domingo, 3 de junio de 2012

EL ROCK DE LAS VAQUITAS AJENAS

La avalancha de visitas internacionales deja importantes secuelas en la producción local. Apuntes para entender el modelo de negocios global y las estrategias posibles para darles más aire a las bandas argentinas.

Una oferta para casi todos los gustos. Sin descansos, plural, enriquecedora. Bandas esperadas desde hace décadas, nuevas figuras, espectáculos enormes, propuestas modestas y expresiones de convocatoria intermedia. Durante el primer cuatrimestre de 2012 la Argentina en general y la Ciudad de Buenos Aires en particular vivieron una explosión de visitas musicales internacionales. La tendencia parece más potente que nunca y todo conduce a pensar que llegó para quedarse. El público está de parabienes. A la vuelta de la esquina le ofrecen –a quienes pueden pagarlo– muchos de los shows más importantes del mundo y propuestas artísticas de gran nivel. Al mismo tiempo, como siempre, circula un nutrido lote de baratijas culturales. Ese abanico portentoso y avasallante también genera distorsiones. Posterga a los músicos locales en posibilidades de trabajo, de desarrollo y finalmente tiende a empobrecer las expresiones artísticas de nuestro país.
Roger Waters logró en Buenos Aires un récord sorprendente: nueve shows repletos en un estadio como el de River Plate, un caudal de convocatoria que no pudo repetir en ningún otro lugar del planeta. Es el símbolo más visible de la nueva oleada de visitas. Pero en el primer tercio del año se sucedieron un promedio de casi un show internacional por día. Y ya están en agenda el regreso de Madonna y para el próximo año el desembarco del megafestival Rock in Rio. En el medio se concretarán centenares de presentaciones de diverso origen y género. La música no tiene fronteras –dicen algunos–, pero sería ingenuo pasar por alto que las cuentas bancarias sí las tienen y que ningún país sano puede dejar librado a las fuerzas del mercado global sus expresiones culturales.
Los motivos de esta tendencia son múltiples. En primer lugar la reconversión del modelo de negocios del rubro. La explosión que generó la circulación por Internet de discos y canciones de ninguna manera mató ni matará a la música. Ni siquiera a sus históricos beneficiarios comerciales. Sí cambió la lógica comercial. Si antes las bandas y solistas casi salían de gira para vender discos, ahora se puede decir que editan discos para salir de gira. Sadaic –Sociedad Argentina de Autores y Compositores– y Capif –Cámara Argentina de Productores de Fonogramas y Videogramas– se especializan en no dar cifras. Pero para aproximarse a esta transformación –según datos brindados por la Secretaría de Cultura de la Nación– es útil repasar que, en 2005, el 54 por ciento de la facturación del negocio de la música en la Argentina correspondía a la venta de fonogramas, y poco menos del 40, a los shows. Ya para 2009, casi el 68 por ciento de la facturación –que alcanzó los 700 millones de pesos– provino de las presentaciones en vivo, y el 32 se recaudó con la venta de discos. Todo indica que esta tendencia se aceleró aún más, con especial acentos en los eventos internacionales. Desde los países centrales comprendieron antes que nadie la necesidad de facturar desde los shows y el achicamiento de sus mercados –también producto de economías en crisis– obligó a darles más vigor a las estrategias para exportar el excedente de oferta a los países periféricos. El poder adquisitivo de un porcentaje importante de argentinos, una demanda cultural histórica y cierto encandilamiento de una parte del público por los productos extranjeros completan el escenario de demanda.
Puede ser tan enriquecedor disfrutar de músicas de otras culturas como peligroso desalentar las propias. De esta situación y las posibles medidas para por lo menos reducir las asimetrías hablaron con Miradas al Sur Cristian Aldana (titular de UMI, Unión de Músicos Independientes), Mundy Epifanio (histórico manager de rock, que hoy trabaja en la Argentina y España) y Nelson Ávila (gerente de Legales de Aadi, Asociación Argentina de Intérpretes).
–¿El volumen de visitas internacionales condiciona a las bandas locales?
–C. A.:
Sí. Es muy evidente. Vienen bandas y solistas grandes, medianos y chicos, y tocan todos los días de la semana. Incluso el abanico de estilos es muy amplio. Me acuerdo que a fines de los ’80 no venía nadie y aparecieron bandas como Gene Love Jezebel, que en Londres tocaban casi en bares y acá juntaban cinco mil personas y llenaban Obras. En los ’90, la convertibilidad favoreció que llegaran con asiduidad bandas importantes. La crisis de 2001 cortó casi todo y ahora múltiples factores favorecen un volumen de visitas inédito. Hay grandes empresas que traen bandas, pero también pequeños productores. Incluso ya no vienen sólo a Buenos Aires: Rosario, Córdoba y Mendoza comienzan a ser plazas atractivas para las bandas extranjeras. Todo esto construye una oferta muy grande y complica los bolsillos. Los chicos tienden a aprovechar los megashows internacionales y el dinero no da para mucho más. En ese contexto, las bandas locales tienen menos público y se ven obligadas a bajar más los precios de las entradas. En las bandas chicas esto se siente mucho más.
