lunes, 27 de agosto de 2012

TRIBUS AUTOSUSTENTABLES

El freeganismo y las gratiferias, de un lado, y los sitios de cupones de descuentos, por el otro, están poniendo de manifiesto el fin de un modelo económico. Sobrevivir del desperdicio o comprar a precio de liquidación.
 
Por Luis Paz
 
A esta altura, la mano va solita. Lleva el mouse hasta el sobrio icono de la Papelera de Reciclaje –o al del sucedáneo en Linux y otros sistemas operativos–, el dedo del fuck you pulsa el botón secundario del ratón y el índice oprime sobre el comando “Restaurar”. Esta operación debe ser una de las más útiles y, a la vez, una de las menos valoradas en la historia de la computación. Poder devolver a su sitio algo que por desidia o error se desechó es la realización práctica del Santo Grial de la vida humana: lograr una segunda oportunidad. En lo que va de esta década, al menos dos grandes (por su importancia y extensión) emergentes sociales, surgidos de las mismas entrañas del sistema capitalista como un virus, están haciendo realidad la función informática de restaurar. Aunque lo recuperado vaya en este caso a parar a otras manos, más necesitadas, menos egoístas, por la operación de freeganos y participantes de gratiferias, grupos sociales, o hasta incluso tribus urbanas, en cuestión. Luego de las oleadas de tribus urbanas basadas en grupos deportivos, culturales, musicales, de interés y curiosidad (desde skaters a cosplayers, pasando por punks y techies), los emergentes de la nueva década se distinguen por su relación económica con el mundo, por su oposición al sistema del mercado de lo escaso y por ver en lo gratuito no sólo una facilidad, sino una posibilidad real de cambio.
En su debido contexto, el de un sistema mundial económico, productivo y financiero en baja, sumido en otro de sus ciclos de crisis (1930, 1970, 2010, quedan avisados, habitantes del 2050), el movimiento freeganista –una filosofía política basada en oponerse al consumo y vivir de lo que ya fue comprado por otros que ya no lo necesitan, y de paso cuidar el planeta y reducir los volúmenes de basura– y el de las gratiferias –reuniones en las que cada uno deja lo que ya no necesita y, si quiere, se lleva algo que pueda serle útil, pero sin criterio de reciprocidad, sin trueques– se presentan como alternativas certeras, como aplicaciones físicas, reales y concretas de otro signo epocal: el desarrollo de la costumbre de compartir con gratuidad discos, libros, películas, contenidos, ideas y pasatiempos.
No es casualidad que, durante la década anterior, las tribus urbanas se hayan diversificado a partir de ecosistemas económicos, de categorías o áreas de consumo. Los floggers hubieran sido imposibles sin cámaras de fotos o chupines de colores irritantes. Inclusive los punks, como grupo de identificación juvenil, fue incorporado al sistema del consumo. ¡Y qué sería de los yuppies sin un mercado basado en los productos segmentados! Sin embargo, la evolución filosófica, ética, de conductas comunitarias y de información que son señales de esta época liberaron el camino para que hoy las tribus urbanas puedan definirse fuera del mercado, en respuesta a su lógica. Quizá sea la primera vez en mucho tiempo, desde épocas que no han vivido nuestras generaciones, que los jóvenes se reúnen no por lo que han logrado comprar sino por la decisión lograda de no comprar nada más.

