lunes, 19 de abril de 2010

"EL DELITO TIENE QUE VER CON LA DESIGUALDAD"


Shila Vilker es investigadora de la UBA en el tema de inseguridad, sostiene que la sensación de vivir en peligro es operada por los medios, pero que el reclamo de mayor seguridad es legítimo. También habla de la exclusión social y la nueva violencia urbana.


Por Tomás Eliaschev

La genealogía estudia la ascendencia y descendencia de una persona o familia, pero el término también se puede aplicar al estudio del desarrollo de un fenómeno determinado. Tal el caso de la investigación que llevó adelante Shila Vilker, licenciada en Ciencias de la Comunicación y docente universitaria. El objetivo de su trabajo fue reflejar el nacimiento y crecimiento de la inseguridad y de la percepción social sobre esta problemática que en los últimos tiempos se instaló en la agenda pública, con intensidad oscilante según los crímenes o delitos. En un café próximo a la Facultad de Ciencias Sociales, Vilker habla sobre el fenómeno que más pareciera preocupar a los argentinos: el miedo a ser víctima de un crimen. Dice que en su trabajo de campo en Villa Cartón constata que “las principales víctimas son los pobres y los sectores medios bajos”. Y remarca la necesidad de buscar soluciones desde una óptica progresista.

–¿De qué se habla cuando se dice inseguridad?
–La primera vez que se habló públicamente de inseguridad fue en 1996/97. Hasta entonces el delito nunca se había procesado como “inseguridad”. Hoy, por lo general, el término se relaciona rápidamente con la situación delictiva y con las nuevas formas de violencia callejera, de violencia urbana. En realidad uno podría pensar que la inseguridad es una matriz de percepción social, cultural. Nos permite pensar no sólo fenómenos vinculados a la emergencia delictiva sino a cuestiones más experienciales. Entre 1999 y 2001 procesamos la idea del riesgo país, de la amenaza, del blindaje. Son metáforas del ámbito económico vinculadas al problema de la seguridad y muestran que forma parte de la vida cotidiana. Entonces, en términos vulgares hablamos de emergencia delictiva pero en realidad hablamos de una matriz cultural.

–¿Hay “sensación de inseguridad”?
–La inseguridad es una sensación. Pero por definición las sociedades tienen delitos, sin ellos no existen. Ese es el primer punto. Que el delito se procese como “inseguridad” es una mediación que, en una sociedad de medios, es necesariamente operada por los medios. Eso no quiere decir que los medios sean los culpables de la “inseguridad” y que no sea real. Es una dimensión profundamente intersubjetiva y, como tal, es real. La gente tiene miedo y adopta determinadas prácticas.

–¿Es una profecía autocumplida?
–En cierto sentido, sí. Lo que no podemos decir es que la sensación de inseguridad es irreal, o que no vale la pena tenerla en cuenta porque es subjetiva. Que sea subjetiva no quiere decir que es mentirosa, aunque no está vinculada a la objetividad del acontecer delictivo.

–Algunos medios lo instalan como prioridad en la agenda, ¿a qué cree que obedece?
–Los productores de noticias de los medios audiovisuales creen que el crimen vende y plantean una agenda temática vinculada al crimen. Pero que desaparezca de los medios no quiere decir que desaparezca de la agenda social. La inseguridad está instalada en la cabeza de la gente, más allá de la reinstalación temática, como sucedió con el caso de Fernando Cáceres o Georgina Barbarossa.

