lunes, 19 de abril de 2010

SINFONÍA PRIMARIA


Más de cien agrupaciones en el país convocan a entre tres mil y cinco mil chicos de bajos recursos. Con la música retoman el colegio y se reinsertan en la sociedad.


Por Luciana Malamud

La escuela del barrio San Carlos, en Moreno, está lista. Van llegando los músicos con sus instrumentos y se van acomodando para el ensayo que dirigirá Adrián Crocce. Cada uno prepara su violín, su viola o su cello, lo afina, acomoda las partituras y escucha cómo será el orden de la presentación. Los músicos son chicos de entre 5 y 18 años, que integran diversas orquestas juveniles conformadas entre 2007 y 2009, con apoyo de cinco organizaciones sociales coordinadas por Vicente Graziano. Ninguno había visto un violín antes, y mucho menos habían pensado que podrían ejecutar música clásica o folklórica a pocos meses de empezar a ensayar. La iniciativa social, sumada a los proyectos que lanzaron en los últimos años el gobierno porteño, el Ministerio de Educación nacional y la Secretaría de Cultura, suma más de 100 orquestas, de entre 30 y 50 chicos cada una. El espíritu que anima la actividad es lograr la inclusión social a través del arte, generar igualdad de oportunidades, mantener un aprendizaje colectivo que promueve valores para la vida cotidiana y fomentar la reinserción y retención escolar.

Madres, padres y hermanos se sientan alrededor del salón. Se hace silencio. La función está por comenzar. Adrián se ubica al frente de la orquesta Sol Mío y da la señal de inicio. Una danza rumana, un carnavalito y algo de clásico. Es un ensayo, aclara el director, e interrumpe para ajustar el ensamble. Habla un lenguaje que sólo entienden los que saben de música. Y los chicos entienden.
“Lo más lindo es que estén conectados con la música. Es una oportunidad y, por suerte, pudimos comprar el violín”, dice Sandra, mamá de Rocío Morales, de 12 años, que se integró a la orquesta hace dos años, cuando la escuela a la que asiste lanzó la convocatoria. Las orquestas se instalan en barrios humildes, donde los chicos tienen escasas posibilidades de participar en actividades culturales, donde abundan los problemas familiares, de violencia, de droga, y hay muy pocas perspectivas de futuro para los jóvenes. Uno de los objetivos iniciales es que los chicos se vayan apropiando de los instrumentos y asumiendo la responsabilidad de cuidarlos. Primero, se los prestan, y después, se los venden mediante un plan de cuotas “del monto que cada uno pueda pagar”.

“Yo quiero ser como mi hermana, pero en lugar del cello quiero tocar el violín”, grita Ludmila, de la orquesta pre-infantil, mientras su compañero Nahuel va y viene sin soltar ese instrumento por nada del mundo. “Todos tienen la posibilidad de tocar, sean de acá o de otro barrio”, dice Vicente Graziano, sentado en el umbral de una Biblioteca Popular, donde ensaya la orquesta de Barrio Sauce gracias al apoyo de la ONG Crear Vale la Pena. “Una orquesta representa y refleja lo que debería suceder en la sociedad; es el respeto hacia el otro, es solidaridad, es un ejercicio de espera”, reflexiona.

Los músicos son “chicos en situación de riesgo, no tienen la posibilidad de saber quiénes son ni qué quieren –dice Adrián Crocce, el director–. No tienen la posibilidad de desarrollar su subjetividad. Son objetos perdidos en una masa homogénea: todos son del mismo club de fútbol, del reggaetón, de Tinelli. Y la marginalidad se naturaliza”.

Como contrapartida, en la orquesta se resaltan las individualidades. Gilda, la mamá de Jeremías y Agostina, hace todo lo necesario para garantizar que sus hijos no se pierdan los ensayos. Jeremías, cuenta, era solitario y no tenía amigos, pero ahora muestra una sonrisa enorme mientras afirma que quiere ser músico. Nunca falta a los ensayos grupales ni a las clases. “No es que la música les salva la vida, pero les acerca una cierta cultura. Y, fundamental, la orquesta es un lugar donde no hay diferencias”, resalta Gilda.

“Nosotros vemos los cambios. En Moreno había un pibe que robaba, incluso dentro de la orquesta. Hoy es uno de los primeros que pide silencio y cuida las cosas”, cuenta Adrián. Y reafirma Vicente al señalar que “cuando el vínculo entre todos los integrantes se hace fuerte, los valores se incorporan solos”. La orquesta pasa a ser del barrio. Y en ese sentido es multiplicador, porque alcanza al almacenero, a los padres, a los hermanos, a los vecinos. Todos participan de la movida, escuchar algo distinto a nivel musical, van a las presentaciones en escuelas o en teatros, y se amplía la mirada.

En la escuela Bernabé Aráoz, en la provincia de Tucumán, termina el ensayo y los chicos se sientan al pie del mástil a conversar sobre el proyecto. “Lo que más me gusta es cuando tocamos todos juntos”, lanza uno y los demás coinciden. ¿Qué hacían antes de estar en la orquesta? “Dormíamos hasta tarde, mirábamos tele”, dicen encimando las voces. “La música te abre otra expectativa, otro camino. Los profes siempre nos alientan y eso motiva”, confiesa Celeste. “Te relaja, te olvidás de los problemas. La música es como irte a otro mundo”, reconoce Karina, que eligió tocar el oboe. “Nuestros papás están chochos. Dicen que la música nos cambia. Yo antes era rebelde, contestaba mal, y ahora estoy más tranquila. Es una responsabilidad más, tenemos que aprender a organizarnos mejor”, admite Ivone.

Según Javier Bolea, el director musical, los padres van a las reuniones y hacen colectas cuando les toca viajar para presentarse en otras zonas. “Se genera algo muy interesante. Los chicos se sienten creativos y tienen una energía, un entusiasmo, que contagia a las personas que tienen cerca y llega al ámbito donde viven”, comenta.

Enrique Cáceres, coordinador de las orquestas del Ministerio de Educación de Tucumán, cuenta que en las horas libres los chicos pueden pedir los instrumentos para practicar. “El que nunca se queda sentado en clase, el más problemático, es el que espera pacientemente su turno para tocar el instrumento que eligió. La orquesta aporta un sentido de pertenencia y pasan de ser un grupo excluido, a sentirse parte de algo”, comenta. Y Claudio Espector, uno de los iniciadores en la formación de orquestas en el país que colabora con los diferentes programas de gobierno, asegura que de esa manera mejoran su rendimiento escolar (ver aparte).

En el barrio tucumano La Bombilla están los chicos de la orquesta Juan XXIII. Emanuel, de 14 años, toca el sikus, pero en este momento no para de hablar: “Esto es como un reto. Buscamos cada vez cosas más difíciles para que la vida sea más divertida. Expresamos lo que sentimos a través de la música”. Sebastián, de 18, toca la guitarra y ahora el violín, porque le gusta “la melodía y el sonido que se puede lograr”. Hace cinco años abandonó la escuela, pero este año volvió con la orquesta. “Nos divertimos y aprendemos a respetarnos. Compartimos la sabiduría que nos dan los maestros”, dice Emanuel, fanático de la Negra Sosa y Elvis Presley que trabaja de jardinero con Daniel y de “músico a la gorra” con Sebastián.

“La música es una excusa. Se trata de que puedan ser escuchados y ser libres –resume Adrián Crocce–. Libres para expresarse sin condicionamientos.”

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