jueves, 28 de junio de 2012

SOMALIA SE MUERE DE HAMBRE

Por Eduardo S. Molano




Sentada. En eterna espera. Hilmo Ruun comienza a dibujar fantasmas en el aire. «A principios de julio abandoné Abesale (localidad del sur de Somalia) junto a tres de mis hijos. Siempre con el menor de ellos pegado a mi espalda», relata. Entre cálida y serena, la sonrisa de esta joven de apenas veinte años parece haber sido trazada con la intención de hipnotizar a su audiencia. Decenas de almas que, como ella, se agolpan a la entrada del campo de refugiados de Dadaab, en la frontera entre Kenia y Somalia.
Sin embargo, entre sonrisa y sonrisa, el horror se abre paso entre sus labios. Hace dos semanas, Ruun enterró a su hijo. Tenía solo un año: «Durante horas caminé con su cadáver a mi espalda. Cuando le abandoné en el camino, hacía tiempo que ya no sentía su respiración. Ni siquiera sé el día que falleció». De marido ausente y con sus hijos a cuestas, la tragedia de esta joven somalí no es casual. Tras las escasas lluvias de los últimos doce meses —un 30 por ciento menos que en el periodo 1995-2010— Somalia se enfrenta a la peor sequía de los últimos 60 años, con cerca de cuatro millones de personas afectadas. Un miseria humana, principalmente severa en las regiones de Bakool y Lower Shabelle (ambas en el sur del país) donde la tasa de mortalidad infantil —diaria— es ya superior a los 6 decesos por cada 10.000 habitantes y el 50 por ciento de sus menores de edad sufren desnutrición.
Todos ellos, con nombre y apellidos: Luli Ali Farah. De estado casi fetal, su menudo cuerpo apenas deja intuir la verdadera edad de sus huesos: Cinco años escondidos en apenas seis kilogramos de peso. «Tras huir de Baidoa (en el centro del país), no teníamos nada que comer. Fueron más de tres semanas de caminata en los que siempre temí que mi hija no sobreviviera», asegura su padre, Nunow, quien cada noche vela el sueño de sus hija.
400.000 donde caben 90.000
Desde hace quince días, Luli se encuentra ingresada en el hospital que la organización Médicos sin Fronteras mantiene en el campo de Dagahaley, uno de los tres complejos que junto a Ifo y Hagadera componen Dadaab. A escasos metros del centro médico, otro menor es aseado por sus padres. En su figura desnuda, cada hueso dibuja una perfecta muesca que lucha por escapar. Fiidow Said tiene cuatro años y pesa cinco kilos. Durante el baño, ni una sola lágrima se escapa de sus mejillas. Dos inocentes que configuran la realidad de un campo, habitado por más de 400.000 almas, pero con capacidad para 90.000. Algunas, residentes allí desde hace más de veinte años. Otras, recién llegadas.
De sonrisa dilatada, Mulaaxo Said forma parte de los nuevos reclutas. Durante ocho días, esta mujer que ronda la cincuentena (Said asegura desconocer su verdadera edad) recorrió más de 100 kilómetros desde el sur de Somalia hasta su llegada al centro de refugiados. En sus pupilas, tan solo muerte y destrucción. «Atrás ya no queda nada. La mayoría del ganado se está muriendo y no tenemos nada que comer», asegura.
Sin embargo, y pese a arribar hace más de una semana a este centro de acogida, Said todavía no ha podido registrarse como nuevo residente. La aritmética juega en su contra: cada día, cerca de 1.300 nuevos refugiados llaman a las puertas de este oasis keniano huyendo de la hambruna. El 80 por ciento de ellos, mujeres y niños. Con mayor parsimonia, Harbi Yafar también espera su turno desde hace dos semanas. A la sombra de una piedra y ensimismado en su mundo interior, Yafar disfraza la sed masticando «khat», una droga estimulante consumida por la gran mayoría de la población masculina de Yemen, Somalia y Yibuti.
Para los no iniciados —al margen de un horroroso sabor a césped seco— sus efectos son similares a la ingesta de un simple café. Pero cuando es saboreada día y noche sin cesar, los ojos y dientes verdes de su consumidor reflejan lo peligrosa que puede llegar a ser: como un café, cada hora, durante toda una vida.No es extraño, entonces, la metódica dedicación con la que Yafar traza cada nueva dentellada. Golpes de mandíbula que ayudan a dilatar una miseria, cuyo recuerdo siempre esté presente.
