lunes, 3 de agosto de 2009

ENRIQUE ANGELELLI, PASTOR Y PROFETA


A treinta y tres años de su muerte violenta, el alma de monseñor Enrique Angelelli, obispo de La Rioja y figura indiscutida de los sectores más progresistas de la Iglesia, podría al fin descansar en paz. La densa trama de silencios, omisiones y desvíos que envolvieron la investigación judicial y acallaron cualquier pregunta en la cúpula eclesiástica está cediendo, y reverdece la tesis que hasta ahora sólo sostenían los más fieles seguidores del monseñor y algunas organizaciones de derechos humanos: que el supuesto accidente automovilístico tras el que murió no fue tal, y que el obispo en verdad fue asesinado por la dictadura. Hasta la Iglesia se dispone a reconocerlo.


El 4 de agosto de 1976, en medio de una ola de ataques y amenazas contra Angelelli y sus seguidores y días después del crimen de dos de sus sacerdotes —Carlos Murias y Gabriel Longueville— y un laico muy cercano a él —Wenceslao Pedernera—, la camioneta Fiat multicargo en que el obispo viajaba por la ruta 38 desde Chamical hacia la ciudad de La Rioja junto al cura Arturo Pinto apareció volcada cerca del paraje Punta de los Llanos. Pinto logró sobrevivir.


Angelelli no: su cuerpo apareció extrañamente extendido en cruz sobre el asfalto boca arriba y con un fuerte golpe en la nuca, a unos 25 metros del vehículo.El informe de la Policía, base de la "historia oficial" que hoy está bajo sospecha, dice que Pinto manejaba y de repente se salió de la ruta, volanteó para retomarla, una de las cubiertas se reventó y la camioneta volcó dando varios tumbos. En uno de ellos, Angelelli se cayó y los golpes lo mataron. El juez de instrucción Rodolfo Vigo abrió y cerró una veloz investigación que aceptó esta teoría. Pero en 1986 otro expediente a cargo del juez Aldo Morales dio por probado el asesinato "fríamente premeditado y esperado por la víctima". Efectivamente, mucha gente le escuchó decir a Angelelli que, con el crimen de sus colaboradores, los militares iban dibujando círculos concéntricos a su alrededor. "Después me toca a mí", repetía.Morales se basó en el testimonio de Pinto, quien recordó que un auto blanco los perseguía y los encerró en la ruta, y en pericias según las cuales la camioneta estaba en buenas condiciones. Los imputados como autores intelectuales del asesinato eran el jefe del III Cuerpo del Ejército, general Luciano Benjamín Menéndez, y los jefes del Batallón de Ingenieros en Construcciones de La Rioja, coroneles Osvaldo Pérez Battaglia y Jorge Malagamba. También había civiles acusados de participar de la maniobra y encubrir el crimen. Pero tras una apelación la causa se desdobló, y la acusación contra los militares pasó a la órbita de la Cámara Federal de Córdoba. Allí se puso en duda la sentencia de Morales (aunque no se descartó un "accidente inducido") y tras la sanción de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final en 1990 se cerraron las actuaciones que imputaban a otros tres militares como autores inmediatos: el capitán José Carlos González, alias "Monseñor" y "Juan XXIII", y los sargentos Luis Manzanelli y Ramón Oscar Otero.Pero estos meandros judiciales fueron posibles gracias a una serie de descuidos y olvidos que, orquestados o no, permitieron borrar huellas, eliminar pruebas y manipular testimonios.En 1976, Mario Gorosito era enfermero en el hospital de Chamical. La tarde del 4 de agosto, el almuerzo le quedó en la garganta: la Policía había pedido una ambulancia para atender un accidente en la ruta. "Me llevó el chofer Antonio Giménez. El lugar estaba rodeado por policías y soldados de la Base Aérea de la zona, que cuando llegamos a unos 20 metros de distancia nos impidieron pasar. Lo veíamos a Angelelli tirado sobre una mancha de sangre y quisimos atenderlo, pero el suboficial Nelson Garnica, ayudante del comodoro Aguirre, nos dijo que no", recuerda hoy, sin advertir que su voz ofrece un dato llamativo: la cantidad de policías y militares que habían llegado al lugar antes que la ambulancia que debía atender a los posibles heridos."Nos fuimos con la camilla para donde estaba Pinto, a un costado de la ruta. En la ambulancia, él decía en un delirio 'el coche blanco, déjelo que nos pase', parecía que hablaba con monseñor", dice Gorosito. "Volvimos al hospital a eso de las cuatro de la tarde. El médico Osvaldo Benegas atendió al herido, y nos dijeron que a Angelelli lo habían llevado a La Rioja para atenderlo".El ex sacerdote Julio Guzmán también llegó rápido al lugar del choque. "Con Francisco Solano Díaz fuimos los primeros curas en llegar. No nos dejaban pasar, pero tanto insistimos que al final nos dijeron que sí". Las piezas se movían rápido. Un rato más tarde, cerca de las cinco de la tarde, fue citado al lugar del choque el cirujano Enzo Herrera Páez, que horas después realizó la autopsia sobre el cuerpo de Angelelli. Herrera Páez, que llegó a ser diputado nacional por el radicalismo entre 1997 y 2001, recuerda aquel día: "Fuimos con el comisario inspector Carrizo en una ambulancia de la Policía. Angelelli ya estaba muerto, y lo trajimos a la Morgue Judicial. Allí el juez Vigo nos dijo que esperásemos para hacer la autopsia, porque el Derecho Canónico ponía impedimentos para tocar el cuerpo de un prelado. Después supe que hacía como 200 años que no se le hacía una autopsia a un miembro de la jerarquía eclesiástica".Solucionado el percance, el médico inició su trabajo junto al doctor Eldo Neffen y el médico forense de la Justicia Alberto Guchea. "Había varias monjitas y estaba el cura Pelanda López, que era el capellán militar. Comenzamos pasada la medianoche y terminamos a las cinco de la mañana", recuerda Herrera.