SER ASI NO CUESTA NADA

Una flamante tribu urbana acecha los basurales con la consigna de salvar al mundo a través de un experimento práctico de filosofía ambientalista y económica. Remover, reducir, reciclar y reutilizar son los mayores puntos programáticos, gastar la única prohibición y aparecer en noticieros de la hora de la siesta el destino no buscado de las decenas de miles de jóvenes que forman el movimiento mundial del freeganismo. Esta tendencia surge del cruce conceptual entre la ecología, el consumo responsable, la producción sustentable, la participación económica, la reducción industrial y aquel siempre bien ponderado pagadiós.
El freeganismo puede ser entendido como una serie de estrategias colectivas, implícitas para el movimiento, y de prácticas cotidianas que intentan la disminución del volumen de basura, el derrumbe de la sociedad de consumo y la instauración de políticas sociales e individuales de uso de productos y servicios que le presten atención a la sustentabilidad. Dicho de otra manera: asaltan la basura para recoger lo que les es necesario (sea comida, una bicicleta o un CD) para vivir, dándole una mano a la Pachamama y cagándose olímpicamente en el mercado.
Janet Kalish es una de las primeras freeganas de Estados Unidos, y está encargada de la comunicación con los adherentes latinos y españoles a este movimiento para el sitio que funciona de Google para esta tribu, la web Freegan.info. Y le explica al NO: “El freeganismo es un movimiento tanto político como filosófico. No es sólo una forma de sobrevivir de una forma menos costosa. No se trata de ahorrar dinero, sino de oponernos al sistema capitalista, la producción en masa y la idea de que todo está bien si los países crecen en términos productivos. Reconocemos que ese sistema es muy destructivo. No tiene sentido ignorar el aspecto más simple y obvio de la supervivencia: que todo lo que necesitamos, el agua, la tierra, la comida, el aire y los minerales, es finito. Sin embargo, este sistema produce de más, descarta de más y no atiende a la importancia de nuestros recursos. No es que si no cambiamos esto estaremos en crisis: ¡ya estamos en crisis! Mucha gente se acercó a nuestro grupo por intereses individuales, para no pagar por algo o ahorrar dinero. No estamos para eso. Por suerte, muchos entienden que no somos un club para asistir en cómo vivir más barato, sino que intentamos construir alternativas y darle valor a la gente para vivir con consideración por los otros, compartiendo, respetando y evitando de manera consciente el embrujo de las corporaciones”. Está clarísimo, ¿no?
La tercera parte de la comida producida en el mundo es desperdiciada en diferentes instancias: desde lo que los productores tiran por no poder almacenar hasta la media milanesa que descartaste anoche porque estabas lleno, pasando por el excedente entre las cantidades asquerosas que los supermercados compran a los proveedores para conseguir mejores precios y lo que efectivamente pueden vender. En Estados Unidos pasa con la mitad de la comida producida, según el Food Production Daily. En el marco de este sistema en crisis, aprovechar lo que a otro le sobra parece una sencilla solución. Aunque quizá no sea nuevo; ha habido quien almuerza la basura ajena desde los primeros días de la humanidad, y mucho antes en el reino animal. Pero el diferencial de los freeganos es que lo hacen también como una expresión filosófica: por qué generar más basura, por qué pagarles a grandes empresas con gerentes que seguirán dándose banquetes, por qué seguir aportando a un sistema que nos educa en que nos da beneficios, cuando las necesidades humanas pueden ser paliadas de múltiples maneras alternativas. Algunas de esas preguntas se hacen. Y otras también, porque dentro del paradigma freegan también está el uso de tecnologías obsoletas, la reparación de vehículos, de artículos electrónicos y herramientas, el reciclaje de papel. Si algo no se consigue, no importa; todo se comparte.
Janet niega que esto pueda entrar en conflicto con las necesidades de la gente sin techo o de los cartoneros en ciudades como Buenos Aires. “Mirá, en Nueva York, e imagino que en Buenos Aires también, tenemos una cantidad asombrosa de basura. Desafortunadamente, hay desechos para todos: para los pobres, los freeganos y los que reciclan objetos para luego venderlos. Con lo que desechan los supermercados, simplemente con eso, podemos comer los pobres y los freeganos. Aunque tampoco queremos hacer una distinción entre unos y otros, porque así como muchos se hacen freeganos por elección, otros son gente que no tiene los medios para conseguir comida y que forjó un pensamiento crítico sobre el sistema a partir de esa imposibilidad.”
El movimiento surgió, en verdad, de jóvenes de clase media interpelados por el espíritu del hacelo vos, por el jipismo y, ciertamente, por el estado económico de las cosas en los países de aquel “primer mundo” que viene haciendo malas campañas y ya quedó en zona de promoción. Y en su construcción dieron un lugar fundamental no sólo al ahorro de dinero sino al del tiempo: el que se deja de perder cuando se logra correrse de la lógica de consumo desvergonzado del capitalismo contemporáneo; “compra y tira, compra y tira”. Mucho más allá de la mera aventura de toparse con un Family Game todavía funcional o medio sánguche en buen estado, el freegano apunta a la conformación de comunidades autosuficientes, sustentables y ecológicas, capaces de regenerar los recursos y compartirlos libremente. De hecho, los freeganos tienen un sistema internacional de organización a través de sitios como freegan.info y en algunas ciudades hasta utilizan herramientas web como MeetUp para organizar sus salidas de shopping.
La pregunta, en última instancia, es qué dispositivo ético determina que un renunciante de la clase media tenga el mismo derecho que un desposeído de todo a quedarse con esa campera, o que no lo tenga, o que no deba. Como antecedente está lo que ocurrió con el Ejército de Salvación y el Parque Centenario luego de 2001: con lo vintage como moda y el reciclaje para la decoración doméstica como tendencia, personas con la capacidad económica de conseguir ropa y muebles en otro sitio aumentaron la demanda de bienes que los menos agraciados de billetera no podían conseguir de otro modo. Las productoras de televisión más pudientes, al vaciar los percheros del Salvation Army local, dejaron sin vestido a los sin techo. Propongamos una exageración (viva la exageración) en forma de titular catástrofe: “Ahora los niños pobres no tienen juguetes porque los niños ricos prefieren los retro”. Y así, existe todo un entramado de argumentos dudosos sobre la viabilidad de una cultura social basada en los puntos programáticos del freeganismo en un país en el que no existe la costumbre ni la tendencia de hacer bien algo tan sencillo como una fila para tomar un colectivo, joder.

