jueves, 21 de abril de 2011

VOLVER AL HORROR



Un ex combatiente comparte experiencias y sensaciones del viaje a las islas junto a un grupo de compañeros. Recuerdos, imágenes y desahogos en el viejo campo de batalla.


Por Ernesto Alonso (ex combatiente y miembro del CECIM)


Partimos hacia las Islas Malvinas el 12 de marzo para realizar un viaje hacia nuestro pasado, un pasado que nos marcó para siempre. Es el cuarto año consecutivo que un contingente de 16 ex combatientes puede regresar y que se hace efectivo mediante el convenio entre el Centro de Ex Combatientes Islas Malvinas (CECIM) La Plata y la Municipalidad de La Plata. La fuerza de nuestras vivencias y el respeto profundo por nuestros compañeros caídos nos obliga a que, en cada viaje, se reafirme nuestro compromiso militante, para que se entienda la insensatez de una guerra que nos perjudicó y se revalorice el sentido de la vida y de los derechos que los argentinos tenemos sobre ese vasto territorio usurpado.Nuestra estadía en las Islas se extendió hasta el sábado 19. Habíamos salido desde Río Gallegos en el vuelo que opera la línea Lan Chile, todo segundo sábado de cada mes. Desde el preciso momento en que el avión despega de Río Gallegos casi que se empieza a divisar el contorno inconfundible de las Islas. Y se abren las puertas de los sentidos.Es muy fuerte llegar al aeropuerto. No es el mismo aeropuerto al que arribamos en 1982, en Puerto Argentino. Hoy es la Fortaleza Militar de Malvinas, la Base de Mount Pleasant, donde la envergadura de las instalaciones militares da cuenta de la importancia estratégica que tienen las Islas para los usurpadores de nuestro territorio.De antemano percibimos que este viaje tendría un condimento particular: la mayoría habíamos sido compañeros en la colimba y en Malvinas, un grupo humano de fierro que se formó en las Islas en medio de la guerra y que siguió unido hasta hoy, consolidados en una organización que nos permitió aprender a sobrevivir en la posguerra. Esa organización es nuestro querido CECIM La Plata. Juan Andreoli, Luis Aparicio, Sergio Sánchez, Fabián Pasaro, Aníbal Grillo y yo, Ernesto Alonso, todos de la 1ª Sección de la B; Fernando Magno del puesto comando en la segunda sección; Martín Raninqueo de la Compañía Comando del Regimiento 7, y Gustavo Acacio, del GADA 601 destacado en Ganso Verde. Lo primero que recorrimos fue un circuito que comienza en Fitz Roy, el lugar donde estuvieron prisioneros Juan Andreoli, Luis Aparicio y Fabián Pasaro después del terrible combate del 11 de junio, en Monte Longdon. Durante el conflicto bélico, nosotros –que habíamos podido replegarnos– los teníamos por muertos. Pero más tarde aparecieron como fantasmas en Puerto Madryn, bajando del Canberra que estaba hundido.Seguimos hacia el cementerio de Darwin que está emplazado en una pradera de una belleza particular, donde resulta imposible no quebrarse, ahí cuando comenzamos a caminar entre las cruces y a buscar a los que cayeron y ya no están. Más de la mitad de las tumbas no están reconocidas y esta situación irregular no es una cuestión menor: tiene que ver con el pensamiento de quienes, en 1982, tomaron la decisión de recuperar las Islas Malvinas con una acción militar que nos llevó al conflicto armado con Gran Bretaña el 2 de abril y que dejó un saldo de 649 muertos. Tiene que ver con el pensamiento de un Estado terrorista que después del 14 de junio de 1982, al regreso de los soldados combatientes al continente, impuso el silencio amenazando a todo aquel que en ese presente contara algo de lo sucedido en las Islas. El cementerio de Darwin es un cementerio privado de identidad.La travesía continuó con un acompañamiento a Gustavo Acacio que iba detrás de su historia, la del combate en Ganso Verde, donde la intensidad del enfrentamiento había sido brutal. Nos relató desde dónde recibían los ataques aéreos, cómo los repelían con la bitubo antiaérea, cómo aguantaron hasta que no pudieron sostener más la situación. Nos contó que habían enterrado a los muertos argentinos y británicos, nos cerró su relato con su duro regreso a casa vía Uruguay.Darwin, Goose Green, San Carlos eran lugares muy nombrados, pero inexistentes, remotos, distantes para todos nosotros. Al menos, hasta ahora. Porque pudimos conocerlos, recorrerlos y vincularlos a las historias de Juan, Luis, Fabián y Gustavo que habían compartido las cámaras frigoríficas de un viejo matadero abandonado en Bahía Ajax como prisioneros de guerra. Fabián Pasaro, “el Cucu”, y Martín Raninqueo, “el Indio”, llenaron cada instante y cada lugar, con música, la música que también habían llevado a Malvinas muchos de nuestros amigos en su alma, la música que por entonces estaba prohibida. Martín, “el Indio”, con una guitarra al hombro, nos llevó