viernes, 8 de enero de 2010

LAS BANDAS DE ESTADIO QUE NO FUERON


El difuso adiós de Los Piojos, la muerte de Alejandro Sokol en Las Pelotas, el ostracismo de Divididos, la separación momentánea de Bersuit: esta década fue también fin de época. Con excepción de La Renga.


Por Daniel Jimenez



Con el difuso “hasta luego” de la banda de Andrés Ciro Martínez (ya practicando como solista), la salida progresiva de los discos de los músicos de Bersuit, solos o en tándem (Gustavo Cordera, Juan Subirá, De Bueyes, La Demanda), y lo que significó la pérdida de Alejandro Sokol para Las Pelotas, el rock argentino le fue cerrando la puerta a una era que suponía un desafío para algunos proyectos pensados a finales de los ‘80, triunfales en los ‘90 y a la deriva en el final de esta década que se va.


Aunque sería arbitrario esgrimir tres o cuatro motivos puntuales, lo real y cierto es que las últimas bandas de estadios de la Argentina (a excepción de La Renga, que se mueve en su propio planeta como los Grateful Dead) colapsaron, casi simultáneamente, en 2009. Una crisis –esperada en algunos casos– que se desató, casi simultáneamente, veinte años después de su gestación. Y hasta ahora, en la carrera por la longevidad, parece que nadie puede quitarle la cocarda a Vox Dei, que continúa rockeando desde hace cuarenta años sin señales aparentes de frenar.


Los Piojos, desde la maldita operación en la maldita rodilla de Ciro a fines de los ‘90, se fueron acomodando lentamente a los nuevos aires y en esta década achicaron sigilosamente el plano de la foto: de la gigantografía omnipotente de Huracán, Vélez y River, pasaron a la calentura reducida del Luna Park en unas cuantas noches de luna plateada. Y tanta grandilocuencia (cambio de vestuario, shows interminables, sofisticadas pantallas y escenarios cada vez más grandes) terminó noqueando a más de uno, como el baterista Dany Buira y el guitarrista Pity Fernández, quien se tiró del barco antes del iceberg y hoy se curte a ras del piso con La Franela. Allí, en mitad del camino a la inmortalidad, los de Ciudad Jardín no aguantaron más. Sí, es probable que a fines de 2010, si se lo proponen, revienten nuevamente River con un megaconcierto reunión, pero ya nada será lo mismo. Al fin y al cabo, si eso sucediera, la postal no sería muy diferente a la que pudimos ver en cualquier Cosquín, Quilmes o Pepsi Music. Andrés Ciro Martínez ya probó carrera solista en Córdoba.


Para la Bersuit, uno de los últimos fenómenos populares y socio-culturales del rock argentino, la década partió al mango con la salida de Hijos del culo y una seguidilla histórica de shows en el Luna que decantó en De la cabeza con Bersuit Vergarabat, su primer álbum en vivo. Poco a poco, la bajada de línea y la crítica al sistema se transformaron en argentinidad al palo y mucha testosterona, llevando a la banda a presentarse esporádicamente en Buenos Aires y soportando sobre sus espaldas el peso de ser “La Bersuit”. Histeria, fiebre de tickets y la figura de un ingobernable Pelado Cordera elevándose no solamente como referente musical sino como un ácido cronista de la realidad nacional con pijama a rayas. Pero los últimos discos de Bersuit no tuvieron el impacto que significaron trabajos como Libertinaje (el del despegue definitivo en 1998) o el mismo Hijos del culo, y la fiebre le dejó paso a un replanteo interno.


Hoy, Cordera se dedica de lleno a su carrera solista (este año debutó con Suelto) y reside en Uruguay, lejos de los piquetes y del Perro Santillán, mientras sus (¿ex?) compañeros se hacen de abajo con proyectos, por ahora, en fase de experimentación. Así, la banda que se perfilaba para el panteón de los incunables tampoco resistió el desgaste y su fuego se fue apagando. Las recientes declaraciones de sus integrantes, sin caer en polémicas, sólo enfriaron una relación que, como dijo el bajista Pepe Céspedes, ya no era “un lecho de rosas”.


El caso de Las Pelotas es especial. Porque la muerte de Alejandro Sokol propinó una profunda herida al corazón de las bandas populares en la Argentina: a diferencia de aquellos grupos que se desarticularon o donde alguno de sus miembros decidió alejarse para buscar nuevos aires (Los Pericos, Los Fabulosos Cadillacs, Bersuit, Arbol, Los Piojos, etc.), Las Pelotas jamás podrá volver a contar con el Bocha. Y las sesiones colectivas de espiritismo en el rock, hasta donde se sabe, no han dado resultado. La salida de Esperando el milagro en 2003 había sacado definitivamente a Las Pelotas de Cemento y los expuso a un público multitarget, a caballo de ese hit irresistible que fue Será; comenzaba el inicio de la gestión Daffunchio. Poco tiempo después de la aparición de aquel disco, que tenía a Alejandro Sokol como voz líder en unas pocas canciones, entrevisté al ex Sumo y le pregunté por qué su aporte en el álbum era mínimo. “Porque soy la oveja negra de Las Pelotas”, me contestó, cortante. El Bocha entraba en su fase más difícil y el crecimiento en convocatoria y apariciones mediáticas de la banda se daba en forma inversamente proporcional a la cantidad de trabajos discográficos: en toda esta década, a excepción del oscuro registro en vivo Show, lanzaron Esperando el milagro, Basta y Despierta, ya sin Sokol. Y la ausencia del Bocha se siente. La mística en los shows de Las Pelotas no es la misma. El olor a goma, la sensación de saber que algo inesperado puede suceder, y esa mirada escrutadora y criminal del tipo que se cagó olímpicamente en los VIPs de plástico y la careteada del rock, no están. Hoy, Las Pelotas, con Germán como epicentro, aprovecha el crossover que generan los festivales, acomoda sus viajes musicales para una audiencia más amplia y ya no hay espacio para las tribus marginales que arrastraba Sokol. Pero el tiempo dirá.

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