lunes, 12 de abril de 2010

EL MIEDO, LA INSEGURIDAD Y LA POLÍTICA


Por Ricardo Foster


La agenda de los medios de comunicación es recurrente y cíclica; ciertos temas regresan a escena cuando se vuelve necesario atizar en amplios sectores de la población la insoportable sensación de una inseguridad creciente que se asocia, en el imaginario colectivo incentivado por los lenguajes mediáticos, con el miedo. Esa antigua pasión que acompaña a los seres humanos desde la lejanía de los tiempos ha sido eje de un debate fundacional de la política moderna allí donde ha trazado las diferencias centrales entre un proyecto fundado en la utilización astuta del miedo a la inseguridad como fuente de legitimidad del Poder público asentado en el uso discrecional/jurídico de la coerción y de la violencia, y aquel otro que destacó que esa pasión negativa lo que impulsaba era hacia un aumento del sometimiento de los individuos y a un claro cercenamiento de su libertad.

El filósofo italiano Remo Bodei despliega en su excelente libro Geometría de las pasiones una más que oportuna y decisiva contraposición entre las dos líneas maestras del pensamiento inaugural de lo político moderno, mostrando, con claridad, los caminos bifurcados que se abrieron a partir de las interpretaciones enfrentadas que en torno al “miedo” como pasión se expresaron en Baruch Spinoza y en Thomas Hobbes a mediados del siglo XVII. El miedo, según lo aborda el judío holandés, como pasión negativa, como anclaje en un orden de la sumisión que les impide a los seres humanos elegir su camino y que los conduce a la ciega aceptación de la tiranía y la dominación que se afinca, precisamente, en esa pasión que maniata el espíritu libertario y que sigue prisionera de una forma de trascendentalismo. Y el miedo como una pasión positiva y racional que hace posible, en la perspectiva de Hobbes, la renuncia a un estado de peligrosidad y conflicto permanente que será reemplazado por un orden sustentado en la coerción y la renuncia al uso indiscriminado de la violencia; sin miedo a la anarquía social, sin miedo al más fuerte, sin miedo a morir, sin miedo al conflicto y a la violencia no sería imaginable el pasaje del estado de naturaleza al contrato fundacional.

Spinoza como abanderado de una tradición democrática afirmada en los principios de autonomía y libertad y que desnuda el fondo oscuro y represivo que se guarda en la producción intensiva del miedo social; Hobbes, pensador del poder y del Estado, genio fundador de un giro central en la filosofía política, destacará, con fuerza indeleble, la importancia decisiva del miedo como regulador de las prácticas políticas y sociales, como verdadero límite del orden, sea monárquico o republicano. Hacer una pesquisa en torno a la continua presencia del miedo en el pensamiento político moderno es indispensable a la hora de intentar comprender lo que está sucediendo en nuestra actualidad, el modo como en torno a la “inseguridad” se movilizan los recursos materiales y simbólicos de una derecha que busca, a través de este camino, motorizar los “reflejos” regresivos instalados en nuestra sociedad. Escuchar cómo se homologan las diversas formas de la violencia con las protestas sociales buscando criminalizar a estas últimas apelando, como respuesta impostergable del Estado de acuerdo a los reclamos de algunas estrellas de la televisión habilitadas para convertir sus posturas ideológicas regresivas en voz de la opinión pública, a las retóricas de la represión y de la mano dura constituye lo propio del sentido común atrapado en la dinámica del miedo que tiende a deslizarse, lo sepan o no sus portadores, hacia la derecha.


2. En las urbes contemporáneas, en especial las de los países tercermundistas, la desigualdad, la pobreza, la exclusión, el desempleo y la fragmentación social son el caldo de cultivo para la proliferación de las diversas formas de violencia urbana. Una profunda anomia sacude a esos territorios marginalizados amplificando las causas y la multiplicación de las distintas formas delincuenciales, perturbando la “tranquilidad” de los sectores acomodados que sólo atinan a identificar su “miedo” a una inseguridad amorfa, oscura, producto de mundos autogenerados y habitados por individuos socialmente desechables, incorregibles, brutales y cuya peligrosidad sólo puede ser combatida con mano dura y leyes a la altura de la “emergencia nacional”.

Desde siempre las clases acomodadas han transferido sus responsabilidades proyectando la idea de un “mal endémico” en la existencia “natural” de la pobreza convirtiendo al pobre en un delincuente en potencia y borrando las huellas que comprometen a un sistema de exclusión e injusticia del que son básicamente sus usufructuarios. Ahora, incluso, algunos exponentes de esta visión emanada de los sectores privilegiados dan un paso más lejos y condenan a quienes elevan su protesta ante la persistencia de las injusticias como si fueran expresión de una nueva criminalidad que “perturba” la circulación de los buenos y honestos ciudadanos.

La sobreexposición mediática de fenómenos de violencia y de inseguridad tiene como principal objetivo debilitar las acciones que tiendan a buscar caminos alternativos a los de la mera represión pero, fundamental y decididamente, buscan solidificar el miedo en las capas medias amplificando su deseo de mayor control y punición al mismo tiempo que van profundizando las marcas del prejuicio e, incluso y de modo no menor, del racismo allí donde casi siempre la violencia y la inseguridad son consecuencia, según ese relato hegemónico, del vandalismo de los sumergidos, de los habitantes de esas “ciudades del terror” que se multiplican alrededor de los barrios “decentes”.