–¿La combinación de un personaje famoso y menores en un crimen exacerba el reclamo de seguridad?
–Hay dos fenómenos paralelos. Por un lado, una transformación de la economía de la violencia urbana, social. Nos hemos vuelto sociedades más violentas, con privatización de la seguridad, en las que el reclamo de justicia es de justicia sustantiva y no formal. Tiene que ver con las nuevas formas del procesamiento de la violencia. Y con los grados de crisis institucional. Hay un descrédito profundo de la policía, a la que no todos estaríamos dispuestos a pedirle seguridad y protección. Se da un fenómeno ambiguo: la policía es corrupta y escasa. ¿Eso qué significa? Es corrupta, pero quiero un policía en la esquina de mi casa. Es como el chiste de Woody Allen: “Este plato está asqueroso y aparte es muy pequeño”. En esa tensión se mueve parte del reclamo social. Por otro lado, el reclamo de mayor seguridad es legítimo. Tenemos que partir de ese punto. Por el solo hecho de expresarse no convierte a las personas en reaccionarias o de derecha. Reclaman algo legítimo y coherente. El tema es cómo se procesa ese reclamo, qué se hace y qué se pide.

–Analizó los orígenes de la problemática, ¿a qué conclusiones llegó?
–Parte de mi trabajo anterior fue armar una genealogía de cómo apareció en la prensa y cómo fue desarrollándose el concepto de la inseguridad. Lo que pude ver es que desde mediados de los ’90 a esta parte, se impuso la exclusión y nos convertimos en una sociedad excluyente. El discurso de exclusión que generamos es el de la inseguridad, internada justamente en los sectores más excluidos, donde hay una fuerte predominancia de edades menores.

–Muchos abuelos de 40 años.
–Exacto. El 50 por ciento de la población está por debajo de los 18 años, que no tiene expectativa de vida y no puede proyectar a largo plazo. Hay una desestructuración profunda. Claramente la noticia de la inseguridad es la del joven pobre que ataca al ciudadano medio.

–O notoria, como Cáceres o Barbarossa.
–El famoso produce identificaciones más fuertes. Si le pasa a él, puede pasarles a todos. Ese mecanismo de ampliación de la víctima, de que “podrías ser vos”, esa ubicuidad de la víctima, me parece que es inherente al segundo momento. No hay inseguridad sin paradigma de la victimización. La inseguridad lleva a encuadrar un discurso social de las víctimas.

–Que relaciona pobreza con delito...
–El escenario social de pobreza e inseguridad tienen una mutua implicancia. No hablamos de delito de guante blanco, sino de delitos de poca monta, callejeros. Cambiaron las formas del ejercicio de la violencia. La vieja lógica del tipo que pasaba, te robaba y se iba, sigue existiendo, pero lo que genera más sensación de inseguridad es el pibe que está con un caño y dispuesto a todo. Es la imagen del nuevo bárbaro.

–¿Quién se beneficia con el miedo?
–Esa idea implica una lógica de la sospecha. No me gusta pensar la sociedad desde esa perspectiva. Me parece que hay construcciones sociales. Claro que hay beneficiarios. Hay un sueño de promoción social en las fuerzas de seguridad: tener la agencia propia. Hay un negocio vinculado a la seguridad privada. El corrimiento del Estado que cede la protección a empresas privadas, de modo tal que estará protegido quien pueda pagar, implica un negocio descomunal.

–Se ha sospechado que los llamados “barones” de la Policía Bonaerense podían incrementar la sensación de inseguridad según la situación política...
–La policía es una institución compleja. Un policía medio dice: “Tenemos miedo, estamos desprotegidos, a nosotros quién nos cuida”. Pero no es igual en todos los estratos. Me parece que la policía se encasilla en esta idea de que son desagradables, lo viven con sufrimiento. Claro que es más la perspectiva negativa que la positiva que hay sobre ellos, y que en muchos casos hay abuso policial. Pero por otro lado, la policía tiene un mandato fuerte que es el control del acontecer delictivo, que en realidad es más contra la violencia callejera que contra los grandes delitos. El reclamo social que hay a la institución, con el pedido de más y mejor policía, es “controlen la inseguridad”. O sea, controlen el ejercicio delictivo de los sectores más vulnerables y marginales de la sociedad. Por supuesto, eso termina en esa forma de disciplinamiento. La institución tiene que generar mecanismos para limpiar esos hechos.

