jueves, 28 de julio de 2011

LOS HIJOS DE GRAMSCI



Están los que pensaron que con las palabras se podía todo y están los que nunca vieron en ellas otra cosa que impotencia.


Por Martín Kohan, escritor


Se escribieron obras poéticas enteras y se erigieron sistemas políticos enteros sobre una base o sobre la otra, con una premisa o con la otra. Pero muy probablemente no haya nunca existido nadie que se viera tan apartado del contacto directo y tan sujeto al alcance de las puras palabras como llegó a estarlo Antonio Gramsci. Y no ya respecto de la praxis política o de sus compañeros de partido, sino en el ámbito cercano de lo más íntimo, respecto de Julia, su mujer, y respecto de sus dos hijos, Delio y Julián.Gramsci fue detenido por el régimen fascista de Mussolini el 8 de noviembre de 1926. En 1928 se dictó su condena a veinte años de cárcel. Se había casado con Julia Schucht en 1923; su primer hijo había nacido en septiembre de 1924 y el segundo en agosto de 1926, en Moscú. Pasaría en la cárcel casi el resto de su vida, porque la libertad definitiva que le fue otorgada en 1937 llegó demasiado tarde, apenas a pocos días de su muerte.Gramsci cayó preso (a la prisión siempre se cae) cuando tenía treinta y cinco años, y salió de la cárcel, para morir, cuando tenía cuarenta y seis. A lo largo de esa década, quien más lo visitó en las diversas prisiones de Italia fue Tatiana, su cuñada; pero no Julia ni tampoco los hijos, que vivían en Moscú. Las cartas debieron ocupar ese espacio y esa ausencia. Las palabras eran todo y tenían que hacerlo todo. Toda correspondencia suple en parte el cara a cara y procura subsanar, así sea con resignación, la imposible inmediatez de un contacto. Pero cuando esa correspondencia inscribe sus coordenadas en la cárcel, la regla general de la distancia y su tenue reparación se agravan con dramatismo. En el caso de Gramsci hay algo más: su trato con Julia, a pesar de tener dos hijos, había sido relativamente escaso, con más faltas que presencias, limitado a pocos meses y por demás interrumpido, signado por la distancia entre la Unión Soviética e Italia. Con Delio, el hijo mayor, alcanzó a convivir por un año (y ese año Gramsci podía recordarlo, pero Delio no). Julián nació poco antes de la detención de Antonio Gramsci, lo uno en Moscú y lo otro en Roma. Nunca se vieron.Las cartas de Gramsci a los hijos, reeditadas por Losada y prologadas por Marta Vassallo, dejan ver de manera terrible el esfuerzo conmovedor del padre por crear mediante la escritura alguna clase de relación con los hijos. No ya el esfuerzo por restablecer ese vínculo, ni por transformarlo ni por recrearlo, dado que nunca había existido. Había que fundarlo en las cartas y con las cartas, inventarlo con el lenguaje y hacerlo vivir allí.Si algo exhiben las cartas a sus hijos desde la cárcel es la angustiada necesidad de Gramsci de que Delio y más adelante Julián le escriban cartas más asiduas y más extensas. Se lo pide, se lo implora, se lo exige o se lo reprocha, según el grado de aflicción de cada momento: “Supe que estuviste en el mar y que viste cosas hermosísimas. Quisiera que me escribieras una carta para describirme esas bellezas”; “Queridísimos Delio y Julián, hace tiempo que no me escriben más, ¿por qué?”; “Viste el mar por primera vez. Escríbeme algo de tus impresiones”; “Tienes que escribirme más largo y describirme tu vida”; “Habías prometido escribirme algo cada día de tus vacaciones. Hay que cumplir las promesas, aunque cueste algún sacrificio”; “Pero este hijito mío Julik, ¿por qué no me escribe nunca? (…). ¿Cómo puede ser que un chico que ya tiene diez años no cumpla sus promesas?”; etc.Se entiende la insistencia, y aun la desesperación. Los hijos de Gramsci no eran para él, y nunca fueron, otra cosa que las fotos remitidas por la madre y las cartas que ellos pudiesen redactar. A Julián se lo alcanza a decir expresamente: “Te conozco sólo por cartas”; y en otra parte le ruega que le describa una jornada suya entera, “desde que te levantas hasta que te acuestas”, para poder así imaginar cómo es su vida concretamente. La imperiosa necesidad de Gramsci choca, sin embargo, y de manera dramática, con la tremenda realidad de la distancia, de las dificultades objetivas, de la natural inconstancia de los chicos y acaso también con la evidencia, nunca dicha pero tangible, de que al fin de cuentas también él es una especie de abstracción remota para esos dos niños en Rusia. Entonces sucede, penosamente, que Gramsci se ofusca y hasta se torna un poco agresivo: “Tres cartitas se vuelven cada vez más cortas y estereotipadas. Creo que tienes tiempo bastante para escribir más largo y de manera más interesante (…). No creo siquiera que pueda gustarte mucho que tu padre te juzgue a partir de tus cartitas como un tontito” (a Delio); “Tu carta está escrita con apuro, con muchas palabras que quedaron por la mitad; sin embargo creo que puedes escribir mejor, con más orden, con más atención. Por eso no te juzgaré por esta carta, no diré: pero mira qué burrito es mi hijo” (a Julián); “Me escribiste cuatro líneas que parecen sacadas de una gramática para extranjeros” (a Delio).¿Desgano infantil, apatía de chicos, haraganería filial, desidia de niños? De acuerdo con Gramsci, podría parecer que sí. Pero el propio Gramsci aparece disculpándose en sus cartas, en tal o cual momento, porque no pudo escribir las historias de animales que prometió, porque la jaqueca lo disuade de discutir sobre Chejov, porque no se sentía bien y no contestó una carta de Julián, porque escribe forzado y mal, porque le duele la cabeza y no puede concentrarse, porque se siente cansado y no puede escribir mucho. Y en la secuencia mortificada de sus propias excusas y sus propias declinaciones, encuentra una verdad para la cual no existe remedio: no son las limitaciones que existen para escribir cartas, sino las limitaciones que existen en escribir cartas. Que no hacen sino mostrar, por diez años y en el presidio, el mundo que el lenguaje no puede llegar a tocar, las vidas que a las palabras les quedan fuera de alcance.
*Sus últimos libros son Ciencias morales y Cuentas pendientes.

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