miércoles, 7 de abril de 2010

AMAPOLA DEL 66, LO NUEVO DE DIVIDIDOS


El primer disco en ocho años llega cargado de expectativa, pero será mejor dejar eso a un lado y atender a trece temas que certifican que Divididos es una banda esencial.

Por Eduardo Fabregat


¿Es de verdad inevitable abordar Amapola del 66 con la sobrecarga de expectativa que suponen ocho años de silencio discográfico? ¿Por qué hay que dejarse llevar por la tentación de esperar sí o sí una obra maestra, la cumbre que debería significar un cocido lento de estas trece canciones? Sobre todo, ¿a quién le sirve tamaña carga? Tras más de cuarenta años de historia de rock argentino e infinidad de exploraciones estilísticas, resulta ocioso embarcarse en la escucha de un disco con la necesidad de una epifanía. Y frente a una banda de identidad tan arraigada como Divididos, menos aún debería esperarse una completa remodelación de su sonido, o que de pronto se interesen por el reggaetón. Tampoco es que el trío se guardó todos estos años, ya que nunca dejó de tocar en vivo y demostró allí, donde se ven los pingos, una salud y una sangre en perfectas condiciones. Lo que mandan, al cabo, son las canciones. Y de a poco se llega al punto: Amapola del 66, primer disco en estudio desde Vengo del placard de otro (2002), presenta muy buenas canciones. Que los amantes del gran rótulo pongan a eso lo que quieran. Lo cierto es que, con expectativa o no, Ricardo Mollo, Diego Arnedo y Catriel Ciavarella certifican aquí por qué son una banda esencial en la escena argenta.


Como un boxeador veterano y mañoso, impredecible, Divididos sabe cómo golpear duro, pero noquea cuando parece que pega despacito. El apunte viene a cuento de los dos tracks que abren el disco: “Hombre en U” y “Buscando un ángel” abonarán las teorías de quienes quieren sostener a como dé lugar que “Divididos se repite, hacen siempre lo mismo”. Es cierto que esa arrasadora apertura tiene la marca registrada de los paisanos de Hurlingham... pero hasta allí llega la coincidencia. ¿Por qué la banda debería resignar precisamente esa marca registrada, su combinación de potencia y musicalidad, esa lava eléctrica que les valió el mote de La Aplanadora? ¿En nombre de qué supuesto principio el trío debería no hacer ese rock que incita a rebotar contra las paredes, que enciende la sangre?


Como para derribar todo prejuicio, lo dicho unas líneas atrás: pasado el aluvión, Divididos empieza a abrir el juego y produce momentos de intensísima belleza, pasajes en los que dibuja pacientemente todo ese horizonte de variables sonoras que siempre los separó de la simple catalogación del rock furioso. Hay en Amapola del 66 un núcleo de temas en el que se advierte la serenidad para trabajar cada matiz que el grupo encontró en el hecho de inaugurar su propio estudio La Calandria. Cosas como “Senderos” (con esa batería tan Bonzo Bonham) y “Jujuy”, enganchados por el magnético decir del Churqui Choquevilca en el poema “Muchacha azul, princesa americana”: los que se emperran en sostener que el grupo nunca superará La era de la boludez y se babean con los climas de “Pestaña de camello” y “Cristóforo Cacarnú” deberían poner especial atención en este combo.


Pero la cosa no se queda allí, ni hace falta entrar en el juego de las comparaciones para analizar o justificar el presente del grupo. El trío se defiende solo con hallazgos como “Muerto a laburar” (según cuenta Mollo en la entrevista con Alfredo Rosso del DVD, un tema especialmente dedicado a Michael Jackson), con melodías de guitarra que erizan la piel. O el viaje en sí mismo que representa “Amapola del 66”, entre la furia y el cuelgue y con la curiosidad de que aparezca pegado a una chacarera (“La flor azul”, de Mario Arnedo Gallo, con Peteco Carabajal en violín y Arnedo a cargo de la guitarra) y el nexo, tan marciano en apariencia, resulte enormemente natural. El bajista tiene incluso un momento de inédito protagonismo, asumiendo la voz principal para “Avanzando retroceden”, una especie de Artaud personal que introduce un relajado clima antes de la furia de “Perro funk” y “Todos”, dedicado a los pibes del Colegio Ecos que murieron en la ruta.


Lo demás es volver a repasar cualidades conocidas. ¿A quién puede extrañar la sutileza de las bases de Arnedo, un bajista que tanto puede caer a tierra con un tempo marcado, gordo y preciso, como volar con fraseos sutiles e inspirados, alejados de todo librito con el ABC de las cuatro cuerdas? ¿Es necesario decir una vez más que Mollo integra la selección de grandes guitarristas argentinos y que ha pulido su voz hasta el punto de que el cantante de 40 dibujos ahí en el piso parezca otra persona? Por su parte, Ciavarella, cuarto baterista en la historia del grupo, tiene todo lo necesario para que la maquinaria no pierda combustión: sabe que las decisiones en Divididos son un dúo, pero aporta lo que hay que tener para que Divididos siga siendo el trío de Hurlingham.


Más valdrá dejar a un lado los devaneos sobre la expectativa: la cuestión es que Divididos hace mucho más que cumplir con el trámite de entregar un registro discográfico, y exhibe una vida musical que le falta a unos cuantos. Con eso alcanza. Y sobra.

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