viernes, 28 de agosto de 2009

LA POBREZA DESDE LA MIRADA DE LA RESILIENCIA


SALUD MENTAL Y POBREZA.


América -continente de contrastes- muestra diferencias de importancia en los planos geográfico, físico, económico, social y cultural. Sin embargo, un elemento que identifica a nuestros pueblos, es el elevado número de personas que aún vive en marcadas condiciones de pobreza y marginalidad, de los cuales, el grupo mayoritario está constituido por niños y niñas.


(...) Algunos autores señalan que muchas de las reacciones de los padres que viven en pobreza condicionan enormemente la calidad de vida de sus hijos. Si estas reacciones son punitivas, las relaciones padre-hijo se deterioran aumentado la probabilidad de que los niños desarrollen problemas socioemocionales, síntomas psicosomáticos, además de reducir sus aspiraciones y expectativas (Mc Loyd, 1989, en Garrett et. al., 1994). Existe el riesgo de que los padres reaccionen al estrés ambiental, exigiendo la obediencia permanente, confiando en el castigo físico, negando el afecto y fallando en dar respuestas a las necesidades de los niños. Además, la deprivación económica ha mostrado ir acompañada de aislamiento social y de conductas parentales caracterizadas por la negligencia y/o el abuso. Se ha constatado que a medida que decrecen los ingresos y/o nivel educacional, aumenta la violencia familiar. La presencia del hacinamiento también se relaciona con una mayor violencia física y psicológica (Larraín, 1995). (...)


RESILIENCIA: UNA NUEVA PERSPECTIVA.


(...) Durante mucho tiempo, en las distintas áreas de la ciencias humanas, la tendencia fue dar mayor énfasis a los estados patológicos. Por este motivo, las investigaciones se centraron en la descripción exhaustiva de las enfermedades y el intento de descubrir las causas que pudiesen explicar el surgimiento de una u otra patología mental. Sin embargo -a pesar de todos los esfuerzos realizados en esta línea- muchos interrogantes quedaron sin respuesta. Esto ha significado que la gran mayoría de los modelos teóricos desarrollados resultaran insuficientes para explicar el qué y el cómo de la enfermedad mental (Rutter y Hersov, 1985). Esto ha sido aún más evidente en los estudios de niños donde se ha tendido, además, a aplicar los parámetros utilizados en la investigación de la vida adulta. En los estudios sobre pobreza, esta tendencia no estuvo ausente. Investigaciones daban cuenta de la presencia de aspectos tales como: baja motivación de logro, resignación, conformismo, fatalismo, menor inteligencia, entre muchos otros; los cuales se transmitían intergeneracionalmente y explicaban cómo las personas se mantenían en condiciones de pobreza (Allen, 1970). Así, la pobreza dejaba de ser considerada como resultado de factores tales como la flojera, la irresponsabilidad, la apatía o el alcoholismo.


Esta mirada, aunque más científica, no significó terminar con la estigmatización de la pobreza. Es así como en los últimos años emerge una propuesta diferente, pero complementaria a las anteriores, denominada resiliencia. El enfoque de la resiliencia parte de la premisa que nacer en la pobreza, así como vivir en un ambiente psicológicamente insano, son condiciones de alto riesgo para la salud física y mental de las personas. Más que centrarse en los circuitos que mantienen esta situación, la resiliencia se preocupa de observar aquellas condiciones que posibilitan abrirse a un desarrollo más sano y positivo. El concepto resiliencia ha sido entendido de diferentes formas. En su definición Vanistendael (1994) distingue dos componentes: la resistencia frente a la destrucción, esto es, la capacidad de proteger la propia integridad bajo presión; y, más allá de la resistencia, la capacidad para construir un conductismo vital positivo pese a circunstancias difíciles.


Capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas e, inclusive, ser transformados por ellas (Grotberg, 1995).


Este concepto se entrelaza con términos tales como los de vulnerabilidad, riesgo y mecanismos protectores, entre otros. Michael Rutter (1992) ha caracterizado a la resiliencia como un conjunto de procesos sociales e intrapsíquicos que posibilitan tener una vida "sana" viviendo en un medio "insano". Estos procesos tendrían lugar a través del tiempo, dando afortunadas combinaciones de los atributos del niño con su ambiente familiar, social y cultural.

