miércoles, 22 de agosto de 2012

LA ARGENTINA DEL 2001 Y LA CRISIS EUROPEA

Trazar un paralelismo entre lo que ocurre en la periferia europea y la situación previa al colapso de la convertibilidad argentina es casi inevitable. Sin embargo, las alternativas que tienen en el Viejo Continente son distintas. Qué hacer para no repetir la historia.
 
Producción: Tomás Lukin



Un problema político

Por Juan Matías De Lucchi *

Trazar un paralelismo entre la actual situación en la periferia europea y la situación previa al colapso de la convertibilidad argentina es casi inevitable por ciertas características comunes: desempleo, déficit en cuenta corriente, caída de los precios de los títulos públicos, déficit fiscal y conflictividad política y social. Sin embargo, la convertibilidad no sólo no tenía solución práctica, no tenía solución teórica, es decir, no tenía salida aun siendo rediseñada sobre otras bases conceptuales. El déficit crónico en cuenta corriente estaba asociado a un tipo de cambio real apreciado, el endeudamiento público externo era insostenible y los acreedores internacionales habían decidido racionar el crédito. En otras palabras, la Reserva Federal y el gobierno de los Estados Unidos no tenían ningún compromiso formal ni con el sistema financiero local ni con la administración fiscal argentina. A pesar de haber fomentado una economía bimonetaria, el régimen de convertibilidad no formaba parte de ningún tipo de unidad monetaria y fiscal con los Estados Unidos.
En cambio, las economías europeas son parte de una unidad monetaria común, aunque la administración fiscal continúa siendo a nivel nacional. Con lo cual, el Banco Central Europeo (BCE) que establece una política cambiaria uniforme se desentiende de las tasas de interés de los títulos públicos nacionales.
Para el enfoque convencional la causa de la crisis sería el déficit fiscal, que provoca una pérdida de confianza de los acreedores sobre la capacidad de los gobiernos periféricos para servir su deuda pública. No obstante, el déficit fiscal es en realidad endógeno al nivel de actividad de la economía y, por ende, está fuera del control administrativo. Más aún, si en el marco de una contracción de la demanda efectiva el gobierno intentase (como se intenta con los planes de austeridad) mantener contante o reducir el déficit fiscal, probablemente lo termine agravando por los efectos contractivos sobre la propia demanda efectiva. Por lo tanto, la “crisis fiscal” no es una causa, es una consecuencia.
La crisis europea está determinada por los desbalances en el comercio exterior intraeuropeo. Como sostienen los economistas Vernengo y Pérez Caldentey, entre 2000 y 2007, el costo laboral unitario en los países centrales europeos aumentó sólo 7 por ciento, mientras en la periferia un 24 por ciento. Este incremento del costo laboral unitario relativo, combinado a un régimen de cambio fijo, significó para la periferia una apreciación real del tipo de cambio y, consecuentemente, crónicos déficits en cuenta corriente (y endeudamiento público). Como no forma parte del diseño institucional, el BCE no se compromete a intervenir persistentemente en los mercados de bonos nacionales y empuja a la periferia a una encrucijada.
La Unión Europea tendría dos tipos de problemas, solucionables teóricamente. En el corto plazo, el BCE debería salir al rescate de los títulos públicos nacionales y debería avanzar hacia un rediseño financiero que establezca un mercado de eurobonos y, de esta forma, avanzar hacia una unificación fiscal europea. En el largo plazo, el centro periférico (Alemania) debería sacrificar su superávit en cuenta corriente para aumentar la demanda externa de las economías deficitarias y convertirse en la locomotora intrarregional. De esta manera, es razonable suponer que con tal coordinación las tasas de crecimiento de las economías europeas tenderían a converger y se tornaría sustentable la unificación monetaria y fiscal.
Sin embargo, lo que parecería ser un problema de diseño institucional es, en realidad, un problema político de envergadura y una puja de intereses sociales y nacionales. Por lo tanto, el “dilema” europeo puede ordenarse en dos niveles diferentes, que pueden parecer contradictorios, pero en realidad son complementarios. Desde un punto de vista analítico, la Zona Euro sólo tendría solución si se realiza una reconfiguración general. Ahora bien, desde un punto de vista político nacional (el dilema en las últimas elecciones griegas refleja esta idea), las necesidades nacionales no pueden depender de los intereses de las elites dominantes en los países centrales o del curso de los acontecimientos europeos en su integridad. No sería razonable que los desempleados griegos o españoles tengan que esperar necesariamente un cambio de orientación en Alemania. En este sentido, el plan A sería una Europa “heterodoxa” que contemple un fisco supranacional. Pero el plan B debe estar a disposición de la autodeterminación de las naciones: volver a una moneda nacional y establecer una política cambiaria competitiva.
 
