicolás Alessio, miembro con otros catorce religiosos del Grupo de Sacerdotes Angelelli, explicó su postura a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo. Esta posición le valió una sanción y puede significar su alejamiento definitivo de la Iglesia. Aunque negó que tener una hermana lesbiana haya modificado su pensamiento, reconoció que “el trato cotidiano con alguien que es homosexual fortalece la idea de que son personas normales y no los monstruos que se intentan pintar”.


Nacido en Córdoba capital hace 53 años, Alessio se ordenó sacerdote a los 24. Casi todo su sacerdocio transcurrió en la parroquia de San Cayetano. Sobre el grupo al que pertenece, que lleva el nombre del obispo de La Rioja Enrique Angelleli, reconoció que es “minoritario” dentro de la Iglesia de la provincia, pero igual “nos tienen miedo los que están en la cúpula, porque creen que podríamos de-sestabilizarlos. Lo que pasa es que la Iglesia sigue ejerciendo un poder monárquico y verticalista que no admite el disenso”.


Alessio criticó con dureza al arzobispo local, Carlos José Ñañez, quien le dijo que había tomado la decisión de sancionarlo prohibiéndole dar misa o dar el sacramento del matrimonio porque había “recibido presiones” de la cúpula de la Iglesia, desde Buenos Aires. “Yo le respondí: ‘Tu cabeza estaba amenazada y por eso cortás la mía’”. El religioso recordó que tuvo, durante la dictadura, serios enfrentamientos con Raúl Primatesta, ex arzobispo de Córdoba, pero que “en ese caso, venía, me gritaba, me retaba, pero al menos se manejaba de frente”.


De todos modos, ya “nada me sorprende” porque sabe “cómo funciona este sistema de Iglesia monárquico y, más después, de la asunción de Benedicto XVI, que redujo los espacios de libertad. Después de Juan Pablo II confiábamos en que venía algo mejor, pero no. Es una institución que se va cerrando cada vez más y que va a tener que seguir soportando sangrías porque hay muchos que dicen: ‘Si no me voy ahora, me voy pronto’”.


–Cuénteme la historia del grupo Angelelli en Córdoba.


–El grupo es una continuidad casi sin rupturas en el tiempo de lo que fue el Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo, nacido en la década del sesenta. Cuando este grupo se disuelve a nivel nacional, por la dictadura y los conflictos eclesiásticos, los grupos en las provincias quedan. Unos fueron al exilio, otros muertos, pero algunos quedaron. Los de Córdoba mantuvieron sus reuniones habituales hasta hoy, resistiendo momentos duros durante la dictadura. Con la llegada de la democracia comenzamos a salir más a la superficie. Nos pusimos el nombre de Angelelli, reivindicando su figura como mártir.


–¿Cómo fue el trato que recibieron, dentro de la Iglesia, desde la restauración de la democracia?


–Siempre nos miraron con miedo. La jerarquía, por lo general, no se siente muy cómoda en la democracia porque sabe que, en democracia, la sociedad es un poder que de alguna manera compite con el poder que quiere ejercer la jerarquía sobre la sociedad. La jerarquía nos miraba con temor, incluso con descalificaciones. Cuando yo era seminarista, me decían: “No te juntés con ese grupo. Te van a querer captar, te van a contar una historia que no es cierta”. Para ellos, que el grupo Angelelli siguiera vivo es un peligro, algo que los podía desestabilizar.


–El mensaje de Angelelli siempre fue muy claro. La opción por los pobres, el compromiso con el pueblo...


–Sí, claro, pero ésa es la gran contradicción. La Iglesia tiene una gran contradicción, querer ser una especie de institución monárquica, verticalista, que no termina de convertirse a lo que el Evangelio pide, que es el ser una comunidad más fraterna, más abierta y priorizar la vida del pobre, del excluido, de la víctima, por encima de las estructuras, por encima de los acuerdos políticos, incluso por encima de los propios dogmas. Priorizar la vida de las personas que son castigadas socialmente.


–¿Cómo es la situación social en Córdoba y cuál el nivel de participación del Grupo de Sacerdotes Angelelli en la tarea de revertir esa situación?


–Córdoba ciudad, que es donde estamos, no tiene algo similar a lo que en Buenos Aires son las grandes villas. Acá hay zonas empobrecidas, pero no tienen ese nivel de marginalidad tan dramática. No-sotros somos curas de barrios pobres, no curas villeros, como en Buenos Aires, como se conoce a los que trabajan en lugares de destrucción. Estamos ligados con grupos de derechos humanos, sectores gremiales que no pertenecen a los sectores tradicionales de la CGT que fueron cómplices del menemismo en la década de los noventa, y también a grupos de la cultura que tratan de abrir la cabeza de la gente. Y en los barrios articulamos con todas las pequeñas organizaciones barriales: centros vecinales, cooperativas, escuelas, bibliotecas o radios populares.


