lunes, 11 de enero de 2010

MEMORIAS DE TRES VIEJAS PUTAS PORTEÑAS


Para las estadísticas oficiales no existen. Las travestis las expulsan y los clientes las humillan hasta la indignidad. Luchan contra el paso del tiempo y rifan sus deteriorados cuerpos al mejor o peor postor.



Por Gastón Rodríguez


Al bajar del tren se las ve. Están ahí, entre pungas y gritones evangelistas de dudosa fe. Un comité de bienvenida a la ciudad sin presupuesto ni gestos alegres. Haciendo de Constitución y Plaza Once su patria chica, el último decorado del que todavía no las expulsaron.Para las estadísticas no existen. Fantasmas mudos que deambulan sin norte. Quizás por la desesperanza de saberse punto en una zona impunemente dominada por travestis. Están mal vestidas, mal pintadas pero sobre todo mal vividas. Apaleadas por los años y los disgustos, siguen rifando sus deteriorados cuerpos al mejor, o peor, postor. Viejas prostitutas luchando descarnadamente contra el tiempo, pidiendo al santo menos sordo que el próximo cliente sea lo suficientemente gentil como para no burlarse de la faja o de la ausencia de molares. Gente descartable. Según la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (Ammar) las trabajadoras sexuales en edad de jubilarse conforman el sector más excluido, discriminado y marginado de la sociedad.


Víctimas de maltratos y humillaciones a tiempo completo, al estigma de ser mujer, pobre y prostituta se le debe adosar la complicación de ser vieja. “Para esas mujeres el mercado laboral está clausurado”, dispara Elena Reynaga, quien además de ser una persona escéptica, es también la secretaria general de Ammar. Conocedora como pocas del paño, Reynaga hecha un poco más de luz sobre un asunto tan oscuro: “Antes por ahí a las mujeres que tenían más de cuarenta se les pagaba mucho más por la sabiduría y la experiencia. Hoy lamentablemente, como en toda profesión, se prioriza la juventud. Para barrer te piden que tengas 90 - 60 - 90 y para limpiar tampoco te toman porque si sos grande tienen miedo que te caigas o que te enfermes. Hoy las que tienen más de 40 son descartables y lo único que les queda a esas mujeres es pararse en una esquina”, analiza.


Me duelen los huesos.