* Investigador Económico Cefidar.


Buscar el bienestar

Por Guillermo Bellingi *

A los titulares de los diarios europeos de 2012, si uno reemplaza con Argentina donde dice Italia, España, Grecia, Portugal, se los puede confundir con los titulares de los diarios argentinos de 2001. Por supuesto que hay diferencias en muchas cuestiones, pero hay características principales que se reproducen exactamente. Las causas se parecen. La renuncia a la moneda propia en el caso de la Unión Europea llevó a que países de productividad, competitividad y estructura productiva diversa quedaran unificados en moneda, pero no en políticas, lo cual además reforzó la división interna del trabajo y las estructuras productivas. Como Argentina con su moneda fuerte, eso pudo sostenerse con un tremendo crecimiento del endeudamiento, principalmente de los soberanos. En un contexto internacional dominado por las tasas bajas, como ocurre desde hace ya siete años, el cóctel fue fácil de armar.
La situación se agrava por la especulación financiera que la empeora de modo exponencial al explotar la burbuja que ella misma creó. La caída del empleo, del producto, el acrecentamiento de la deuda pública, de los intereses que por ella se pagan, es decir, los problemas se parecen. Además de la deuda soberana es muy alta la deuda privada en la “periferia” europea, cuyo caso emblemático es España, cuya relación deuda pública sobre PIB es 80 por ciento y 300 por ciento el indicador deuda privada sobre PIB (y como éstos no pueden pagar lo hacen endeudar al Estado, así los acreedores del “centro” cobran). Y lo peor para la situación social es que las propuestas de solución se parecen también. Rescate financiero, búsqueda de generación de confianza, reducción del gasto público, privatizaciones de empresas públicas, postergación de la edad jubilatoria, flexibilización para despidos, socialización de pérdidas privadas, reducciones de salarios son las recomendaciones del manual que organismos internacionales y multilaterales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo y los presidentes de varios países repiten ya sin mirar hacia dónde los llevan.
Alguien puede aun inocentemente preguntarse cómo es posible que sigan en esa cerrazón o, peor todavía, alguien puede mirar y criticar las políticas económicas de Argentina 2003-2012 pensando que si los cerebros económicos del Primer Mundo aplican recetas ortodoxas, nosotros vamos a estrellarnos mientras Europa se recuperará. Pues hay una explicación, no se trata de cerrazón ni de equivocación, las políticas económicas que la Zona Euro lleva adelante generan importantes ganancias. De eso se trata, no hay torpeza ni errores, sino razón pura: las recetas del manual brindan enormes beneficios a un grupo relativamente reducido de personas que son, casualmente... las que definen las políticas a implementar. Y son acompañados por decisores que no tienen coraje, que también se benefician o bien que compran con plata ajena esos discursos desde cómodas instalaciones, donde pueden incluso llorar para la prensa.
Un pequeñísimo movimiento de tasas, una alteración en la calificación de la deuda soberana, un cero en un balance, una privatización a manos conocidas (que mañana le dará empleo como gerente o asesor estrella), hasta un anuncio de algo que jamás va a pasar son suficientes para generar miles de millones de euros para unos pocos y lo hemos visto. Desde Enron hasta Barclays, pasando por Lehman Brothers y Bankia. Los anuncios de salvataje financiero, de billones de euros o dólares que serán aportados, son útiles para mover unas décimas algunas cotizaciones y con ello aportar beneficios millonarios para pocos.
Téngase una idea de lo que estamos hablando: la suma de la deuda soberana de la zona del euro, que equivale a 90 por ciento de su PBI, es de 8,5 billones de euros. Mientras tanto el desempleo sube, los gastos sociales se achican, los pueblos protestan y la demanda efectiva: esa gente que genera empleo, producción e inversiones se ven obligados a reducir sus presupuestos y así se realimenta la crisis.
La enseñanza de economía suele comenzar explicando que hay una “parte real” y otra “parte financiera”. Evidentemente, aquello que se presente como oposición a la parte real es, definitivamente, irreal. No hay ejemplos válidos para pensar que la recuperación de la confianza de los especuladores permitirá mejorar la situación del endeudamiento para que así retornen las inversiones y crezcan el empleo, el producto y el bienestar. Los factores causales están invertidos: hay que regenerar la demanda con políticas expansivas, que generen empleo y amplíen el consumo y la inversión en producción, que reaccionará al encontrar demandantes con efectivo. Como en el cuento del santiagueño tirado a la sombra del árbol mientras pastan sus animalitos, hay que empezar por las políticas que generan bienestar, de eso se trata la Economía.
 
* Economista del Centro de Investigación en Economía Política y Comunicación (Ciepyc). Facultad de Periodismo y Comunicación Social. UNLP
 
Fuente: Pagina/12

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