No casualmente, entonces, vemos cómo se entrelaza un discurso obsesivo, continuo, machacador que viene de los medios de comunicación masivos con el aumento del miedo en las clases medias, hasta confluir con el reclamo de mayor represión y menos garantismo jurídico que suele estar siempre representado, en el imaginario colectivo, por políticas de derecha que se instituyen en portadoras de “lo que quiere la gente” frente a gobiernos pasivos, en el mejor de los casos, o cómplices de la delincuencia y de su proliferación malsana. Esa sobreexposición mediática constituye uno de los principales modos de multiplicar la sujeción social y de contrarrestar cualquier proyecto de transformación de un sistema de injusticias que es la base de la anomia y la violencia apuntando, esencialmente, a consolidar una sociedad fragmentada, atravesada por el prejuicio, angustiada por el miedo y disponible para políticas de coerción que cuajan perfectamente con el odio de clase y la lógica racista tan al alcance de la mano cuando lo que domina socialmente es el miedo. Y, siempre vale la pena aclararlo, la que suele ganar con estos discursos atemorizantes es la derecha que ha sabido apropiarse de los recursos simbólicos desplegados por la máquina comunicacional, una máquina que se ha convertido en la usina productora de esos mismos discursos que multiplican los efectos del miedo y del prejuicio.

A la derecha ya no hay que ir a buscarla exclusivamente a las zonas dominadas por la moralina o la represión de los instintos sexuales, ella ya no mora en las habitaciones oscuras de esas casas semiderruidas que apenas si son testigos de otra época en la que la voz del Gran Inquisidor imperaba sobre la cotidianidad de los hombres recordándoles los horribles fuegos del infierno. A la derecha, a la que ejerce el poder económico y a la que le gustaría volver a ejercer el político, no a los restos retóricos de personajes antediluvianos, no le interesa la cuestión moral ni la defensa de las venerables tradiciones; lo que le importa, aquí y ahora, es captar adecuadamente los reflejos espontáneos de la gente, hacerse cargo de sus secretos más íntimos, apropiarse de sus prejuicios y de sus exigencias no siempre expresadas pero intactas en sus deseos. Y será tarea de los medios de comunicación explotar esa cantera de símbolos y prejuicios, de miedos y deseos movilizándolos a favor de esos nuevos lenguajes que van penetrando intersticialmente la cotidianidad social hasta redefinir las condiciones del entramado cultural político que está en la base de la actual gramática de la dominación.

Pensar esa derecha capilar, hundidas sus raíces en la cotidianidad, implica descubrir algunas de sus manifestaciones, algunos de sus gestos que denuncian su profundo enraizamiento en el imaginario social; y esos gestos se relacionan directamente con la caída libre de aquellos valores articulados alrededor de la cultura, del espíritu crítico, de la educación como experiencia insoslayable en la construcción de una comunidad que aspire a modificar sus injusticias más evidentes. El desinterés que hoy caracteriza a gran parte de la sociedad da cuenta de sus mezquindades y de sus limitaciones, pero también expresa el carácter de una representación del mundo que gira alrededor de la imbecilidad moral, el egoísmo y el sálvese quien pueda.

El problema no radica en esas señales evidentes, lo grave es que los medios de comunicación y los propios actores políticos se colocan al mismo nivel de ese “sentido común”, comulgan con el prejuicio y la pobreza cultural, se hacen los distraídos ante la bancarrota educativa y la brutalización de una gran parte de las jóvenes generaciones. A mayor embrutecimiento, más arraigada esa “nueva derecha” que hoy habita con mayor o menor exposición las calles de nuestras ciudades y las zonas perversas “liberadas” por los dueños de la información y de su circulación. Esa derecha se ve reflejada en el discurso periodístico que domina las rotativas y los canales de televisión, de un periodismo que no ha dejado de ser cómplice de los dueños del poder, que siempre les ha sido funcional, tanto en épocas dictatoriales como en tiempos democráticos.

Sus espasmos histéricos y amarillistas para abordar la realidad, sus groseras simplificaciones, sus exacerbaciones al servicio de esa otra derecha efectivamente activa en los nudos del poder económico y político, de esa derecha que ha financiado desde siempre el lenguaje falaz, mezquino y empobrecedor de esos mismos medios que suelen desgarrarse las vestiduras ante cualquier censura a la “libertad de expresión”, ante cualquier fijación de límites a una impudicia arrolladora que invade la vida cotidiana de los argentinos. Ahora les ha tocado el turno a las protestas y a las huelgas como manifestación del caos y de la anarquía; ayer eran los adolescentes de los barrios marginales que amenazan nuestras vidas, hoy son los piqueteros o los trabajadores del subte quienes nos lanzan al infierno. Nunca le llega, para esos dispositivos mediáticos, el turno a un sistema de explotación que profundiza los males de la miseria, la pobreza y la concentración de la riqueza. Y si el gobierno intenta, aunque sea tímidamente, limitar ese poder discrecional toda la artillería le será dirigida sin contemplaciones. Mientras tanto nos sigue habitando el peor de los miedos, aquel que nos lanza al prejuicio y al reclamo de un gran garrote que nos mantenga bien sujetados.

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