sábado, 9 de enero de 2010

COMO VIVIR EN UN BARRIO CERRADO


Más allá del frío dato estadístico, las cárceles bonaerenses oscilan entre la violencia y el terror.


Por Sebastián Hacher


Máximo C. camina con dificultad. El fémur de su pierna derecha está deformado: por ahí entró la bala el día en que cayó detenido durante un robo. En la cárcel le pusieron el yeso tarde, sin mucha convicción. El hueso soldó como lo habían dejado. “La renguera –dice Máximo– es un recuerdo del Servicio Penitenciario. El médico pensó que si me atendía mal le hacía un bien a la sociedad. En la cárcel no saben la diferencia entre reinsertar y resentir. No entiendo por qué”. Para tratar de entenderlo, tiene frente a sí el informe del Comité contra la Tortura de la Comisión Provincial de la Memoria. La comisión está formada por una veintena de personalidades de distintos ámbitos –desde Adolfo Pérez Esquivel hasta Tito Cossa– y este año publicó su cuarto trabajo sobre violaciones a los derechos humanos en lugares de detención. Máximo extiende las cien páginas del informe sobre la mesa y lee con voracidad. El cronista le propone buscar con qué párrafos se siente identificado, y el ejercicio parece interesarle. Al llegar a la parte donde se habla de los modelos de gobierno en las cárceles, un sudor frío le recorre la espalda. “Yo estuve en las dos puntas”, dice mientras lee que hay dos paradigmas de gobernabilidad. El primero es el modelo donde se delega el gobierno a los detenidos: es el caso de Olmos, donde hay un promedio de 78 presos por guardiacárcel. Allí, dice el informe, el Servicio Penitenciario ejerce una “tercerización de la administración de fuerza” en favor de los presos, que tienen en sus manos el control de los pabellones. En el otro extremo, el informe habla de la Unidad 30 de General Alvear como el modelo de la cárcel donde no se delega ningún espacio de gobierno a los presos. Allí, “los detenidos pasan la mayor parte del día encerrados en sus celdas y la circulación y actividades son escasas, muy controladas y organizadas. Las requisas y cacheos son sistemáticos”. “No sé cuál es peor –agrega Máximo– porque los dos penales son ultraviolentos.” Y el informe parece asentir.


“Mientras en la Unidad 1 de Olmos –lee– registra la mayor cantidad de muertes, la Unidad 30 registra el mayor índice de torturas, malos tratos y hechos de violencia.”De su entrada a Olmos, Máximo recuerda cada detalle. Ese túnel inmenso y oscuro sin ninguna luz al final, el silencio y un ambiente de película de miedo que le helaba la sangre. “Así que vos sos pistolero –le dijo el guardiacárcel que le tomó los datos–, vas a ir a la villa, con toda la indiada. A ver si te la bancás”. La villa era un pabellón con cuatro celdas todo el día abiertas, y un promedio de doce presos en cada una, aunque en algunas había quince y en otras siete, “porque eran los más jodidos y no dejaban entrar a nadie”. La sobrepoblación en las cárceles es un lugar común: en la actualidad hay 19.240 plazas y 24.180 presos en todas las prisiones bonaerenses.


Sólo en Olmos hay 1.800 detenidos. En el pabellón donde estaba Máximo había cincuenta personas, que además de las cuatro celdas compartían un piletón para lavar la ropa, un sector de duchas y cada tanto eran vigilados desde una pasarela que atravesaba el lugar.Pero todo eso Máximo lo supo recién después del primer amanecer en el encierro. La noche en la que llegó, alguien había tenido la idea de recibirlo en medio de la penumbra. Esa fue su primera metáfora de vida carcelaria: si no se puede apagar la luz, se aflojan las lamparitas. Máximo sabía que para entrar con el pie derecho al pabellón –para que lo reciban como a un verdadero ladrón– le tenía que dar la bienvenida el preso encargado de limpieza. Por eso dudó cuando de la oscuridad apareció un hombre que se ofreció a llevarle el mono donde guardaba sus pertenencias. “¿Vos sos de limpieza?”, le preguntó. “No, soy Papá Noel”, respondió el otro. “Ah, feliz Navidad”, le dijo Máximo, sin entender el chiste. Lo importante, le habían advertido, era no dormirse ni perder en el peloteo verbal. Aunque pronto tendría que cambiar las palabras por armas y demostrar destreza también en esa esgrima.


Palomas y gatos. Las celdas de la villa estaban todo el tiempo abiertas. Las armas, siempre a mano: los cuchillos de fabricación tumbera –las facas o fierros– se guardaban en el fondo de los pulmones que hay entre edificio y edificio. Para ir a buscarlas se usaba la paloma: una cuerda construida con pedazos de sábanas viejas. “Mandaban a palomear a un gato. Se colgaban como alpinistas, lo bajaban y lo subían con las cosas.” El ritual se repetía cada vez que había una pelea. Éstas eran más o menos regulares y podían durar entre 15 y 20 minutos, según el humor del Servicio Penitenciario. El informe del Comité calcula que en el 2008, en todas las cárceles de la provincia se registraron 7.027 hechos de violencia que dejaron 5.440 heridos. De las 120 muertes registradas durante el año, 29 fueron peleas entre internos. Máximo pudo mantenerse al margen durante dos meses, hasta que uno de sus compañeros consideró que su pierna ya le permitiría defenderse. Entonces le vinieron a cobrar viejos rencores: ni traiciones ni mejicaneadas, sino comentarios que le habían caído mal a uno de los pesados del pabellón.


Primero hubo una discusión: un ping pong verbal sin motivo aparente, que terminó con una amenaza. Al rato, alguien guitarreó los motivos para pelear y se plantaron: Máximo contra cuatro gatos del pesado. Cada uno tenía facas, dos de ellas atadas a palos de escoba, como si fueran harpones. No había forma de esquivar el bulto. “Si no peleás –explica Máximo– después no tenés derecho a patalear por nada.” Él se defendió con un calentador de cerámica.


