miércoles, 21 de abril de 2010

EL ASADOR


El místico tiene una fecha asignada para un ritual específico vinculado con la parrilla. El día de su cumpleaños -aunque puede ser cualquier otra fecha-cita a toda la familia en su patio y hace su tradicional lechoncito a las brasas. Trae el lechón desde el fin del mundo (puede ser el litoral o una granja en donde lo alimentan sólo con maíz tierno) y lo deja macerándose en una mezcla secreta durante veinticuatro horas. Al otro día, se levanta a la madrugada, y empieza a preparar el fuego que le lleva casi medio día de meticulosa ingeniería gastronómica. Su pico de felicidad es cuando se sienta en la punta de la mesa, con una cuchilla en mano, a recibir elogios y aplausos. Puede llegar a tener un brote maníaco si su mujer propone una mesa fría, pero se le pasa cuando le aclara, asustada, que no era más que un chiste o una equivocación.


El obsesivo también se apega a la tradición, pero de manera más enfermiza. Tiene que ir a buscar el asado a una carnicería específica en Villa Urquiza, trenzar los chinchulines a mano luego de hervirlos en leche durante 20 minutos, poner el diario y la madera de una forma particular en la parrilla, y salar cada 50 minutos para lograr que la carne no se seque. Invariablemente toma siempre a un hijo de asistente (que cuando cumple 13 años ya no quiere seguir ayudando), al que le relata todos los pasos de ese ritual con excesiva preocupación, y persigue a su mujer para que todo esté perfecto desde el miércoles a la tarde. Si, por casualidad, el asado sale mal (los invitados llegaron tarde y se secó, la carne estaba dura, o se largó a llover cuando estaba prendiendo el fuego) no puede dejar de hablar angustiado de ese evento durante toda la celebración.


Mucho menos riguroso pero igual de pesado es el exagerado, que va al supermercado, compra 120 metros de tira de asado, 40 chorizos y 12 pollos para seis personas porque lo aterra que la gente se quede con hambre. No observa ninguna técnica en especial (ni siquiera limpia la parrilla), más que suplir con cantidad y exceso cualquier déficit de sabor. Es el mismo que invita a 140 personas para su cumpleaños, que ensucia todo el baño de carbón cuando se lava las manos, y que ocupa todas las fuentes de la cocina para hacer pruebas. Durante el almuerzo persigue a los comensales con expresión de preocupación porque nadie come la cantidad que él calculó en su mente escandalosa. Si alguien le dice que está satisfecho, pone cara de víctima y le pregunta "¿Un poquito más?" o le dice "¡Si no comiste nada!" mientras trata de ponerle otro pedazo de vacío en el plato.


El impertinente es un hereje que no puede soportar los límites del asado tradicional y vive buscando variantes para usar la parrilla. Hay algo -falta de límites, necesidad de provocar, delirio de chef- que le impide tirar un vacío y unos chorizos a las brasas y ser feliz. Tiene que cambiar las cosas aunque sus recetas arruinen la receta original. Es, además, el típico fanático que prende un fuego para hacer dos hamburguesas y el defensor a ultranza de perversiones tales como el matambrito a la pizza o la pizza a la parrilla, o de cascarle un huevo encima a los morrones. Cree que un asado no es asado si no hizo todo a las brasas y también tiene su postre parrillero (asa bananas abiertas con una barrita de chocolate águila adentro) que sirve con orgullo a sus comensales desorientados.


LA ANFITRIONA


La anfitriona es el Robin del asador; la que se encarga de los detalles menores como la mesa, las guarniciones y detalles como el pan y las bebidas. No puede acercarse a la parrilla más que para llevar un vino, traer las fuentes que van usando, o pedir los fósforos prestados, pero es la responsable de organizar y hacer sentir cómodos a los demás. Las hay más prolijas y más descuidadas, más cancheras y más miedosas, o lo que es peor: más o menos malhumoradas.


La quejosa, por ejemplo, está durante todo el almuerzo con cara de culo porque nadie lava y porque todos ensucian. En vez de relajarse y disfrutar, desde que traen el primer choripán está pensando en todo lo que va a tener que ordenar. Es la típica que le grita entre dientes al marido porque su hermano trajo a la nueva esposa o porque sus compañeros de fútbol están comiéndose el pan y la ensalada antes de que todos se sienten en la mesa. Levanta los platos inmediatamente después de comer y si alguien le dice que no se apure, le tira una indirecta filosa para silenciarlo: "No, gracias. Los voy a lavar ahora porque después la que se queda sola con la pila de platos soy yo".


