sábado, 10 de abril de 2010

MURIÓ MALCOLM MCLAREN, LEGENDARIO MÁNAGER DE LOS SEX PISTOLS


Célebre por sus maniobras para promocionar a la banda –y a sí mismo–, este pelirrojo inglés fue clave para el estallido del punk a mitad de los ’70, que cambió el panorama de la música y la cultura occidental para siempre.




Por Roque Casciero

Hay personas que dejan huella de su paso por este mundo a través de sus obras: los sobreviven melodías, historias, rollos de film, libros y demás objetos culturales. Malcolm McLaren, que falleció ayer por la mañana en Nueva York a los 64 años, víctima de un cáncer, grabó unos cuantos discos, condujo programas de televisión y generó varias obras e instalaciones que seguramente ahora subirán de precio. Sin embargo, su huella –enorme y profunda– tiene más que ver con lo que hizo hacer a otros: como ideólogo de los Sex Pistols, revolucionó la manera de entender el mundo para varias generaciones. No fue el inventor del punk, como muchas veces reclamó, pero sí el que logró amplificar su impacto con decisiones arriesgadas y salvajes, y el que vio primero que nadie los rastros de carmín que se dibujaban para unir las ideas del situacionismo francés con la actitud de “no hay futuro” de los punks ingleses en los ’70. “Lo más probable es que yo sea un eslabón perdido que mucha gente no conoce”, le dijo hace unos meses a The Independent. “Alguien tiene que atar esos cabos sueltos entre los ’60 y los ’90. Eso ha quedado vacante (para mí) porque nadie está al tanto de lo que los artistas tuvieron que enfrentar en los ’70.” Su antiguo protegido John Lydon (o Johnny Rotten, en los tiempos en que cantaba en los Pistols) lo consideraba “la persona más maligna de la tierra”, entre otras cosas porque McLaren había logrado imponer su imagen como una suerte de titiritero del cuarteto punk, un manipulador que usó a la banda para sus propios propósitos. Que eran revolucionarios o de autopromoción, o tal vez ambas cosas.


McLaren se formó en escuelas de arte durante los ’60, de las que era consuetudinariamente expulsado. En 1971, junto a su pareja de entonces, la diseñadora Vivienne Westwood, abrió un negocio de ropas llamado Let It Rock y más tarde creó una marca de lencería llamada Agent Provocateur. Pero sus días como agente provocador recién empezaban. Al año siguiente viajó a una feria de moda en Nueva York y allí conoció a Sylvain Sylvain, guitarrista de los New York Dolls. El pelirrojo inglés quedó fascinado con la banda, especialmente porque sus cinco integrantes solían vestirse con ropas de mujer. Adelantados a su tiempo, los Dolls se disolvieron sin demasiado éxito y con demasiadas drogas, pero antes McLaren se dio el gusto de ser su manager. Lo más memorable que hizo con ellos fue un concierto en el que todos tocaron vestidos con ropas de cuero rojo y con una bandera de la Unión Soviética de fondo. La maniobra promocional no dio resultado, pero fue un indicio temprano de la habilidad de McLaren para atraer la atención a través de escándalos.


En esos tiempos, los primeros indicios del punk aparecían en Nueva York, con personajes como Richard Hell (Television, Heartbreakers), quien usaba remeras y pantalones rotos. El inglesito provocador tomó nota y cuando volvió a Londres abrió una nueva tienda, Sex, en la cual vendía atuendos sadomasoquistas y con telas rasgadas sostenidas con alfileres de gancho. El negocio de McLaren fue un éxito y congregó a todos los bichos raros de la ciudad. En 1975 se había hecho cargo de los destinos de una banda llamada The Strand, cuando su asistente Bernie Rhodes –quien poco después sería manager de The Clash– vio en la calle a un flacucho con el pelo teñido de verde y una remera de Pink Floyd a la que le había pintado encima la leyenda “Odio a”. Era Lydon, que se convirtió en el nuevo cantante del grupo, apropiadamente rebautizado Sex Pistols.


El cuarteto fue como una supernova que en poco más de un año consiguió que miles de chicos ingleses –y más tarde del resto del mundo occidental– encontraran eso que ansiaban sin saber de qué se trataba en dos ideas madre: “hacelo vos mismo” y “no hay futuro” (o, más bien, tu futuro lo construís vos). El impacto de cada una de las movidas de los Pistols quedó bien documentado. Aparecieron puteando por televisión, para horror de los medios. Los sellos los contrataban y los echaban sin publicarles ni un simple. Lanzaron “God Save The Queen” durante el jubileo de la reina tocando en un barco que navegó por el Támesis hasta el Parlamento británico y McLaren fue preso, señal de que la maniobra había funcionado. Llegaron al número 1 del ranking, pero su nombre no apareció en la lista (¡había un espacio en blanco!). Brillante y movilizador. Pero los conciertos cancelados, la actitud cada vez más violenta del público, la adicción del bajista Sid Vicious y una gira norteamericana llena de problemas acabaron con la paciencia de los músicos. “¿Alguna vez se sintieron estafados?”, preguntó Rotten al final de su último concierto, en San Francisco.


En la película La gran estafa del rock’n’roll, el arrogante McLaren se estableció a sí mismo como el ideólogo de todo lo que tuviera que ver con los Pistols, cosa que los músicos contradijeron un par de décadas más tarde en The Filth and the Fury. Curiosamente, ambos films fueron dirigidos por Julien Temple. Los años siguientes a la separación de la banda fueron de disputas legales, hasta que McLaren debió pagarle 880 mil libras esterlinas a Lydon y entregarle el control de los Pistols. La gran estafa... le sirvió a McLaren para lanzarse como músico y en 1983 publicó su primer álbum, Duck Rock, en el cual había influencias del hip hop y que tenía el hit “Buffalo Gals”. Fue el inicio de una carrera siempre con un pie en lo experimental y otro en el “sucio lucro”, parafraseando a la banda cuyos destinos manejara. Nunca logró la misma atención que cuando era manager de los Pistols, pese a que metió un tema en la banda sonora de Kill Bill Vol 2, condujo su propio programa de televisión por la BBC, fue productor de la película Nación Fast Food y recientemente creó instalaciones multimedia a gran escala, en el Hyde Park londinense. Pero su huella en la cultura occidental ya la había dejado hacía rato. Y, le pese a quien le pese, ésta ya ha dado señales de ser indeleble.




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