domingo, 24 de enero de 2010

CEMENTO MUERDE EL POLVO


El mítico boliche de San Telmo está siendo demolido. El gobierno porteño lo va a convertir en un garaje y galpón. Ya sólo quedará el recuerdo de una época que se cierra para siempre. Un baluarte de la cultura rock, que podría responder algunas preguntas incómodas. ¿Estuvo en Cemento la génesis de Cromañón? ¿Qué hubiese sido de Cemento sin Cromañón? ¿Y de Chabán?

Por Juan Ignacio Provéndola


El 28 de junio de 1985, Buenos Aires estaba siendo arreciada por un aguacero infernal y Omar Chabán, apostado en el techo, parecía Noé aguardando su rescate divino del Diluvio Universal. Aunque sus urgencias eran menos bíblicas: estaba enmendando los agujeros por los cuales se filtraban los caudales de agua que estaban convirtiendo el salón en un pantanal de arena y cal. Así fue la cuenta regresiva hacia la dilatada apertura de Cemento, signado desde sus inicios por desavenencias y conflictos (la inauguración, planeada para el año anterior, se había pospuesto cuando se derrumbó una viga en plena obra), pero también por el encanto y la épica: cansados de contratiempos, la sociedad marital–comercial de Chabán y Katja Alemann decidió de todos modos abrir esa noche un boliche cuyo nombre quedó inscripto no sólo en el devenir del rock local sino también en los calzados de los mil invitados, embadurnados del cemento fresco que aún no se había secado.


Para Chabán significaba una segunda oportunidad tras las recurrentes clausuras que acabaron con la vida de su primera experiencia con el Café Einstein. Katja se puso el proyecto al hombro desde el mismo instante en el que ingresó a la sala vestida de walkyria a bordo de una carroza tirada por caballos –dando por oficializada la ceremonia de estreno– hasta que, en 1987, puso final a su matrimonio. En esos días, Cemento era una discoteca, un tablado de teatro under y, entre otras cosas, un boliche de rock, pero de allí en más el destino del lugar quedaría definitivamente sellado hacia esta última propuesta. Omar había reconocido más de una vez que el rock no era su música de preferencia, tal vez por ello se guardó los miércoles para sus modestas creaciones teatrales. Un gustito personal que suma como anécdota, pero no hace a un mito construido con postales más que con recitales.


La inédita cumbre del Indio Solari y Luca Prodan cantando a dúo cuatro canciones en pleno show Redondo, Batato Barea meando en una pelela y acostándose a dormir en plena performance, la propuesta pluriartística de Sumo y la Organización Negra o Ricky Espinoza azuzando a hordas de punks para que lo escupieran, son algunas de las fotos sepia que fue dejando un escenario por el que pasaron todos. O casi: Chabán siempre se lamentará de no haber podido convencer nunca a Charly García de tocar allí.


Sí tuvieron espacio, en cambio, innumerables bandas punks que encontraron en Cemento una de sus trincheras más sólidas. Allí debutó Attaque 77 y Los Violadores grabaron su último disco (en vivo, claro) con Pil y Stuka en la formación, aunque también tuvieron la oportunidad de hacer sus primeros pininos en vivo incontables grupos con fortunas de las más diversas. Incluso dos de las gomas más salvajes que se recuerden en la historia de recitales realizados sobre nuestras pampas tuvieron que ver con la explosiva fórmula que a veces resultaba ser la combinación de punk y Cemento. El 19 de marzo de 1993, los disturbios generados por activistas neonazis en el recital de la banda escocesa The Exploited dieron lugar no sólo a la primera de una larga serie de clausuras sino también a tiempos de razzias y asedios policiales en las inmediaciones del lugar. Otro pico de clamor público sucedió el 10 de agosto de 1997, cuando una violenta gresca en un festival punk generó la intervención del por entonces jefe de gobierno porteño Fernando de la Rúa (“me siento preocupado porque lo sucedido fue muy grave”, había dicho), y acabó con el boliche cerrado durante cuatro meses.


Durante un tiempo, Chabán tuvo que promocionar los recitales del género prohibiendo “tachas, borceguíes y crestas” –en nombre de una ordenanza municipal ficticia–, para comenzar a limpiarle la cara a un lugar que se estaba convirtiendo, ante los ojos de la opinión pública, en un antro siniestro y mal habido. Había sido apenas un recurso más de alguien que, fiel a su estirpe de performer, acostumbraba a improvisar decisiones sobre tablas. De tal modo se lo veía negociando descuentos de entradas en la puerta, anunciando ofertas sobre el escenario o rematando a viva voz bebidas desde la barra.