Parecía una pelea de gladiadores postnucleares, con un público que incluía a los supuestos encargados de mantener el orden.El informe del Comité narra decenas de episodios similares: los agentes penitenciarios se paran en las rejas para ver las peleas como si el pabellón fuera un ring. “Dejan que se desate la batalla campal y sólo intervienen luego de un tiempo, cuando un interno cae herido o muerto, reprimiendo con virulencia”, dice el informe. En el caso de Máximo, no llegaron a reprimir: los mismos presos pararon la pelea cuando ya tenía varios cortes en todo el cuerpo. Pero no fue un gesto de solidaridad. “Me defendieron –cuenta el protagonista– algunos que tenían bronca con los que me estaba peleando.”Dos horas después, una voz llamó a Máximo desde la pasarela de los guardias: lo llevaban a Sanidad. Allí, después de limpiarle las heridas, le informaron que tendría que pasar una temporada en los buzones, las celdas de castigo. “Los buzones de Olmos –explica el trabajo del Comité Contra la Tortura– tienen una particularidad: las puertas de las celdas son rejas con una puerta sólida que no tiene pasaplatos. La posibilidad de comunicarse con otros detenidos, de asomar el espejito para conocer el movimiento del pabellón, de que por allí ingrese un poco de aire, no existe. El detenido no tiene comunicación con el mundo que lo rodea. Sólo cuenta con una luz artificial, que por lo general no funciona. Apenas percibe la tenue luz del pasillo, que no se prende durante gran parte del día, así que pierde la noción temporal. No sabe si es de día o de noche”. El 60,6 por ciento de los 99 encuestados en Olmos fue sancionado con ese tipo de aislamiento.Las sanciones y la represión en los penales se manejan a discreción, igual que los privilegios. En Olmos, por ejemplo, algunos presos suelen negociar con el encargado de turno para que los deje salir a la escalera que comunica los distintos pabellones. Allí se dedican a robarles a los presos que vuelven de las visitas o van a la escuela. “Lo hacen –cuenta Máximo– a cambio de que le hagan una astilla de lo que roban.” En el argot tumbero, también existen los “coches bomba”, presos mandados por el Servicio Penitenciario para agredir a sus compañeros de encierro. “Me explotó un coche bomba” significa que uno fue agredido por un enviado de los guardias. “Hacer un atentado” es caerle a alguien encima de sorpresa, sin darle tiempo a defenderse. Muchas veces, las armas para ese tipo de peleas las proveen los mismos agentes. En la complicada trama de la superviviencia tumbera, lo único que no está permitido es dormir con los dos ojos cerrados.


Los traslados calesita. Después del castigo, o como parte de él, para Máximo comenzó un período de traslados constantes de penal en penal. La calesita, como se llama a esa costumbre, es otra de las formas de agravar las condiciones de detención. Según los datos del Comité, en el último año se ordenaron 47.709 traslados. Con ese método, Máximo conoció seis penales de la provincia. Por la pelea de Olmos estaba caratulado como un preso difícil, así que siempre lo dejaban en celdas de aislamiento, hasta que llegó a la Unidad 30 de General Alvear.


Ahí ya no hizo falta llevarlo a un lugar especial: en la 30, todo parece un gran centro de aislamiento.En Alvear los presos pasan casi 22 horas al día encerrados en celdas que comparten con otro interno. Cada pabellón tiene varias celdas, y está separado de los otros por un patio. Las cerraduras son electrónicas y los guardias suelen pasearse por los techos, desde donde reprimen con balas de goma si hay algún problema. Los testimonios de la violencia que ejerce el Servicio Penitenciario contra los presos en esa unidad son abrumadores. “Recibís –cuenta Fabio L. en el informe del Comité– patadas, piñas en todos lados, te agarran una banda, 7 u 8 penitenciarios, a veces más, y no sabés ni quién te pega. Se habían peleado en el pabellón, vinieron los copeteros (los que tienen escopetas) y nos mataron a 4 o 5. Tiraron balas de goma y balas de plomo”. Otro preso, llamado Marcos L., cuenta que “los penitenciarios abren el pasaplatos y con la manguera mojan todas tus cosas, fotos, cartas. Me pegaban en el pabellón porque pedía ir a patio en su horario”. Si en los demás penales Máximo conoció presos inverosímiles, en General Alvear los guardias alcanzaron las cumbres del surrealismo. “Había un jefe del Servicio Penitenciario –recuerda– al que le decían Cuchillo González, porque te desafiaba a pelear con faca. A otro que era boxeador le decían Pink Floyd: estaba todo el día empastillado y usaba guantes. En mi pabellón, había un guardia que tenía una faca gigante, re-bien hecha, y la quería cambiar por un par de zapatillas y una casaca de fútbol. Al final, ellos eran más tumberos que nosotros.”Máximo habla como un hombre abrumado. Pasea sus ojos sobre el informe (un resumen se puede consultar en el sitio
www.comisionporlamemoria.org) y se detiene en las cifras que más lo impresionan. “El personal penitenciario –lee– reprimió al menos en 1.487 oportunidades: fueron 123 hechos por mes y más de 4 por día. En 266 encuestas realizadas en cinco unidades penales de la provincia, el 72 por ciento de los detenidos reveló haber sido agredido físicamente por personal penitenciario. Se probó judicialmente un nuevo caso de uso de picana eléctrica y se recibieron otras cinco denuncias.” El trabajo, que también narra las condiciones de detención de mujeres, niños y adolescentes, termina sus páginas con la palabra “fin”. Igual que las películas de terror.

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