miércoles, 1 de agosto de 2012

EL EROTISMO, UNA CONQUISTA FEMINISTA MUY RECIENTE

Desde mediados del Siglo XIX, el feminismo lucha contra una sociedad patriarcal. Pero tardo mucho en reconocer y defender los derechos de las mujeres al placer y el deseo.

Por Dora Barrancos

El feminismo emergió a mediados del siglo XIX en el contexto de una vuelta de tuerca de las formas patriarcales que se habían tornado más severas. Un aspecto central fue la modificación de las costumbres, una vez que la triunfante burguesía impuso, entre otras cosas, una severa moral sexual a las mujeres.
Durante el Antiguo Régimen las mujeres de la aristocracia habían gozado de franquías morales gracias a la oblicua condescendencia de padres y maridos más preocupados por ganar – y a veces no perder – los favores de otros varones, dueños de mayor potestad a los que estaban obligados a rendir pleitesía. Sin duda, fue especialmente famosa la aristocracia francesa cuyas cortesanas representan un segmento que se caracterizó por no eludir los contactos sexuales, a menudo impulsados por los propios cónyuges .
Pero las transformaciones de fines del XVIII, el estallido de la Revolución Francesa y la extinción de las prerrogativas de la nobleza, significaron el ascenso definitivo de la burguesía y el consiguiente reconocimiento de los derechos individuales que hicieron posible la soberanía de los varones, más allá de las tajantes diferencias sociales.
La nueva clase portaba un nuevo y estricto código de moral sexual para las mujeres, apegado al principio de que la sexualidad sólo podía ejercitarse con fines reproductivos, a lo que se agregó la idea de que una mujer decente no conocía deseo ni placer.
Es bien sabido que el ordenamiento de las esferas pública y privada facilitó también la paralela imposición de que los varones, de modo contrapuesto, estaban facultados para ejercer conductas sexuales de acuerdo a su antojadizo deseo. La doble moral masculina fue ampliamente sancionada en las sociedades modernas y fue moneda corriente que los varones mantuvieran un rígido orden moral para las mujeres de la familia y desdijeran esa misma moral cuando sometían sexualmente a otras, comenzando por criadas y empleadas.
Es en este cuadro de doble rasero moral y de sometimiento al deseo masculino que debe entenderse que las feministas se apegaran a la idea de que la sexualidad era una manifestación penosa, tal vez una anomalía, un atributo del patriarcado que debía por lo menos inhibirse . Las feministas estaban muy lejos de concebir como un derecho el placer y por otra parte, el pensamiento dominante del XIX sostenía la anestesia sexual femenina .
Las voces más autorizadas declaraban que las educadas, y más refinadas, apenas conocían los disfrutes de la sexualidad, reservados en todo caso a mujerzuelas iletradas que estaban mucho más cerca de la animalidad. Las prepotentes conductas masculinas, el forzamiento de los actos sexuales que sufrían tantísimas mujeres, el acoso acostumbrado que no escatimaba ambientes -aunque era mucho más extendido en fábricas y talleres-, condujo a la enorme mayoría de feministas a repudiar la propia sexualidad .
Hubo, entre las más radicales, quienes propusieron cerrar las piernas en los lechos maritales para impedir de este modo el abuso de los cónyuges. En Inglaterra, las leyes que penalizaron la sexualidad, entre las que se encuentra la que condenaba la homosexualidad, fueron también solicitadas por feministas.
A la mayoría de sus adherentes les parecía que era justo sancionar a los viciosos y a quienes amenazaban la integridad de las congéneres.
Durante la mayor parte del recorrido realizado por la agencia feminista en todos los países, cuyas acciones se proyectaron con fuerza al siglo XX, la sexualidad no pudo ingresar a la agenda de preocupaciones y reivindicaciones, y mucho menos el erotismo.
Las feministas, en su enorme mayoría, eludían los lenguajes vinculados con el cuerpo, con excepción, claro está, de la celebración excluyente de la maternidad . Se trataba de una maternidad que parecía incontaminada, como si la concepción hubiera prescindido del contacto carnal.
La tónica asexuada del feminismo y la conjura del erotismo resultaron canónicos hasta el surgimiento de la “segunda ola” en los años 1960. Hubo entonces un parte aguas, la agenda sufrió una notable transformación. Se extinguieron las obturaciones al deseo sexual, deviniendo la propia sexualidad y sus orientaciones disidentes de la “normalidad heterosexual”, un mandato de enorme significado entre las nuevas adherentes. Desde luego, hubo retos desde diversas vertientes, pero en todo caso debe considerarse el papel jugado por la crítica feminista que se abrió paso con estridentes llamados de atención sobre la negligencia (cuando no la complicidad feminista) con las fórmulas conculcadoras del derecho al cuerpo .
Las feministas lesbianas , especialmente, reclamaron reconocimiento propio y contribuyeron decididamente a alterar los restrictos códigos morales sexuales que fueron vistos como una auténtica colonización patriarcal.
La dimensión del disfrute sexual y las autorizaciones eróticas son, por lo tanto, una conquista muy reciente de los vertederos feministas. Apenas ha cumplido poco más de medio siglo.

Fuente: Clarin

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