–M. E.: La gran oferta internacional empuja para abajo a las propuestas locales. Particularmente a las menos conocidas. En los números más convocantes también impacta, pero un poco menos. A la mayoría de las personas les gusta ir donde está el éxito. Y asocian ese éxito a los grandes acontecimientos, las grandes luces. Incluso antes que a la música. Todo eso te lo garantiza un buen espectáculo internacional. Esa gente no es tan afecta a pagar entradas para bandas nacionales. Y mucho menos para un grupo nuevo.
–N. A.: El impacto es muy fuerte. Por supuesto que no les pega de lleno a Fito, Charly y otros grandes. Pero achica notablemente la actividad y condiciona el trabajo de miles de músicos.
–Uno de los motivos de este movimiento es el contexto internacional. ¿Se trata de una tendencia que llegó para quedarse?
–C. A.:
Buenos Aires es una ciudad muy activa culturalmente que demanda shows de primer nivel. Está bueno que vengan bandas, particularmente las de mayor valor artístico. Pero hay que buscar un equilibrio. Hay talento por toda la Argentina. En eso siento que somos potencia. Pero se les complica tocar. Hay que buscar formas de mayor equilibrio. El negocio de la música ya no pasa por la venta de discos. La clave está en los shows en vivo y por eso cada vez las bandas internacionales giran más y buscan más mercados. El negocio está en transición por la posibilidad de bajar música por Internet. Pero la tendencia a que se recaude más por los shows en vivo me parece que va a seguir, al menos por un tiempo largo.
–M. E.: Se produce por múltiples factores y va a seguir. Hay en el mercado un montón de artistas de mucha experiencia y muy bien trabajados que giran por todo el mundo. El roquero reventado no existe más. Los músicos de los ’80 y los ‘90 crecieron, tienen más responsabilidades, viven de puta madre y quieren mantener eso. Por eso se cuidan, llevan médicos de gira y tocan lo más posible. Paralelamente, las compañías no trabajan más con artistas nuevos. Desde hace más o menos cinco años dejaron de desarrollar productos. Entonces sacan a girar a grupos ya probados. Todo eso favorece las visitas. Además de un dólar accesible y del hecho de que cada vez hay más público para el rock: ya vemos a padres e hijos en shows, no falta mucho para ver abuelos. A esto le podemos sumar el cholulaje de gran parte del público latinoamericano por todo lo que sea anglo.
–N. A.: Ante la caída de las ventas de discos el negocio se reconfigura. En Inglaterra y EE.UU. se dan cuenta rápidamente de eso y las discográficas empiezan también a meterse en el management. Ellos fijan la agenda. Nada es causal. Un economista uruguayo, Claudio Rama, dijo: "La demanda en lo cultural se educa y se dirige". Para que vengan tantas bandas y les vaya bien tienen un montón de instrumentos de marketing, promoción y acuerdos de difusión. El bombardeo previo a un show no es casual: es dirigido, y en eso da mucha ventaja con respecto a las propuestas locales. En los ’70 había discográficas argentinas. Para los ¹90 no quedaba ninguna. Las multinacionales adquirieron los catálogos de las bandas locales, pero en la mayoría de los casos los freezaron para favorecer su agenda. Considero que es una tendencia muy fuerte, que va a durar mucho tiempo, pero también depende de cómo respondamos nosotros.
–¿Qué se puede hacer para aminorar el impacto negativo del aluvión de visitas?
–C. A.:
Me parece que esto nos lleva una vez más a la necesidad de que se sancione el proyecto de Ley de la Música que impulsamos desde la UMI. Creo que sería muy útil, por ejemplo para estipular por ley que toda banda extranjera tiene que sumar artistas locales en sus shows. Esto es muy importante porque genera derechos editoriales para los grupos argentinos y porque los muestra ante grandes públicos. Hay muchos ejemplos de bandas que crecieron notablemente después de tocar en algún show internacional. Ahora me vienen a la cabeza Los Brujos cuando telonearon a Nirvana y Las Pelotas cuando abrieron para los Rolling Stones. También se debería trabajar sobre algún canon para los shows internacionales de gran porte, de esta manera se podría redistribuir y favorecer el crecimiento y difusión de las bandas locales. Eso podría administrarlo el Instituto de la Música, que impulsa la ley que llevamos al Congreso. Pero hay que hablarlo con los diferentes actores de la industria.