–Su postura a favor del matrimonio gay, ¿siempre fue así o fue algo que maduró de a poco? En los sesenta y los setenta, hasta los grupos revolucionarios miraban a la homosexualidad desde el preconcepto, desde el rechazo y hasta desde la discriminación más explícita.


–Tal cual, ésa era la mirada que existía. Yo lo vi desde la óptica de la víctima del sistema económico, el drama del excluido, el empobrecido. En la Teología de la Liberación, que nace con ese fuerte contenido frente al poder económico, se van incorporando otras víctimas, desde otros lugares. Igual que la negritud, que es la situación del que es excluido por ser negro. No es un pobre económico, pero es una víctima de un sistema que ve en el negro al esclavo, una raza inferior, aunque se trate de un negro que tenga una buena situación económica.


–Lo mismo ocurre con los homosexuales.


–El homosexual fue históricamente tratado como enfermo, como desviado, como pervertido, como un desorden de la naturaleza. El homosexual es una víctima cultural, en una cultura sexista, machista y cerrada. Creo que todos los que integramos el movimiento de la Teología de la Liberación y los curas del Tercer Mundo fuimos ampliando el horizonte de lo que fue para nosotros la opción por los pobres. No es pobre sólo el que está marginado económicamente. También es pobre la mujer cuando es despreciada desde una cultura machista, es pobre el negro cuando lo desprecian desde una cultura pretendidamente blanca o superior. Es pobre el homosexual cuando se lo desprecia por su opción sexual. Hemos ampliado el concepto de víctima. Todos hemos ido creciendo en esto y tomando posición, como cuando desde el Grupo Angelelli decidimos ponernos a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo porque hace justicia a una tradicional injusticia.


–El hecho de tener una hermana lesbiana influyó en ese crecimiento.


–En este proceso teórico y vivencial, esa circunstancia no influyó prácticamente en nada. Obviamente, al ser mi hermana lesbiana y con un hermoso sobrinito que nos ha regalado, eso no hace más que confirmar nuestras propias reflexiones, que hablan de la total normalidad del gay. Es una confirmación desde la vida, desde la experiencia. Si uno nunca vio a un hombre negro y le tiene miedo porque es negro. Ahora, el día que se encuentre con un negro que es amigable, va a descubrir que es una persona totalmente normal. Esto es más o menos así. Cuando vos tenés un vecino, un compañero de trabajo que es homosexual y no te causa ningún rechazo, comprobás que es una persona normal y mucho más si, como nosotros, ya veníamos convencidos de que teníamos que apoyarlos y estar junto a ellos.


–Visto desde afuera de la Iglesia, su situación como sacerdote es sumamente complicada. A la Iglesia la sexualidad le preocupa más, al menos en esta etapa, que las cuestiones políticas e ideológicas de fondo.


–Tal cual. Hay cosas objetivas que indican que mi situación es muy complicada. Hay cosas objetivas. Que me hayan sometido a un juicio por haber opinado a favor de la comunidad homosexual, cuando hemos tenido como grupo y como personas opiniones muy fuertes en otras áreas: económicas, culturales e incluso internas de la vida de la Iglesia, llama la atención cómo han reaccionado. Y mucho más me llamó la atención que además de iniciar un juicio por una opinión distinta, se me prohíba celebrar la misa. Me cortan las manos como párroco. Es una desmesura absoluta. Una especie de castigo anticipado, mientras se determina quién tiene razón.


–En otros casos muy graves, la Iglesia no ha tomado ninguna medida.


–Por supuesto. Hay sacerdotes involucrados en casos de abuso sexual de menores o cómplices de la dictadura a los que la misma Justicia ya los ha condenado. Ellos pueden celebrar misa como cualquier otro. Y no porque se hayan arrepentido. Si vos me dijeras que se arrepintieron, que dijeron sí, fuimos cómplices de la dictadura. Si reconoce que hizo un daño inmenso y pide perdón, vaya y pase, porque sigue en cana, condenado y pagando por lo que hizo, bueno, que celebre misa, pero ni siquiera se han arrepentido. Y la Iglesia no les pidió que se retractaran y que dejaran de celebrar misa. En cambio, a mí sí. Cosa de locos.


–¿Nunca lo habían sancionado antes?


–No, jamás, jamás.

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