La historia no es lejana. Desde que en 1991 se colapsara el sistema político somalí tras el derrocamiento del dictador Siad Barre, cerca de 700.000 personas han perdido la vida en los enfrentamientos librados en el país, primero por los clanes feudales, y ahora por las milicias islamitas. Una anarquía política que ha provocado el ascenso de las brigadas Al Shabab, quienes ya controlan cerca del 70 por ciento del territorio, y que parecen beneficiarse especialmente de la actual sequía.
«El verdadero problema en Somalia no es tanto financiero, sino de generación de recursos. Sobre todo, de acceso a las comunidades locales», reconoce a este diario la comisaria europea de Cooperación Internacional y Ayuda Humanitaria, Kristalina Georgieva.
Para Georgieva, la comunidad internacional debe «seguir colaborando con las organizaciones humanitarias», quienes llevan trabajado en el terreno desde hace años para acabar con esta crisis. Pero «con cuidado y sin acelerarse», dada «la actual situación política que atraviesa el país».
Especulación
Palabras, que en Dadaab, suenan huecas. Sobre todo, ante una crisis humanitaria que se posterga en el tiempo y cuyos intereses reales son desdibujados mediante limosnas. «Antes que combatir la sequía, la comunidad internacional debería acabar con la especulación del precio de los alimentos. En los últimos seis meses, el saco de maíz (90 kilos) ha triplicado su precio, pasado de 1.700 chelines (13 euros) a 5.500 (42). Y precisamente, en las zonas de sequía, no se cultiva este cereal», denuncia Walalaac, un tendero local.
Acertado o no, el dedo en la llaga no es nuevo. El pasado mes de enero, Olivier de Schutter, relator especial de Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación, ya denunciaba que «el acuciante incremento de los precios del trigo, maíz y arroz no estaba relacionado con niveles bajos de existencias en las cosechas, sino con la especulación en los mercados».
Seis meses después, Holaac Ahmed es víctima de esta contrariedad alimenticia. Cada quince días esta joven revende —por apenas 100 chelines (75 céntimos de euro)— los cerca de 10 kilos de nutrientes que el Programa Mundial de Alimentos entrega a los residentes en Dadaab. Mientras, a escasos metros de su puesto improvisado, decenas de esqueléticas almas luchan por sobrevivir tras no haber probado bocado en varios días. «Por lo general, en el campo de refugiados no se pasa hambre», reconoce la joven. «La miseria corresponde a los recién llegados». Precisamente, debido a este exceso alimenticio del campo de refugiados (una situación, por otra parte común, en estos centros), en los últimos meses, el Gobierno de Kenia dedica sus esfuerzos a evitar un «efecto llamada» hacia sus fronteras. Incluso, impidiendo la apertura de un nuevo complejo que daría cabida a 80.000 nuevos refugiados.
Kenia, también en peligro
Es la otra cara de la crisis somalí. La de una población keniana que no entiende por qué su Gobierno debe acoger a nuevos refugiados, mientras se muestra incapaz de detener sus hemorragias internas (en la región de Turkana, al norte de Kenia, hace 18 meses que no llueve y el índice de malnutrición es del 37%, sin embargo, la hambruna no ha sido declarada por Naciones Unidas). Bashir Aden es cómplice de este el recelo. Tras casi veinte años en el campo de refugiados, este ex líder local advierte del posible conflicto que el actual flujo migratorio puede provocar en su país de acogida. «Necesitamos más tierra para agrupar a la avalancha de nuevos refugiados. En caso contrario, la situación será dramática», asegura Aden.
Apátrida forzado, este africano que ronda la cuarentena ejemplifica a la perfección la ley del eterno retorno somalí. «En las últimas dos décadas, nada ha cambiado», asegura resignado. «Mis hijos nacieron en este campo de refugiados. Y sus hijos también lo harán. En Somalia ya no queda nada por lo que luchar. Somos los eternos olvidados el mundo». Mientras, en el microcosmos de Dadaab, la vida no se detiene. De mercadeo de camellos —cuyos precios se han reducido precipitadamente desde el inicio de la sequía—, a puestos de fruta o bebida, este oasis del refugiado espera nuevos inquilinos. Ánimas en la delgada línea entre la vida y la muerte, cuyas caras se multiplican desde hace veinte años.
Sopla el viento en el campo de refugiados de Dadaab, y en el horizonte, la joven Hilmo Ruun tan solo es ya polvo que camina.

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