miércoles, 13 de junio de 2012

PEREGRINACION A LUJAN, MUCHA, POQUITA O NADA DE FE

“El motivo es determinante. Sin motivo, no llegás”, me había advertido mi amiga. “Pará, yo tengo un motivo”, le contesté. “Sí, pero yo te hablo de la fe. La fe es otra cosa”.En busca de ese misterio medieval de la romería, nos metimos en el corazón de la peregrinación a Luján, caminamos entre la multitud, intentamos sentir la felicidad de la entrega.

Por Romina Sánchez

La noche previa a la procesión, igual que en las noches previas a las excursiones de primaria, tuve miedo de quedarme dormida. De todos modos, mi angustia ante lo nuevo duró lo que ese sueño vacilante. En la semana había desoído como una adolescente las recomendaciones para no caer, como un mosquito que muere tras un baño de insecticida, en el intento de caminar los casi sesenta kilómetros de Liniers a Luján. Es más, los consejos del folleto que entregaban en las iglesias, se sucedían por duplicado, como para que entendieras: se trataba del bis del caminar, comer sano y descansar. “Anotate para volver en micro, porque se pelean por volver sentados. Y fijate el tema del agua, racionala por el asunto del baño”, me advirtió una amiga. Así que el viernes me acerqué a la parroquia Inmaculada Concepción de Devoto, una mole centenaria en donde funciona un seminario y se aloja la Comisión Arquidiocesana de Piedad Popular, encargada de la logística de la trigésimo séptima peregrinación juvenil a pie a Luján, cuyo lema fue “Madre, ayúdanos a cuidar la vida”. Pagué sesenta pesos, el pasaje a una paz precaria. Allí, unas abuelas españolas me aconsejaron no estrenar zapatillas “para ir a ver a la virgencita”, y que llevara “vestimenta cómoda”. Y me vestí cómoda, tan cómoda que hasta me puse esa ropa interior que tiene los elásticos vencidos y el algodón fofo. Sin embargo, después de vestirme, aunque se me hacía tarde, titubeé dos minutos y pensé en pegar el cambiazo. Es que uno de los monólogos del espectáculo de stand up que había visto el viernes versaba justamente en la “manía” que tenemos ciertas mujeres de llevar bombachas impresentables para inmediatamente creer que vamos a sufrir un accidente y, por favor, qué vergüenza. Y pensé, sí, por dios, por la virgen, ¡que no me vaya a pasar nada! Pero por algo iba a ir en grupo, iba a hacer paradas ya estipuladas, en donde me iban a dar agua, mucha agua, sánguches de jamón y queso, caldo, barritas de cereal y el hashtag de la jornada, la banana y su potasio.
Cuando el sábado al mediodía llegué a General Paz y Rivadavia con puntualidad de té inglés me convencí de que el fernet había sido benevolente conmigo, pero enseguida la postal de un grupo de scouts de caras largas, como payasos desencajados, le pegó patadas en el piso a mi moral. En tanto, a mi alrededor, los rostros se multiplicaban como si alguien hubiera echado veneno en el hormiguero que hasta ese momento los había cobijado. La imagen cabecera de la Virgen María temblequeaba entre varias manos: parecía una vedette inexperta. Antes de salir, me dieron la pechera verde flúo que identificaba a la iglesia, mi iglesia, y me dijeron con la convicción de una conversión, de un bautismo: “Ya sos del clan”. Los servidores, colectivo católico que por poco se esclaviza para que llegues a destino, desarticulaban tal matrioska del culto al prójimo, en ejemplares de un metro de altura y de otros tantos que podrían criar nietos. Adelina, que no es monja pero tiene pinta de monja, de monja de civil, después de darme el uniforme, me tranquilizó: “Cualquier cosa que necesites, me llamás”. Luego caminé, hablé, canté, reí, jugué prendas por golosinas. Y lloré también.