Su contrafigura es la espléndida, una excelente anfitriona, que cocina divinamente y adora recibir gente en su casa. Siempre sorprende con algo insólito de entrada, guarniciones interesantes y novedosas, y un montón de gente piola para charlar. Tiene buen gusto, es canchera y se ocupa de que todos la pasen bien, sin tener que invertir un dineral. En general, de ahí te llevas dos recetas de ensaladas impensadas, una marca de vino buenísimo de 15 pesos, y la dirección de un monasterio en donde hacen la torta que sirvieron para el té. Con ella siempre se la pasa bien, incluso si su marido es el asador Hereje o el Exagerado.


La aterrada -una chica joven que está en pareja con un hombre maduro - siente que organizar un asado es más difícil que ofrecer una fiesta para la reina de Inglaterra. Le cuesta tanto acordarse de todo y resolver los pequeños conflictos de la organización que le termina dando pena a todo el mundo y nadie come nada para no molestar. Va a hacer las compras al supermercado y trae cualquier corte de carne, en vez de espinaca compra acelga, y pasa media mañana haciendo una receta de zanahorias glaseadas o papas aplastadas que vio en la tele, y que sirve temblorosa y avisando que es la primera vez que las hace y que no sabe cómo están. Si es la esposa del Místico o el Obsesivo, terminan siempre peleados, con ella lloriqueando en el dormitorio porque hizo todo mal y el marido le gritó.


Bastante peor que la anterior es la desastrosa, que organiza unos asados penosos y encima no le importa. Su mesa parece un puesto de vajilla usada en la feria de San Telmo; no hay un solo cubierto o plato del mismo juego y hay que compartir los vasos porque no alcanzan para todo el mundo. No tiene gaseosas light, se olvidó de llenar las hieleras, y para hacer choripán trajo las baguettes del supermercado. A la tarde sirve una torta quemada y rota que según ella "está rica igual" junto con café de filtro aguado en tazas diversas y se cree que está ofreciendo un té en la embajada de Austria. Su lema es "comelo así con la mano" o "enjuágalo un poquito" y en general, sus invitados huyen incómodos y sedientos a las tres de la tarde a buscar algo para picar en una estación de servicio.


LOS INVITADOS


En todo asado, hay un primo amarrete que cae con su familia temblando de hambre y una botella de Pepsi caliente en la mano. En líneas generales, arrasa con la parrilla como si nunca hubiera comido, critica la marca del vino, cuenta toda la plata que gastó en Navidad, y se tira a dormir en los sillones del living mientras los demás levantan la mesa.


Hay también siempre una desubicada que se la pasa fumando mientras los demás ponen la mesa, avisa que ella no lava los platos porque el detergente le da alergia, y le da de comer al perro durante todo el almuerzo a pesar de que le advirtieron que no le hiciera. En general es la cuñada de la Quejosa, que termina loca de los nervios porque la Desubicada destrozó las tortas con su cuchillo, le dio chocolate a su hijo de seis meses y le mostró el tatuaje que tiene en el escote a su hija de trece años.


Otra invitada insoportable es la malcriadora, una madre que está convencida de que el asado debe girar alrededor de las taras de sus dos hijos maleducados. Entre otras cosas, sus hijos lloran porque no hay Sprite, porque quieren pollo en vez de carne, porque quieren sentarse en la punta de la mesa y porque el perro tiene rulos. No hay minuto del asado en el que se pueda dialogar en paz, o en el que la anfitriona se pueda sentar a comer y no esté buscando algo para darles a los chicos y que se callen.


Por último, existe la novia joven de algún hijo o amigo que viene por primera vez y anuncia algo que hace tambalear el sagrado equilibrio del ritual: que es vegetariana. Desde ese momento, todo el asado queda articulado en función de su negativa de comer carne. La anfitriona le ofrece milanesas de soja o pedirle algo por teléfono, el asador le dice al novio que les hubiera avisado, y el resto de los invitados le pregunta durante todo el almuerzo por qué no come carne, qué come, si no se debilita y si lo hace por los animales. En vano ella jura que se arregla con ensaladas. Al final no come nada, pone a todos incómodos, acapara la conversación con sus discursos de Greenpeace y se pelea con la Desubicada por la tirita de cuero de un par de zapatos.

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