NO TIRA NADA

El otro gran exponente de la tendencia tuvo origen local de la mano de Ariel Rodríguez Bosio, militante de la alimentación sana y responsable, la salud ambiental, economía viva, veganismo y otras experiencias de vida en armonía. Frente a una nueva mudanza, en el verano de 2012, se encontró con que tenía todavía un montón de cosas embaladas de un anterior cambio de hogar. Y se avivó: “Tenía una campera de cuero que no había vuelto a usar y en algún lugar había alguien con frío. Eso me despertó la idea de este modelo de las gratiferias”, explica sobre una creación que ya tuvo réplica en todas las provincias, en todos los países de América latina y hasta en territorios europeos. Se trata de reuniones en las que uno se desprende de objetos (desde casetes a revistas, desde coladores a bajos eléctricos) que ya no necesita y los cede “a la comunidad”. Algún miembro de la comunidad, si lo necesita, puede llevárselo del encuentro, no importa que haya dejado algo, no existe en las gratiferias el concepto de la reciprocidad, no es un club del trueque. “Toda la vida fui anticonsumo y decidí desapegarme de cosas que no necesitaba y crear algo que pudiera seguir girando, y me di cuenta de que podía ser un modelo nuevo de confianza y no especulación.”
La respuesta inmediata es sencilla. Y en verdad, es una pregunta: ¿qué pasa si alguien se quiere llevar todo lo que hay en una gratiferia? “Yo me sitúo en un ánimo altruista, pero entiendo que a las gratiferias pueden acercarse manos situadas en el egoísmo o en el oportunismo del ‘me llevo todo’. Apelo a que el que participa haga un enroque eficiente. Es decir, tengo una campera sin uso y hay alguien que tiene frío. En todo caso, creo que si alguien se lleva algo que no necesita, puede llegar a devolverlo a la gratiferia en algún otro encuentro”, explica Rodríguez Bosio. Porque, claro está, las gratiferias son encuentros seriales e itinerantes. Todo comenzó en su departamento, pasó a casas amigas, las calles y plazas de los barrios del conurbano, de la capital y desde allí hasta Europa. “Me contaron que la semana pasada se hizo la primera gratiferia en Bélgica”, le cuenta, altruistamente contento, este joven activista al suplemento NO.
“Desde la organización, tenemos una conducta. Llevamos muchas cosas, somos los que más llevamos cosas que tienen que estar en el mejor estado, y guardamos todo lo que sobra, lo que nadie se lleva, para la próxima. Y en las gratiferias también hay actividades deportivas, culturales, talleres y servicios que hacen de ellas encuentros sociales. A la vez, es un intento de agitar el espíritu comunitario en los barrios”, explica. La participación de una gratiferia no está sujeta a ninguna condición: no hace falta anotarse ni llevar algo a una para participar. Por supuesto, no es condición, tampoco, el tener que llevarse algo. “No es un club del trueque, no es que tenés que dar algo para llevarte otra cosa”, distingue.
Ariel lleva adelante un grupo de sitios sobre estas temáticas. Entre ellos, en arcoirisuniversal.org publica la agenda de las gratiferias que vendrán. Otra vía de información y contacto es el grupo de las Gratiferias en Facebook. “Invito a todos a que vengan. Más allá de lo que puede ser a un nivel conceptual ideológico, lo interesante de la gratiferia es vivirla. Ojalá que en todos los barrios paquetes y en todas las villas se hagan gratiferias, para que todos podamos compartir. Porque podés hallar de todo en una gratiferia: bicicletas, bajos eléctricos, cámaras de fotos digitales, celulares, amplificadores... hasta hay uno que encontró novia.”
 
Fuente: Pagina/12

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