Creer o no creer, esa es la cuestión

 El 1 de octubre, cerca de un millón de personas marcharon hacia la Basílica de Luján. Por las refacciones que le están haciendo al templo, la imagen original de la virgen esperó a los peregrinos en la vereda, como en el 82, cuando Juan Pablo II visitó el país. La movilización, hay que decirlo, es una demostración de fuerza vaya a saber de qué tipo, de la Iglesia Católica. Y los jóvenes fueron de nuevo sus protagonistas. ¿Por qué, año tras año, pisando el siglo XXI, el esqueleto de la procesión son los pibes, en una sociedad en la que, por un lado, se consolida el descrédito hacia la Iglesia Católica a partir de la proliferación –y su resonancia mediática– de denuncias de abuso sexual en el seno de la institución eclesiástica, que tienen como víctimas, precisamente, a los más chicos; y por otro, la Iglesia revalida su poder, teniendo en cuenta, por ejemplo, su peso en el debate por la despenalización del aborto? En esta suerte de mapa nocturno habría que leer además cómo viene jugando el avance del evangelismo.
En una posible respuesta, diría que los amigos gamba de la Iglesia son los militantes católicos, núcleo nada despreciable de las columnas que el fin de semana pasado atravesaron el oeste metropolitano, más para agradecer que para pedir, más para ofrendar(se) que para agradecer. Como Daiana y Marcos, que en breve viajarán a Bariloche como futuros egresados: “Vamos a visitar a la Virgen desde chicos. Ya es una costumbre”. Luego, tironeados como los hermanos del medio, a los que les cuesta encontrar su especificidad, están aquellos que se dicen creyentes a secas, afirmando la existencia de dios, todopoderoso, pero desconfiando lindo de los sacerdotes. En ese sentido, Sol, Cynthia y Fernanda, un trío de correntinas treintañeras, me comentaron mientras elegían este protector solar y no aquel: “Es la segunda vez que vamos a Luján para agradecer las promesas cumplidas y para pedir, pero nada más. No vamos a misa ni nada de eso”. No me quisieron contar qué habían prometido pero sí me revelaron un secreto: “Si te pasás vaselina en los pies, las medias no se te pegan”. Y por último, ante un panorama que en la primera parada, Morón, se poblaba raudamente de personas desplomadas, personas que se cambiaban las vendas, y personas que se desplomaban y se cambiaban las vendas, los inconscientes emitían sus signos identitarios. Alcanzaba con verlos comer una mila completa bajo el sol, que ese día se decidió a aguijonarnos, para reconocerlos. “Uy, pará, ¿a ver? ¡La puta madre, se me puso el dedo gordo todo blanco!”, protestaba Mara al sacarse las zapatillas fucsia, con cámara de aire. “Eso es cuando se te hace ampolla”, le respondió Patricia, también de Guernica, también cara de nena. “Queremos vivir la experiencia, saber qué se siente”, me dijo Mara. Y Patricia la interrumpió: “Yo es la segunda vez que vengo. Cuando llegás, llorás de una…porque no das más”. Al disponerme a reencontrar mi grupo para no perderlo camino a Merlo, la próxima parada, muchos promesantes me contaron que pidieron por enfermedades, trabajo y amores. Y Cecilia, de José Mármol, una colorada que bien podría haber estelarizado una peli del Hollywood de los 40, se quejó de otra de las posibles líneas divisorias del pelotón de la fe: aquellos que “se loockean y actúan como si estuvieran en una maratón deportiva” y aquellos obsecuentes del sedentarismo crónico, del mentiroso vamos que falta poco. “Dame un poco de tu agua, che”, escuché por ahí, cuando un bombero que fumaba con aires de James Dean gritaba: “El agua es para refrescarse, no para tomar, gente”.
Los oportunistas de siempre
-¿Sale el choripán?
-¡Seee, obvio!
-¿Y cuánto está?
-Diez pesos, mami. Vas a conseguir más barato pero de mala calidad, vaca vieja – trataba de persuadirme un tipo bigotudo.
Aquel día, los buscas de siempre también tendrían que haber peregrinado a Luján. Ni los que vendían agua salvaron el día. “Vamos que me quedan las últimas 1500 pulseraaas”, vociferaba un hombre bajito en Moreno, como parodiando su propia desgracia. A su lado, un nenito desbordado de curitas y talco, ostentaba los pocos billetes de dos pesos que había hecho, doblados en la mano, toda una maña del oficio. A medida que nos acercábamos a General Rodríguez, a menos de 20 kilómetros de la Basílica, el merchandising católico ascendía en su curva de oferta, como los puestos de energizantes. A la vera de la ex ruta nacional 7, la Rivadavia, bordeando las vías, los caídos mostraban las heridas de un combate que no fue.
-Este año no pasa nada, no hice ni para el flete que me va a salir doscientos cincuenta pesos- se lamentaba Ramiro, un masajista entrecano y de ojos enormes, que dispuso dos camillas pero movió poco los dedos- Y eso que la sesión, para pies y piernas, la cobro diez pesos y, como verás, está lleno de gente rota.
Daniel, un carpintero de Haedo que fabricó bastones in situ, a las once de la noche ya estaba resignado. “Algo me va a quedar, pero bueno, igual, vengo por tradición”. El pibe que había instalado un horno pizzero al lado de su F100, dentro de una garita abandonada, no podía convencerse de lo mismo.

Me gusta estar al lado del camino

 Ya era domingo. Había caminado medio día y mi humor en cualquier momento dejaría asomar a mi Hyde. A las siete, Bergoglio encabezaría la misa central, pero a mí no me importaba. Lo único que quería era llegar. Marina, una contadora que fue mi compañera en el último tramo, el más largo, espacial y psicológicamente, me hablaba de su creencia en dios, argumentando que “lo que hizo por nosotros no fue nada más que morir”. Fue una lástima, no le pude prestar mucha atención. Ni la cumbia norteña, ni los carritos de las iglesias, con réplicas de la Virgen, ni la gente acalambrada con rictus de jugador de fútbol contrariado me distraían. El cántico “se siente, se siente, María está presente” me perturbaba como una mosca y el grito amistoso de “muevan las cachas, peregrinos”, me resultó casi una provocación, como el gesto de algunos de los cinco mil voluntarios que se abalanzaban a ofrecernos mate cocido dulzón en algunos de los más de cincuenta puestos sanitarios y de “apoyatura espiritual”. Córranse de mi camino, ¿no ven que no llego? Sólo el furcio de un scout, que puso al palo “Sympathy for the devil”, en la versión de los Guns, me arrancó una sonrisa sarcástica.
Una vez que la ves, la Basílica se vuelve una zanahoria cruel, histérica. A las cuatro de la mañana, mi cara parecía una manzana, mis manos se asemejaban a las de los museo de cera de tanta hinchazón y mis piernas, ¡mis piernas!, dolían como si hubiesen pasado por un martillo de las milanesas. A un kilómetro del objetivo, la gente empezaba a arrodillarse, a reptar. Entonces, lloré. Pero cuando llegué a la Basílica, la secuencia fue la de un trámite digno de la burocracia weberiana: esta es la Virgen, mirá vos, qué linda. Como las vacunas, ya está, ya pasó. Me fui caminando hacia el micro cual muerto vivo, rechacé amablemente el chocolate caliente y me pregunté si así me sentiría al morir. Hice una almohada con mi mochila, me tapé la cabeza con la pechera, prendí el celular como si se tratase de un extraño respirador artificial, y me dispuse a dormir (o morir), mientras se intensificaban las internas de los pequeños servidores.

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