miércoles, 7 de julio de 2010

MACRI, EL MEJOR ALUMNO DE CACCIATORE





Mauricio admira políticas que fracasaron en los ’70 .


Por Eduardo Blaustein.

En algún punto del mapa porteño el Gobierno de la Ciudad sostiene todavía unas oficinas tristes dedicadas a intentar darle un cierre a una historia iniciada a mediados de los ’70. Esa historia tiene que ver con las apuestas más ambiciosas de la gestión del brigadier Cacciatore en tiempos de la dictadura. También con sus fracasos. Lo que se intenta desde esas oficinas es clausurar el capítulo abierto por la construcción de la autopista AU3, la que nunca se hizo pero terminó con demoliciones en masa y casas tomadas en Saavedra, Coghlan, Villa Urquiza. Más de 30 años después las sucesivas gestiones democráticas no pudieron cerrar el capítulo. Hoy Macri retoma la Gran Cacciatore: demuele viviendas para que nadie intruse.
Más de una vez Mauricio Macri reivindicó la gestión Cacciatore. Tiene absoluta razón en un punto: las políticas urbanísticas de Cacciatore implicaban una visión estratégica de la que carecieron (al menos en términos de logros de gestión) los siguientes gobiernos democráticos. Tuvieron además una escala de impacto formidable. Que esas estrategias urbanísticas se basaran en principios absolutamente reaccionarios o racistas, o que pudieran tener éxito por sostenerse en el aparato del Estado terrorista, esa es otra discusión que a Macri le interesa poco.
¿Qué es lo que de Cacciatore puede admirar Macri, que estudió ingeniería aunque vivió como gerente? El intento de construir un sistema eficiente de autopistas de modo de hacer funcionar a la ciudad capitalista, revalorizando de paso determinados territorios urbanos. Una política radical, de largo plazo y socialmente excluyente, acerca del uso del suelo y del espacio público. El plan sistemático de erradicación de villas que terminó con la expulsión de 200 mil personas echadas más allá de la General Paz. A esas 200 mil se sumaron las 100 mil desterradas de sus hogares por el descongelamiento de los alquileres o desterradas de casas tomadas, hoteles e inquilinatos.
Lo que Macri no es capaz de ver es la parte del fracaso: dado un conjunto dinámico de lógicas económicas, sociales y demográficas, las villas porteñas volvieron a poblarse a un nivel similar al existente antes del golpe del ’76. No es que ese fenómeno demográfico y habitacional carezca de racionalidad. Pero hay ciertas racionalidades ante las cuales el Estado, particularmente el Estado derruido tras los ciclos neoliberales, es impotente. Lo decía muy bien Ted Córdova Claure, un viejo analista boliviano, en relación con otro asunto emparentado: “¿Cómo hacen los vendedores ambulantes que proceden de la marginalidad para sobrevivir con los pocos centavos que recolectan? Este es apenas uno de los misterios de la economía marginal en las ciudades latinoamericanas, un misterio que los planificadores, ya sean desarrollistas, keynesianos, friedmanianos o marxistas, prefieren no enfrentar”.
No es la primera vez que el Estado porteño reprime por la fuerza en un asunto ligado a la economía informal. Es la respuesta tosca ante conflictos de notoria complejidad. Pero en el caso particular de la Metropolitana se trata casi de un bautismo de fuego precedido de un rosario de pequeñas acciones –a las que se suma el accionar de la Ucep– contra trapitos, manteros o cuidacoches. La Metropolitana es esencialmente y por ahora una política de comunicación antes que una herramienta más en una política de seguridad integral e integradora. Hay un imaginario al que se apela desde la Metropolitana que es el mismo que invocaban las políticas brutales de Cacciatore. Lo que se busca es echarle la culpa al Otro Marginal –llevándole al primer plano– por todos los conflictos de la ciudad.
Es el imaginario de la dictadura expuesto por un funcionario protagónico de entonces, Guillermo del Cioppo, que como responsable y erradicador de la Comisión Municipal de la Vivienda decía en 1980: “Vivir en Buenos Aires no es para cualquiera sino para el que la merezca, para el que acepte las pautas de una vida comunitaria agradable y eficiente. Debemos tener una ciudad mejor para la mejor gente”. La frase de Del Cioppo le dio el título a un excelente libro del politólogo Oscar Oszlak: Merecer la ciudad . Los pobres y el derecho al espacio urbano.
Allí donde el Estado reprime hay un fracaso anterior. En el caso del gobierno macrista, lo que no arreglan sus políticas, la ausencia de proyecto estratégico o las ineficiencias de gestión, se emparcha con comunicación y marketing. Una bala de goma puede ser parte de una estrategia comunicacional. Para la ciudad y su gente esa apuesta no funciona. Puede que para la comunicación y el poroteo de votos a corto plazo, haya un empate. Sórdido, pero posible empate.

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