viernes, 14 de agosto de 2009

NO SOS: TE SENTIS ¿O TE HACES?


Estudios sobre la "pobreza subjetiva"


Siete de cada diez argentinos se sienten pobres, a pesar del INDECLos poco más de 1.000 pesos que, según el INDEC, necesita una familia tipo en la Argentina para no ser pobre tienen poco que ver con la percepción de la gente. Según estudios privados con datos para el primer semestre del año, siete de cada diez argentinos se sienten pobres, más allá de lo que digan las estadísticas oficiales. La inflación real, que subsiste en un piso del 15% anual, y la suba de servicios como la educación y la salud, que inciden mucho sobre la sensación de las familias en cuanto a su capacidad de consumo, explican el fenómeno."La percepción de pobreza (Pobreza Subjetiva) al primer semestre de 2009 fue de 70,8%", precisa la economista Victoria Giarrizzo, profesora de la UBA y directora del CERX, la consultora que realizó el relevamiento que fue adelantado a Clarín. Y agrega: "Pero lo que más llama la atención es que subió notablemente en este semestre la Línea de Pobreza Subjetiva (LPS): el 37,3% de la gente está diciendo que con sus ingresos mensuales no cubre sus necesidades básicas de subsistencia (lejos del 15% de pobreza que dice el gobierno)".Los trabajos sobre "pobreza subjetiva" tienen ya una tradición en los Estados Unidos y Europa, pero son relativamente recientes en la Argentina. La percepción de esta condición es una variable clave para moldear expectativas, ya que quienes se sienten pobres actúan como tales, caen en el desánimo y tienden a ver una perspectiva sombría a futuro.(Diario Clarín 07/08/09)(APe).- Estamos en la democracia de las sensaciones.


Quizá podríamos decir que las sensaciones que no afecten la moral pública ni arrasen con las leyes vigentes, están exentas de las autoridades de los magistrados. Casi de la misma forma que está exento de la autoridad de los magistrados el policía liberado en Rosario luego de llevarse sin el menor riesgo personal, varios miles de pesos de una infortunada contribuyente.


De todos modos, es bueno aclarar que no es lo mismo una sensación, una acción o una alucinación. El ministro Aníbal Fernández aclaró, no me acuerdo en qué oportunidad, que no había aumentado la inseguridad, pero sí la sensación de inseguridad. Me pareció mucho más grave. Por sensaciones penosas, por celos mal reprimidos, como los de Otelo y el Julián de La Verbena de la Paloma, los mayores desastres llegan con muchísima más rapidez que la ambulancia de PAMI. Se dirá que no es mérito alguno, pero no se me ocurrió otra comparación. Una sensación, una vivencia, un sentimiento, pueden, y frecuentemente lo hacen, alterar el sentido de la realidad. Pero, para desgracia propia, la realidad tiene más de un sentido. Estar fuera de la realidad es grave, pero estar solamente dentro de la realidad, puede ser más grave todavía. Estamos capacitados solamente para detectar graves alteraciones de la realidad. En ese caso estamos frente a una persona psicótica, un general majestuoso, un gobernante evaluando un resultado electoral, o alguien que le sigue creyendo al indec. La enumeración no es exhaustiva, naturalmente. En las guardias médicas de antaño circulaba un chiste: un hombre tomaba un alka seltzer y se masturbaba. Muy alegre decía: esto es vida: champán y mujeres. Con la clase media pasa algo parecido. Se masturbó tanto con el consumo que llegó a tener sensaciones de clase alta. Confundió (no es para menos, por algo está en el medio) gordura con hinchazón, aserrín con pan rallado, deudas con efectivo. Los ideales burgueses han calado hondo y profundo en la clase trabajadora, y la aspiración a ser menos proletario y más propietario sigue vigente. Y no digo solamente propietario de la casita, lo que tiene utilidad para no tener que volver a la casita de los viejos, lo que sin dudarlo es un bajón. Digo propietario individual de la mayor cantidad de bienes posibles.


Incluso los necesarios. Propietario incluso de los hijos, disputados como mercancía propia en interminables juicios de divorcio. Propietario de celulares, zapatillas carísimas, computadoras personales, ropa impersonal, etc. El consumismo, ese delirio donde solamente se consume consumo, es la contracara del crimen del hambre, la falta de educación, la escasez de cloacas, agua potable, saneamiento ambiental. Incluso bosques, como las compañeras wichis han tenido que denunciar en la orgullosa ciudad de los Buenos Desaires. La denominada Pobreza Subjetiva es la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser. Las necesidades básicas siguen estando insatisfechas para millones de personas, pero para un número igualmente importante de otras personas, las necesidades no básicas no pueden no estar satisfechas, porque entonces el resultado no es la carencia sino la depresión. Además pobreza subjetiva no es lo mismo que una subjetividad empobrecida. El capitalismo financiero, el capitalismo del “deme dos”, de las tarjetas de crédito con ofertas para idiotas, es también, una forma de ser que cada vez tiene menos privilegios. Y la pérdida de los privilegios, y no solamente los jubilatorios, hace sufrir. Subjetividad empobrecida que ha desterrado toda forma de solidaridad que no sea por débito automático. La talentosa cantante que descubre que una tarjeta bancaria es la que “le da cada día más” no es solamente la marca de una decadencia ética y artística, sino la confirmación que el consumir genera la alucinación del tener. La pobreza objetiva es un dato de la percepción: se mira, se toca, se huele, se palpa. Cualquiera se da cuenta, sin necesidad de expertos de consultoras. Ahí sí que podemos decir: es lo que hay. Nada para escandalizar.


Más acá que “el escándalo es la cara visible de la hipocresía”. Lo que debería escandalizar en todo caso, ni siquiera es la pobreza. El absoluto escándalo es la riqueza, o sea, la apropiación absoluta del trabajo de miles de millones de trabajadores. Por eso es más empático hablar de pobres que de super explotados. Frente a la barbarie de la miseria y la exclusión social, ya que de eso se trata, y no sólo de pobreza, algo más profundo se abre paso. Una visceral indignación y el caldo de cultivo del odio más digno que cualquier sujeto debe tener: el odio a los asesinos de la vida. Pero la clase media y la clase trabajadora ganada por el discurso del consumismo, no lucha. Negocia. Del piquete a la paritaria. La Ce Ge Té es un Ta Te Ti de gordos. Hablar de aristocracia proletaria quizá suene como el tañido de viejas campanas. Sin embargo, la necesidad de expropiar a la clase trabajadora de su “conciencia-inconciencia de clase”, es vital para que el capitalismo se ría (de nosotros, naturalmente) mientras el neoliberalismo llore (aunque por cierto con lágrimas de cocodrilo y cocodrila). Subjetividad empobrecida, no por falta de consumo, sino por falta de la conciencia de su propio fundante histórico y político. Clase trabajadora que ve en la clase media un espejo lejano, pero aún posible, aunque hasta el quini sea más seguro que el 82% móvil. Clase alta que ve en la clase media un espejo cercano, pero preferible al terror de una caída sin red en los laberintos de la exclusión. La clase media funciona como un biombo para esperanzar al pobre y para impedir el pánico del rico. No es lo mismo ser pobre que ser resentido por el consumo perdido. No es lo mismo ser pobre que rico contrariado. Quizá la tarea de la militancia popular es mostrar a los pobres subjetivos que su mayor fortaleza es conocer su pobreza objetiva y que su riqueza subjetiva es luchar por todo sin tener que implorar por nada.

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