Pero esa pretendida informalidad que se convirtió en marca registrada de Cemento también fue su cruz. La agobiante transpiración de sus paredes en una noche cualquiera de furioso sopor porteño, el audio siempre defectuoso e indomable y las espantosas vaporizaciones de urea y amoníaco a las que se sometían los corajudos que se les animaban a los baños fueron (aunque siempre criticadas por lo bajo) combustible del perfil bohemio de un lugar que se distinguió por tal condición hasta que, ya entrado el siglo XXI, lugares como El Teatro de Colegiales o La Trastienda comenzaron a disputarle el mercado, elevando los estándares de sonido y confort.


Pese a que siempre fue escondrijo de todas las generaciones con las que convivió (eso se veía claramente a ambos márgenes del escenario), Cemento comenzaba a parecer fuera época. El negocio del rock había perdido aquel romanticismo que hizo del lugar no sólo un mero boliche de música sino, más bien, un enclave ineludible de la historia cultural de las últimas tres décadas.


Chabán era un actor devenido en empresario del espectáculo. Alejado de los cánones del ortodoxismo empresarial (era uno de los pocos productores que privilegiaban los arreglos de palabra con los artistas por sobre los contratos firmados), pero empresario al fin. Como tal, entonces, quiso acomodarse a los nuevos dictámenes el show business y se lanzó a la empresa más osada de su carrera en el rubro. Con República de Cromañón pretendió disputarle palmo a palmo el terreno de acción al mismísimo Estadio Obras, no sólo doblando las dimensiones de su antecesor del barrio de San Telmo sino, incluso, pensando hasta en ofrecer una especie de “paquete rockero” que incluiría viaje, entrada y alojamiento en sociedad con los dueños del lugar (también propietarios del hotel adyacente y de una agencia de turismo). Era un triunfo suyo y del rock: se estaba ocupando un lugar que en otros tiempos supo ser la bailanta El Reventón de Once, aunque por Cemento alguna vez también habían pasado La Mona Jiménez y Damas Gratis.


Prometió no descuidar su boliche de siempre ante la nueva creación aunque, sin pensarlo, ya estaba escribiendo el fin de ambos. La noche fatal de Cromañón también fue la de Cemento. Aquel 30 de diciembre de 2004, Nuca suspendió su show al cuarto tema porque un grupo de padres clamaba por sus hijos en la puerta de Estados Unidos 1234, creyendo que ahí había sucedido lo que en realidad estaba ocurriendo en Once. Casi a la misma hora, ambos lugares se vaciaron. En Cemento volvieron las fajas de clausura (esas mismas que alguna vez Chabán arrancó de cuajo frente a las cámaras de televisión) aunque, increíblemente, se encontraba apto para su explotación como boliche de música, según indican los registros de la Dirección General de Habilitaciones y Permisos de la Ciudad.


El sereno Mario Duarte le hizo frente al vacío y al despojo ocupando su lugar de siempre: una habitación lindante con los baños pestilentes que tenía esa ínfima ventanita sobre la calle que siempre lucía como un lunar perdido en la oscura fachada del boliche sobre la que, durante largo rato, pendió un cartel de alquiler. Tuvo la noble intención de reabrirlo en forma de cooperativa, pero qué sabrán de nobleza los negocios. Hace unos meses, este diario llamó para saber si el lugar estaba en alquiler: pedían 20 mil pesos por mes, respondieron los dueños de la inmobiliaria que había puesto el cartel.


La posesión del gobierno de la Ciudad para utilizarlo como galpón del Ministerio de Educación acabó con meses de desuso. La maza se hizo lugar entre ratas, murciélagos y hormigón para dar fin a los rumores de reapertura; tirando abajo el portón principal, la boletería, el sector de ingreso, la barra y las gradas que se oponían a ella, la separación entre las dos salas y toda el área superior en la que estaban (aunque separados) los baños y la cabina de control. Apenas sí sobreviven todavía el escenario, los camarines y alguna que otra leyenda de esas que se superponían en las paredes hasta lo ilegible. Es el triste final de una etapa inolvidable que se alimentó con esfuerzo, creatividad, descuido, complicidad, desidia, bohemia y patetismo, en un lugar que supo construir su mística inquebrantable antes de que los tiempos cambiaran; y quizá nos encuentren igual de nostálgicos, pero menos ingenuos.

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