Es así que la resiliencia no puede ser pensada como un atributo con que los niños nacen ni que los niños la adquieran durante su desarrollo, sino que se trataría de un proceso que caracteriza a un complejo sistema social en un momento determinado del tiempo.La resiliencia es el resultado de una interacción entre el niño y su ambiente. Es importante destacar que la conducta resiliente no es estable en el tiempo ni tampoco lo es a través de los contextos sociales y/o culturales. Resulta necesario distinguir los variados factores que entran en juego en el proceso de crecimiento y desarrollo de los niños, como una forma de diferenciar entre aquellos que actúan a favor de la resiliencia o bien de la vulnerabilidad. Las bases de la resiliencia son tanto constitucionales como ambientales y el grado en que este comportamiento se manifiesta está sujeto a la edad, el contexto y a otras variables como el sexo (Rutter, 1993). (...)


La resiliencia significa una combinación de factores que permiten a un niño, a un ser humano, afrontar y superar los problemas y adversidades de la vida, y construir sobre ellos (Suárez Ojeda, 1995).


FACTORES PROTECTORES

En la base de la resiliencia existen ciertos procesos y/o mecanismos amortiguadores o moderadores del estrés que contrarrestan el riesgo. Masten y Garmezy (1985) agruparon algunas variables que según sus observaciones, operarían como factores protectores: a) rasgos de personalidad tales como autonomía, autoestima y orientación social positiva; b) cohesión familiar, calidez y ausencia de conflictos graves; c) disponibilidad de sistemas de apoyo externo que refuercen y alienten los esfuerzos de enfrentamiento del niño.


Sin embargo, Rutter (1990) advierte que esta clasificación no difiere en gran medida de las concepciones sobre riesgo, puesto que estos factores no son más que antónimos de las variables de riesgo. Por otra parte, señala que, si queremos encontrar nuevas aproximaciones a la prevención, debemos focalizar nuestra búsqueda más en los mecanismos y procesos protectores que en las variables y factores. Esto significa que, más que observar la presencia o ausencia de autoestima en una persona, debiéramos entender cómo esta característica opera en situaciones de adversidad, para favorecer así un enfrentamiento positivo del problema. Diversas investigaciones dan cuenta de una serie de características descritas como factores protectores. Ahora bien, más allá de consignar el hecho de que estas características están presentes, es importante atender cómo estos atributos operan en la respuesta de las personas frente a una situación de riesgo, haciendo que éstas incrementen sus posibilidades de éxito. Estos factores son: (Kotliarenco y Dueñas, 1992).


Factores personales:

Características temperamentales.


-mayor C. I. verbal y matemático;
- mayor tendencia al acercamiento;

- humor más positivo;

- ritmicidad biológica estable (control de esfínteres, patrones de sueño y alimentación).


Características cognitivas y afectivas:

- mayor empatía;

- mayor autoestima;

- mayor motivación al logro;

- mayor sentimiento de autosuficiencia;

- menor tendencia a sentimientos de desesperanza;

- mayor autonomía e independencia.

- habilidades de enfrentamiento caracterizadas por: orientación hacia las tareas, mayor actividad dirigida a la resolución de problemas, mejor manejo económico, menor tendencia evitar problemas y menor (no sería mayor?) tendencia al fatalismo en situaciones difíciles.

Factores psicosociales de la familia:


- ambiente cálido;
- existencia de madres o sustitutas de apoyo;

- comunicación abierta al interior de la familia;

- estructura familiar sin disfuncionalidades importantes;

- padres estimuladores;

- buenas relaciones con los pares;

- mayor apoyo social (emocional, material, informativo, entrega de valores) (Vanistendael et. al.,1991).

Factores socioculturales:


- sistema de creencias y valores
- sistema de relaciones sociales (espacios privados y públicos)

- sistema político-económico

- sistema educativo

-pautas de crianza

Autores como Garmezy, Masten y Tellegen (1984) sostienen que los factores protectores operan a través de tres mecanismos que son: el desafío, lo compensatorio y la inmunización.


