sábado, 24 de abril de 2010

ENSEÑAR LA DICTADURA


La memoria como parte del proceso de aprendizaje de la historia reciente. Cómo contarles a los chicos lo que fue el gobierno militar. Cuáles son las estrategias que recomiendan los especialistas y utilizan los docentes. De qué manera ayudan los libros.


Por Pablo Sigal

El golpe de estado del 24 de marzo de 1976 fue el comienzo del asesinato planificado y sistemático de miles de hombres y mujeres. Fue muerte, tortura, robo, destrucción de la cultura, destierro de artistas y sus obras. Tal como las personas eran sospechosas, también todos los textos lo eran: “La cuba electrolítica”, un libro que trataba sobre la conducción eléctrica, fue prohibido porque la palabra “cuba” no era de las más felices en la época. El mismo destino tuvieron los libros de matemática moderna y teoría de los conjuntos.

En un manual repartido en las escuelas en el año 1977 llamado “Subversión en el ámbito educativo (conozcamos a nuestro enemigo)”, se lee: “El accionar subversivo se desarrolla a través de maestros ideológicamente captados que inciden sobre las mentes de los pequeños alumnos, fomentando el desarrollo de ideas o conductas rebeldes, aptas para la acción que se desarrollará en niveles superiores. La comunicación se realiza en forma directa, a través de charlas informales y mediante la lectura y comentario de cuentos tendenciosos editados para tal fin. En este sentido se ha advertido en los últimos tiempos una notoria ofensiva marxista en el área de la literatura infantil”. En esta categoría entraron libros para chicos como Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann; La torre de cubos, de Laura Devetach, que fueron quemados, escondidos o sacados de circulación. Desde que en el año 2000, el 24 de marzo fue incluido en el calendario escolar como “Día de la Memoria”, los docentes de todo el país se han lanzado a la aventura de contar qué ocurrió en este país los siete años de dictadura.

Uno de esos docentes es Mariano Bernasconi, que trabaja en Puentes Escolares, un programa de la ciudad de Buenos Aires que brinda talleres educativos a chicos y chicas en situación de calle. “Trabajamos desde la literatura con libros como El rey de casi todo, de Eliardo Franca; desde las canciones, con clásicos como ‘La memoria’, de León Gieco, u otras de Teresa Parodi, Víctor Heredia o Seru Giran. También con los discursos oficiales de la época, fotos e imágenes, notas de diarios y con salidas. Una vez fuimos a la Plaza de Mayo, a la ronda de los jueves, para que conozcan a las Madres y hablen con ellas; otra, estuvimos en el centro de detención clandestina El Atlético. Los pibes estaban absortos, muy compenetrados escuchando la explicación que se les daba, era increíble”, comenta entusiasmado Bernasconi.

En algunas escuelas privadas, como La Escuelita, se conmemora el Día de la Memoria a partir de textos literarios y el trabajo con los recuerdos de los padres. “El año pasado al grupo de tercer grado le pedimos que trajeran algún objeto, material o simbólico, para que cada familia representara el 24 de marzo de 1976. Trajeron fotos, libros prohibidos, boletines, poemas. Una nena trajo una foto de la mamá con una amiga que ya no está. Trabajamos mucho con literatura, siempre leemos Un elefante ocupa mucho espacio, La planta de Bartola, La composición (de Antonio Skármeta), etc. Nos sirve para abrir a pensar”, cuenta Laura Pérez, coordinadora pedagógica de primer ciclo. “Los chicos tienen una capacidad de profundizar sobre estas cosas y de metaforizar. Dicen, por ejemplo: “Fue cuando estaban los militares y no había presidente. / La dictadura duró 7 años. / Mi abuelo, que era periodista en una revista que hablaba mal de los militares, estuvo a punto de desaparecer. / A la gente que tenían hijos los militares les sacaban los hijos y los llevaban con otras personas, con otros militares. / Estaban las Madres de Plaza de Mayo, que son las madres que perdieron a sus hijos, porque creo que los secuestraban”.

La licenciada en educación y formadora de docentes de primaria y secundaria Viviana Kleinmann explica que “se puede empezar por averiguar qué conocen los chicos, qué les resuena y cómo vivieron sus familiares esa etapa. Los padres y abuelos, si se los invita, encuentran la manera de transmitir algunos de sus recuerdos y cooperar con la tarea del docente. Los chicos mayores pueden ver fragmentos de documentales o películas, pero es muy importante contextualizarlos. Un investigación reciente reseña que la proyección de una película como La Noche de los Lápices en la escuela secundaria sin una adecuada preparación ni contención posterior no resulta por sí misma estimulante de una actitud democrática o de defensa de los derechos humanos. Por el contrario, puede predisponer a los adolescentes a considerar que cualquier protesta o manifestación política es peligrosa y debe ser evitada. Es un claro ejemplo de que la educación, como proceso, depende mucho de los adultos que orienten a los chicos y compartan con ellos momentos de reflexión y de diálogo”.

En ese mismo sentido explica Bernasconi: “Tratamos de trabajar los conceptos de democracia y dictadura, asociados a los de identidad y memoria pero saliendo un poco del lugar común, de la morbosidad: ellos ya conocen las atrocidades de la dictadura y apuntamos más a una comprensión de los hechos históricos”.

En lo que cuentan los chicos está lo particular, la historia propia, lo que impresiona, lo inexplicable, lo triste. Ellos rearman el pasado compartido. Apelan a lo que la escuela les enseña, a lo que los papás les cuentan, a sus impresiones, dudas y certezas. El camino del saber construido social y colectivamente es el único camino para una memoria histórica que pueda apelar a la verdad y la justicia como metas.

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