hasta su posición en Wireless Ridge, donde empezaron a surgir los nombres de los primeros muertos: Pedro Vojkovic, Manuel Zelarrayán, Carlos Hornos y Guillermo Granado se habían metido en un campo minado y nadie les había avisado. Buscaban comida y terminaron siendo los primeros muertos por el hambre. El cuerpo de Pedro fue llevado al comando de la X Brigada donde un capitán, de apellido Yrigoyen, expresó: “Que se joda, por boludo”.Cada día que vivimos en este regreso a las Islas fue muy intenso. Recordamos historias mínimas y relatos profundos. Todo recuerdo sumó una pieza para contribuir con el armado de un gran rompecabezas. Las imágenes fueron surgiendo, todas en blanco y negro, verde oliva, gris. Pero, a través de los días, también aparecieron los colores.Finalmente, llegó el momento de subir al Monte Longdon, donde la mayoría del grupo, durante la guerra, permaneció más de 60 días. Queríamos subir y acampar, pasar una noche para rendirles homenaje a los amigos, para que la noche fría nos atrapara en el recuerdo. Fue una experiencia increíble: automáticamente cada uno de nosotros salió a buscar la posición que había tenido en aquel lugar, 29 años atrás.En ese laberinto de piedras, que es la altura máxima del Longdon –están todas las piedras, la naturaleza no se atrevió a cambiar la geografía–, nadie le puede errar ni por un centímetro a reencontrarse con ese espacio donde pasamos tantos sufrimientos. Cada momento está en nuestro ADN.Juan y Luis comenzaron a remover las piedras y entre la turba aparecieron objetos personales, un cepillo de dientes, una maquinita de afeitar, un dentífrico. Todo estaba allí como si el tiempo no hubiese pasado. El “Cucu” sacó una media, un paquete de curaciones. Todos se transformaron en antropólogos de su propio pasado y fueron encontrando los restos que habíamos dejado allí entre abril y junio de 1982.Aníbal indicó dónde había pegado el bombazo sobre su posición, cuando una esquirla casi le arranca el brazo. Sergio contó cómo había sido pisado por un inglés que lo había dado por muerto aquella noche del 11 de junio. Fernando recordó la última comunicación telefónica con la primera sección que había sido atacada por el PARAC III.En Malvinas, cada uno vivió experiencias diferentes, por más que haya estado a un metro del otro. Se pueden contar 10 mil historias, cada instante fue único para nosotros. Y así unidos, nos dimos cuenta de que el dolor era dolor pero menor si se lo compartía con el compañero. Lo importante es el relato colectivo que pudimos sintetizar con muchos de los que estuvimos allí presentes reconstruyendo el día a día.En cada viaje, nos convencemos más de que es necesario hacer un ejercicio y poner cada cosa en su lugar, revisar ese pasado para construir el futuro, poner a los dictadores y asesinos en la cárcel y a los responsables de la derrota, también.Durante todos estos años, han tratado de separar, distanciar, excluir a la guerra de Malvinas como parte de la dictadura militar, intentando justificar con los argumentos más inexplicables que la decisión tomada por quienes no respetaron la soberanía popular, apropiándose de un mandato que el pueblo no les otorgó, había sido la correcta.Los ex soldados fuimos testigos de las aberraciones cometidas por oficiales y suboficiales de las Fuerzas Armadas, a través de los testimonios de los que sufrieron en carne propia la tortura física, psicológica, los estaqueamientos y la traición. Fuimos testigos de la impericia, la irresponsabilidad y la cobardía por parte de quienes nos conducían. Nos quisieron imponer un pacto de silencio, el que a “ellos” les enseñaron. Intentaron durante todos estos largos años contar otra historia, la que “ellos” denominaron “La Verdadera Historia”. Condicionaron la democracia con nuestra causa, y la de “ellos”, su causa, las leyes de obediencia debida y punto final. Les mintieron a los familiares, nunca hicieron una autocrítica y se ocultaron bajo el manto de neblina que persistió en estos largos años.Toda nuestra historia, la que comenzamos a forjar apenas regresamos, desde nuestro querido CECIM La Plata, es fruto de una identidad férrea. Los que fuimos colimbas nada teníamos que ver con los uniformes militares que estuvieron manchados de sangre compatriota, salida de las mesas de torturas o de la ignominia de los secuestros de niños.A 29 años de aquella guerra, más que decir algo, es imprescindible volver a sentir el derecho pleno a pensar que la historia que nos tocó vivir no fue en vano. Que el dolor no fue –ni es– en vano. Que el recuerdo no debe ser sólo pesadilla. Que la memoria no debe ser convocada sólo una o dos veces al año. Que Malvinas es mucho más que la guerra. Que Malvinas es presente y futuro.

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