–Expresiones del tipo “hay que matarlos a todos” parecieran justificar ese accionar...
–Tiene que ver con una brecha social amplísima. Son los efectos de una sociedad desigual. Un dato objetivo: ¿qué controlan las fuerzas de seguridad? ¿Cuál es el mandato que tiene la institución? Controlan la miseria. Cada vez se evidencia más que las cárceles no son suficientes para albergar todo lo que la sociedad reclama que alberguen.

–¿Las diferencias sociales explican el delito?
–La desigualdad en la Argentina es persistente, la diferencia entre los que más y los que menos tienen es fenomenal y está in crescendo. El emergente delictivo tiene que ver más con la desigualdad que con la pobreza.

–¿Cómo juega el deseo de cosas a las que no se accede?
–La escuela y el trabajo solían ser ordenadores de la vida cotidiana, ya no. En el trabajo de campo en los barrios menos favorecidos del conurbano se ve que hay una nueva experiencia de tiempo y espacio. Los organizadores sociales no son los mismos. Hay que pensar las formas de consumo porque hoy es una forma de la ciudadanía.

–¿Uno es según lo que tiene?
–No es una dimensión ontológica. Se es persona en tanto se goce y se participe de los bienes sociales. En la sociedad del trabajo estaba todo puesto en la producción fabril. Hoy la sociedad no se organiza alrededor de eso sino alrededor del consumo del producto. A nivel mundial ya no importa la producción sino el consumo. Eso genera otro tipo de valores y de mecanismos de promoción social, de intereses e inclusive horarios, experiencias, intercambios, recorridos. Es muy tramposo hablar sólo del consumo sin hablar de las cuestiones estructurales que sostienen esta emergencia del consumo, en las que contribuyeron las oleadas de equipamiento técnico doméstico, desde los ’70, pasando por Martínez de Hoz hasta el menemismo. Hoy en las barriadas populares hay gente que carece de todo pero tiene objetos. Antes, la casa del pobre era una casa pelada. Y el consumo no estaba vinculado, como hoy, a la inseguridad. Tiene que ver con las transformaciones sociales. En Las sociedades de control, un breve texto de Gilles Deleuze, se analiza el pasaje de una sociedad organizada alrededor de grandes instituciones (escuela, trabajo, fábrica) que marcaban pautas, formateaban conductas y hábitos, a una que, sin esas instituciones, queda en un vacío espacio temporal.

–Que en otros países se llenó con las pandillas, maras o fracciones, ¿La Argentina se encamina a esa dirección?
–Aquí todavía no se ve. Estructuralmente hay una transformación de la temporalidad y del espacio profundo. Antes, inclusive, tenía que ver con la tele, los programas de ocho a nueve. Hoy la temporalidad es una sucesión permanente en la que nunca se sabe cómo vienen los horarios. Eso cambió radicalmente las experiencias y transformó los vínculos familiares en fuertes intercambios generacionales que desestructuran la idea de joven, adulto y mayor, que en los sectores medios y urbanos todavía dan una cierta regimentación de la vida. Es algo nuevo que todavía no entendemos, se está gestando y puede dar lugar a la emergencia de grupos, pero no sé si con la estructura de pandillas.

–¿Cómo reacciona el Estado?
–Está preocupado y desbordado por el tema del delito. No hay gobierno que se banque esta situación. Es una preocupación seria y honesta. El problema es que muchas veces los reclamos de seguridad atentan contra el estado de derecho. A los progresistas nos cabe insistir con la legitimidad del reclamo. Es un problema real. Las principales víctimas son los pobres y los sectores medios bajos, ellos son los que están más indefensos. Los sectores más acomodados no tienen problemas de seguridad, en el sentido de que pueden pagar por protección.

–Pasó por la función pública, ¿qué les recomendaría a las autoridades?
–El Estado está retraído. Hoy en día las políticas de seguridad y las sociales corren por distintos carriles, es un error. Creo que los medios deberían autoconvocarse, no para regular los contenidos sino para definir políticas de cobertura ante hechos de violencia extrema. Fijar una nueva metodología. Tiene que haber acuerdo, no propondría que el Estado se meta.

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