jueves, 2 de agosto de 2012

EN BUSCA DEL PECADO CONCEBIDO

Entrevista a Isabella Cosse. Investigadora del Conicet. La historiadora discute la idea de que en los ’60 hubo una revolución sexual en Argentina.

Por Exequiel Siddig       


Se trata de saber si a fines de los ’60 hubo una revolución sexual también en Argentina. Porque mientras que en Estados Unidos el flower power gozaba de orgullo y recitales ácidos -como en Woodstock-, en el país de la Oda al ganado y las mieses había una cruzada moralista galvanizada por el Onganiato. Es decir que se trata de saber si la tan mentada revolución fue un cambio de paradigma en las relaciones entre hombres y mujeres, entre padres e hijos, cuando la pauta heterosexual siguió vigente y el índice de matrimonios tuvo un pico de rating.
Pareja, Sexualidad y Familia en los años sesenta, de la historiadora Isabella Cosse, vuelve tras los pasos de la década que el Indio Solari describió como “tres putos años nomás”. La investigadora del Conicet (se trata de su tesis de doctorado en la UdeSA) indaga en la semiosis de lo que llama una “revolución discreta” tanto en las revistas del nuevo periodismo como en las femeninas, tanto en los manuales de sexología y crianza como en la influencia del pediatra Florencio Escardó y la psicóloga Eva Giberti; en encíclicas, leyes y memoirs de quienes vivieron el idilio de la Era de Acuario.
“Originalmente, mi interés era estudiar cómo, en un país cuya diversidad fue una constante histórica desde su propia conformación, fue posible -en los años ’40 y ’50- la emergencia de un modelo de domesticidad tan hegemónico y excluyente de la heterogeneidad familiar”, apunta Cosse.
–¿Cuál era ese “modelo de domesticidad”? ¿Acaso tenía que ver con el modelo de los inmigrantes europeos?
–Efectivamente, el modelo de domesticidad es centralmente homogéneo, unidimensional, excluyente. Es un modelo que está imbuído por la pauta heterosexual, el matrimonio indisoluble, la división muy tajante de roles –la mujer ama de casa, el varón proveedor- que involucra un centramiento afectivo, la vida en casa y el control de los nacimientos. El matrimonio armónico donde la mujer cose y el hombre lee el periódico. Hablamos de modelo en tanto se convirtió en un rasero para medir lo correcto, para establecer los estándares adecuados y convenientes.
–¿Qué define la revolución sexual (RS) en los ’60?
–La RS fue variando de acuerdo a los actores y el momento en que se enuncia. La RS podía ser el eje de una liberación social y no sólo personal. La RS podría ser una nueva forma de concebir el sexo en términos del tipo de placer: la píldora anticonceptiva otorgó a las mujeres la posibilidad de escindir la reproducción del sexo; el descubrimiento del clítoris amplía la gama de placer femenino. Podríamos decir que el feminismo es parte, demandando igualdad entre varones y mujeres. Paradójicamente, el discurso de la izquierda de la época era que la RS es un efecto importado del imperialismo, un gesto pequeñoburgués que redoblaba nuestra dependencia cultural.
–¿La revolución sexual (RS) en Argentina no existió?
–No existió una sola RS, sino que existieron múltiples fisuras que se produjeron con distintas significaciones y envergaduras con diferentes actores y momentos. El ejemplo más claro es la habilitación del sexo por fuera del matrimonio. En nuestros países emergen tres patrones que conviven. Por un lado, la legitimación del sexo como prueba para el matrimonio, lo que involucraba a la sexualidad como ingrediente indispensable para la armonía y la felicidad de una pareja. La segunda entronca con la tradición romántica más antigua que dice que basta el amor para tener sexo, que el amor lo justifica todo. El tercer patrón es el permiso para que el sexo se integre al cortejo. A diferencia de los que sucede en Estados Unidos, en donde se valora el sexo unido al afecto, aquí pervive un doble patrón de moral sexual.
–Que todavía pervive.
–Sí. Para esto me ayudó mucho repasar la revista Rico Tipo. A fines de los años ’40 y principios de los ’50, la mutua estimulación, el franeleo, está instituido pero queda en los intersticios, no se enuncia que es practicado y se penaliza.
–Para la generación de los hombres que hoy tienen ’60 años estaba legitimada la cañita al aire sin escrúpulos.
–Esto es el nudo de la doble moral, es una diferenciación de la forma de entender la sexualidad de los varones y la de las mujeres decentes. Esta doble moral involucra una dimensión de clase. Hay mujeres que son trabajadoras sexuales, que no llegan a ser prostitutas, pero que por su posición social están fuera del mercado matrimonial de estos varones. El propio modelo les exige una rápida iniciación sexual y una vida sexual intensa, a diferencia de las posibles esposas, a las que se les exige llegar vírgenes al matrimonio.
–¿Qué implicaba la igualdad proclamada por el feminismo en torno a la fidelidad?
–La igualdad involucraba la posibilidad de que la mujer fuese infiel. El escándalo del affaire Profumo en Inglaterra generó tal escándalo que en Argentina fue el detonante de muchas discusiones. En una de las primeras encuestas que hace Primera Plana, se constata que un buen porcentaje de mujeres decía que los matrimonios duraban gracias a las infidelidades. La infidelidad femenina no era una cosa poco usual en los ’60. Además era tan aburrido ser ama de casa…
–Me recuerda el personaje de Julianne Moore en la película Las Horas, un ama de casa que se suicida.
–Ese es un buen relato para pensar las diferencias con Argentina. Moore encarna el modelo de la mujer doméstica por excelencia: recluida, dedicada a los hijos. Sin embargo, en Buenos Aires hay dos cosas que no suceden. Por un lado, el suburbio norteamericano. Hay un historiador argentino que dice que acá las mujeres siempre tenían tés y copetines, una vida social intensa en una urbe inmensa. Por el otro lado, las mujeres de la clase media argentina tenían la posibilidad de cierta ayuda con la empleada doméstica. Esto descomprimía mucho la situación de la ama de casa de la clase media.
–En este modelo hay una especie de abuso de clase. Era legítimo buscar a la mucama.
–Sí, y en buena medida tiene que ver con la propia conformación del modelo de domesticidad, que fue paralelo a la constitución de la clase media y le otorgó criterios de respetabilidad y decencia para diferenciarse de los sectores populares.

Fuente: Miradas al Sur.

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