Estos no son excluyentes entre sí y pueden actuar conjuntamente o bien manifestarse en distintas etapas del desarrollo. En el modelo del desafío, el estrés es visualizado como un estímulo para actuar con mayor competencia. En el modelo compensatorio, los factores de estrés y los atributos individuales actúan combinadamente en la predicción de una consecuencia, y el estrés potencial puede ser contrapesado por cualidades personales o por alguna fuente de apoyo. Finalmente, en el modelo de la inmunidad existe una relación condicional entre los estresores y los factores protectores, en la que estos últimos modulan el impacto del estresor, aun cuando éste ya no está presente. Al igual que en el modelo de Garmezy et. al. (1984), en la concepción de Rutter el foco está puesto en la interacción que se produce entre las variables o factores del individuo y de su ambiente, que posibilitan un cambio en la trayectoria de riesgo hacia una adaptación positiva. Esta interacción puede ser clasificada como mecanismos, de acuerdo a los efectos que éstos tienen, tanto sobre el individuo como sobre la situación. Esta clasificación incluye: - Los que reducen el impacto del riesgo alterando el significado que tiene para el niño o modificando su participación en la situación de riesgo. - Los que reducen la probabilidad de reacciones negativas en cadena, resultantes de la exposición al riesgo y que sirven para perpetuar sus efectos. Por ejemplo, en un niño afectado por la muerte de sus padres que posteriormente sea bien acogido por padres sustitutos, es probable que las secuelas negativas de la experiencia sean menores que las de aquel que es abandonado en una institución.- Los que promueven la autoestima y la eficiencia.


De éstos, los más significativos parecen ser la presencia de relaciones personales armónicas y seguras y el éxito en la realización de tareas relevantes para el individuo. - Los que crean oportunidades. Por ejemplo, es probable que una madre adolescente que continúe estudiando o reciba una capacitación laboral, tenga mayores posibilidades de experiencias favorables.


Rutter concluye que la protección no radica en los fenómenos psicológicos del momento, sino en cómo las personas enfrentan los cambios de la vida y lo que hacen respecto a esas circunstancias estresantes o desventajosas. Es necesario prestar atención especial a los mecanismos fundamentales de los procesos de desarrollo que incrementan la capacidad de las personas para enfrentar eficazmente el estrés y las adversidades futuras, la que les permitirá superar las secuelas de riesgos psicosociales pasados.


La resiliencia es un proceso dinámico que tiene por resultado la adaptación positiva en contextos de gran adversidad (Luthar y otros, 2000).


REFLEXIONES FINALES.

Si consideramos que una de las tareas pendientes para los países de nuestro continente es el enfrentamiento y la superación de la pobreza, es relevante dirigir nuestros esfuerzos hacia la comprensión de los mecanismos que actúan a nivel individual, familiar y comunitario que puedan traducirse a través del desarrollo e implementación de programas de acción y educativos, en el reforzamiento y reconocimiento de las fortalezas, más allá de la vulnerabilidad.El desarrollo del concepto de resiliencia nos ha mostrado una nueva dimensión en las personas; dice relación con una mirada que, a diferencia de las anteriores, resulta esperanzadora y optimista. Es así, como cada día se publican y aplican una mayor cantidad de programas orientados a analizar los comportamientos resilientes, presentes en algunos niños, adolescentes y adultos. Cabe destacar que, a pesar de la proliferación de investigaciones y aplicaciones prácticas, no podemos hablar de la resiliencia como un concepto unívoco y absoluto. Si bien entendemos a la resiliencia como una capacidad humana y universal que está presente en las distintas comunidades, razas y culturas; creemos que existen rasgos y características particulares de acuerdo a los diferentes contextos en que se manifiesta. (...)


Promover la resiliencia apunta a mejorar la calidad de vida de las personas a partir de sus propios significados, de los modos cómo perciben y enfrentan el mundo. Entonces nuestra primera tarea, es reconocer aquellas cualidades y fortalezas que han permitido a las personas enfrentar positivamente experiencias estresantes asociadas a la situación de pobreza.


Estimular una actitud resiliente implica potenciar estos atributos involucrando a todos los miembros de la comunidad en el desarrollo, la implementación y la evaluación de los programas de acción.

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