La lluvia hace que todo sea un poco más triste y desolado. Es una espantosa noche de julio en donde salir a la calle duele como un insulto a la madre. En Plaza Once, o Miserere, como figura en las guías, los que salen tarde del trabajo esperan que el último colectivo del día los lleve a la cama. Cerca de los juegos, sentada en una mesa de ajedrez a metros del santuario por los muertos de Cromañón, Elvira no corre con la misma suerte. Las botas que calza piden clemencia por tanto uso y abuso y la campera que lleva sería más apropiada para una noche fresca de primavera. Elvira tiene poco pelo y hace rato dejó de teñirse. El único rastro de coquetería se descubre en su cuello perfumado, que contrariamente a lo que ella debe imaginar, no invita al acercamiento.El apellido, difícil de pronunciar y casi imposible de escribir, es la única herencia de un padre polaco que “por suerte se murió antes de que yo empiece con esto”, aclara. Los genes explican la claridad de unos ojos que alguna vez brillaron pero que hoy están cansados de ver tanta malaria suelta: “Cuando quedé viuda no sabía qué hacer. Tenía que mantener tres hijos, una casa y también hacerme cargo de mi mamá que estaba sola y enferma. Limpié cama adentro, cuidé señoras, hice de todo pero cuando me fui poniendo más vieja ya nadie me daba trabajo. Así que un día le pedí a mi hermana que cuidara a los chicos esa noche porque tenía que trabajar. Cuando al otro día me vio llegar a las once de la mañana entendió todo pero nunca me dijo nada”. Elvira agradece ese silencio cómplice porque a pesar de lo mucho taconeado aún vive con culpa lo que hace, como si llevar el pan a la mesa tuviera necesariamente que ser el producto de un empleo de lunes a viernes de 9 a 18. “Yo sé que soy la que menos cobra, pero no me queda otra si tengo más de 60. ¿Sabés las cosas que me tengo que bancar? Las negras (por las dominicanas) te respetan un poco más, no te dan bola, pero las travestis te insultan, te cargan, te tiran cosas. A mí una noche uno me tiró el pancho que estaba comiendo y me dijo: ‘Qué te enojás vieja de mierda, si vos lo hacés por esto’.”Elvira, como cualquier mujer de edad avanzada que ejerce la prostitución, es la opción más barata y más a mano del hombre suburbano que cruza la ciudad colgado de un convoy. Si el casanova en desgracia anda dulce –viernes y sábados suelen ser los días de paga y en consecuencia los de más transacciones en la plaza– abonará contento los 40 pesos promedio que cuesta el servicio estándar de una morocha caribeña con figura de póster desplegable. Si en cambio se busca saciar otras necesidades o se tiene muy pocas pretensiones, por 20 pesos una travesti de bajos recursos pero mucha voluntad aceptará con gusto ir de la mano al hotel más cercano o al rincón más oscuro. En el caso de Elvira, el tarifario que propone es un espejismo. Con algo de suerte cierra el trato en dos cifras, aunque en un rapto de bestial sinceridad da números que escandalizan: “Si lo estoy por perder, al tipo le digo que por 20 tiene el hotel incluido. Voy siempre a uno de avenida Jujuy que me cobra ocho pesos en la semana y 12 los sábados. Eso es lo que gano por cliente”, sentencia.A Elvira la vida nunca la invitó a sentarse. De sus hijos, ya grandes, sabe poco y nada, aunque comparte orgullosa que uno de sus nietos tiene sus mismos ojos verdes. También cuenta que desde que enrejaron la plaza y pusieron luces nuevas la cosa se complicó más y que cuando los dolores la dejan, duerme como un oso en una pensión para señoritas en Congreso. “Es que en los días de humedad me duelen muchos los huesos. Por eso prefiero el frío. Quizás sea por la sangre, porque en Polonia hace frío ¿no?”, pregunta y sus ojos enseguida amagan con recuperar algo de una luz perdida hace tiempo.


Noches de Gloria.


Frente a la parada del 12, Gloria apura un pancho en un puesto que se empecina en musicalizar la noche de Constitución con un compilado trucho de cumbia noventosa. Piensa que la salsa criolla es un gran invento pero anhela una noche cualquiera cruzarse a la pizzería La Central, de Garay y Lima, y pedir la especial de la casa. Una vida plagada de deseos truncos. De eso se trata. “¿Vos trabajás por hobby? Todas lo hacemos por dinero para sostenernos y también para ayudar a nuestros nietos. Nadie está en una esquina porque le gusta o es albañil porque le encanta doblarse la espalda levantando ladrillos”, espeta Reynaga y los profundos surcos en el rostro de Gloria confirman la carencia hecha cansancio.


“Yo cobro 30 y 10 el hotel. No me rebajo más, tengo dignidad. Y si me tengo que ir sin haber hecho nada en la noche, mala suerte. Yo no soy como los putos”, desafía esta señora de mirada pícara, dejando en claro que la rivalidad con las travestis excede la competencia laboral. “No tienen códigos. Se drogan, mean en la puerta de las casas, se agarran a trompadas… ¿pero sabés qué es lo peor? Que están arreglados con la policía y no les dicen nada”, se queja. El aire en las calles aledañas a la plaza Constitución es más espeso que en Once y cada esquina es un gueto. El barrio está dividido en zonas estratégicas para evitar enfrentamientos entre los distintos clanes. Así las peruanas y bolivianas jamás comparten cuadra con las dominicanas y éstas a su vez tampoco coinciden con las travestis. Un mapa de oferta sexual que ignora deliberadamente los casos como el de Gloria, tratadas como parias.


Invisibles para el resto.


“¿Un fiolo? No, querido. Desde que me casé que no tengo uno y ya van a hacer 30 años. Además, ¿para qué? Para que me saque lo poco que hago. Y tampoco es negocio para él. A los fiolos les conviene manejar una rusa o una negra que trabajan bien. A mí ni la policía me registra. A veces pienso que es porque puedo ser la madre de algunos de ellos y otras por pura lástima nomás”.

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