"Angelelli tenía escoriaciones en la cabeza, los dedos deteriorados, tres costillas rotas de un lado y siete del otro. Había perdido mucha sangre. El hueso occipital, que sobresale de la parte de atrás de la cabeza, tenía una fractura con forma de estrella". Esta fractura originó la versión de que Angelelli había sido golpeado con un objeto contundente tras el choque. Herrera Páez se incomoda ante esa tesis: "Puede ser", admite. "Pero ese golpe coincidía con el informe policial del accidente". La historia oficial se cerraba sobre sí misma.Una de las personas clave en el sinuoso trayecto de la investigación es Alillo Ortiz, un ex sacerdote que era secretario privado del obispo y cuyos ojos vieron aparecer y desaparecer pruebas preciosas para la causa. "Cuando nos enteramos de la muerte de monseñor llamé al Episcopado y a la Nunciatura en Buenos Aires para avisarles", recuerda. "Cuando el juez liberó la camioneta la recibí yo. Le pedimos al mecánico Chichí Baldo que le hiciera una pericia, y él constató que tenía los frenos, la dirección y el volante en perfecto estado, y la chapa no tenía tiros".Ortiz pone en duda otra de las patas de la historia oficial: "Se dijo que la explosión que escuchó Pinto era el reventón de un neumático. Pero pudo haber sido un balazo que haya roto el parabrisas, porque los vidrios aparecieron esparcidos antes del lugar en el que quedó la camioneta". Para su ex secretario, Angelelli murió tras "un accidente que fue provocado. Y el golpe que le dieron en la nuca fue como el tiro de gracia. Hay que ver el clima que rodeó su muerte. Anque él nunca habló mal del Episcopado, una vez casi llorando nos confesó que no encontraba eco en ellos".El ex sacerdote recordó también que el juez Vigo le entregó al Obispado la valija que Angelelli llevaba en la camioneta. "Y sólo un tiempo después nos dio dos de las tres carpetas que monseñor llevaba cuando murió, con anotaciones sobre los asesinatos de los curas Murias y Longueville. Muchos de esos papeles tenían palabras subrayadas con lápiz, y se lo dije a monseñor Cándido Rubiolo, reemplazante provisorio de Angelelli. El me ordenó hacer informes de todo para enviarlos a Roma".


La Iglesia por la que Angelelli dio la vida tuvo su parte en el descuido y la pérdida de pruebas vitales para indagar su posible crimen. Aunque suene increíble, en 1977 el obispado riojano decidió desprenderse de la camioneta en la que había chocado el obispo. Se la entregó al agente local de Citroën Juan Angel Barrera, que la tomó como parte de pago de otro vehículo y ese mismo año se la vendió al fotógrafo Néstor Pantaleo, que en 1978 la vendió en la ciudad de Famatina. Ahí se pierde su pista.Otro gran misterio en estos años fue saber dónde estaban las carpetas que el monseñor llevaba encima cuando chocó. Pues bien, se pudo establecer que dos de ellas fueron entregadas por el juez Vigo al obispado de La Rioja en 1977, se cree que después de haber pasado por las manos del general Menéndez y el ministro del Interior Albano Harguindeguy. La tercera también llegó ahí, a través de monseñor Vicente Zaspe. En 1980, y sin saber qué hacer con ellas, las confiaron a un estrecho colaborador de Angelelli, que las conservó hasta hoy. Las notas, incluyen frases inquietantes como "complicidad del Episcopado".Pero eso no es todo: dos fuentes que participaron de las sucesivas investigaciones judiciales y un sacerdote que pidieron no ser identificados confirmaron que el fallecido arzobispo de Córdoba Raúl Primatesta visitaba los tribunales pidiendo que "se dejen de joder con el crimen, si eso fue un accidente".Pero así como los tiempos cambiaron y la Iglesia es otra, los tribunales también despertaron. Tras la anulación de las leyes del perdón la causa fue reabierta y ahora se tramita en el Juzgado Federal de La Rioja, en manos del juez subrogante Franco Grassi. El fiscal riojano Horacio Salman todavía no estudió el expediente, al que se agregaron unas carpetas halladas en recientes allanamientos a la delegación local de la Policía Federal, la base de la Fuerza Aérea en Chamical, la cárcel local, dependencias de la Gendarmería y en la D2 de inteligencia de la Policía provincial. Salman y los fiscales cordobeses Alberto Lozada y Graciela López de Filoñuk, que trabajan en equipo, están concentrados ahora en los crímenes de un colimba, Nicolás Villafañe, y del laico Pedernera. Luego estudiarán los asesinatos de Murias y Longueville, y sólo entonces el de Angelelli.Salman piensa rastrear la camioneta y hacerle nuevas pericias, y espera que cuando comience a imputar sospechosos los testigos vayan a declarar para incriminarlos. No le será fácil: Pérez Battaglia, Malagamba, el comodoro Lázaro Aguirre —jefe de la Base Aérea Chamical—, su segundo, el vicecomodoro Estrella, y el sargento González están muertos.

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