–M. E.: A lo de una ley para teloneros lo veo innecesario. Es mover una maquinaria legislativa para algo que se da en la práctica. Creo que fuera de Roger Waters y quizás U2, todos los shows internacionales tuvieron alguna banda argentina que hizo de acto de apertura. En Europa central el Estado subvenciona a las salas y hay –mínimo– una por ciudad. Al mismo tiempo las obliga a que tengan 30 shows al mes: es decir uno por día. Eso empuja para que toquen las bandas locales y que trabajen juntos para que los recitales tengan un piso de público aceptable, de lo contrario es contraproducente para las dos partes. Esa puede ser una buena idea a imitar, pero la clave es que se implemente con eficiencia.
–N. A.: El mercado siempre impone desigualdades y estas son todavía mayores cuando involucran a industrias tan poderosas como las de Inglaterra y EE.UU. Necesitamos un Estado más comprometido para defender nuestra producción cultural, pero primero tenemos que unirnos y organizarnos quienes trabajamos en ella. Lo que sucede en el cine con el Incaa puede ser un buen ejemplo. Más allá que tenemos alguna diferencia con la Ley de la Música, la creación de un instituto es muy importante. Hay que tomar la experiencia de otros países. Brasil impulsó la bossa nova y la música internacional no tiene allí una penetración tan grande. En Uruguay y muchos países de Europa también hay normativas que protegen a los artistas locales. Sería bueno que se cumpliera la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. En este caso me refiero a los porcentajes de música local en las programaciones. También habría que trabajar para vencer cierta tilinguería de una parte del público que no duda en pagar $ 2.000 para un artista internacional y quiere que los shows de músicos locales sean gratis.
–¿Qué tan complicado es para las bandas locales cruzar las fronteras y salir de gira?
–C. A.:
Se puede y se hace. Pero no trasciende mucho. En los ’80, Soda, Virus y Zas salían de gira y todos los medios lo publicaban porque era una novedad. Hoy, en algún sentido, pasa desapercibido. A los Auténticos Decadentes y Babasónicos les va muy bien en casi toda Latinoamérica. Después hay un montón de productores chiquitos que son los mismos músicos armando sus propios shows por todos lados. Quizás falta una estrategia más general.
–M. E.: Hay un montón de grupos argentinos que giran por Latinoamérica. Mucho más que antes. Son esfuerzos importantes, quizá les falta estrategia para acceder a éxitos más sólidos. Pero los Auténticos Decadentes son muy fuertes. También Babasónicos, Los Pericos y Los Enanitos Verdes.
–N. A.: El problema es que importamos mucho de Europa y EE. UU. y exportamos bastante menos, y a Latinoamérica. En términos de negocio ésa es una asimetría muy grande.
Sólo tiene que ver con el entretenimiento
Por Litto Nebbia
La concurrencia de espectáculos internacionales a nuestro país, siempre está relacionada con la economía. Por un lado está el hecho positivo de que el público argentino pueda ver en vivo a una gran cantidad de artistas que admira y sólo los ha visto a través de la TV o el DVD. Pero bien dice el dicho: “la oportunidad hace al ladrón”. Asisten a la cartelera también una cantidad de artistas que ya ni siquiera actúan en su propia tierra o llegan inventos, rejuntadas, shows preparados exclusivamente para llevarse la moneda de los “indios” (nosotros). Realmente da mucha pena ver cómo le sacan el dinero a la gente, con algunas entradas a un costo exorbitante.
El público que asiste en su mayoría se consuela con el lugar común de “me di el gusto”, “no me lo iba a perder”. Muchos de los artistas extranjeros se van impresionados porque en ningún lugar cobran o ganan lo que perciben aquí.
Los empresarios que traen estos números la tienen clara. Consiguen mayor apoyo de la prensa que cuando realizan un espectáculo nacional. También consiguen una cantidad de auspiciantes de marcas multinacionales, que no pondrían un peso por un artista argentino.
Siempre sucedió así en nuestro país. Tenemos una gran mayoría de público que adora los cigarrillos importados. Es que siempre me acuerdo de una época en los años sesenta en la que te encontrabas algún chabón que te convidaba un faso y te aclaraba: “Mirá que son importados”.
Creo que ahora la cosa está mucho más agudizada. La grave crisis que afecta EE.UU. y Europa hace que muchísimos artistas busquen otros mercados y vengan a un precio mucho menor al que usualmente pedían. Inclusive hasta que no vengan con su agrupación habitual y traigan menos músicos. Cosas del negocio.
Lógicamente en medio de tanta oferta extranjera, de tanto en tanto se cuela alguna propuesta digna creativamente o la actuación de un gran músico.
Pero fundamentalmente no hay ninguna evaluación musical que se le pueda hacer a la situación. No pasa por el arte. Sólo tiene que ver con el entretenimiento y si es que podés pagar la costosa entrada, entonces tenés derecho a “pertenecer”.

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