jueves, 6 de junio de 2013

"EL LIBRO ES UNA METAFORA DEL PAIS"

Guillermo Saccomanno desnuda su lugar en el mundo. Acaba de publicar Cámara Gesell, una mirada feroz de la ciudad balnearia fuera de temporada. Crítica al poder político y económico. Y las repercusiones entre sus coterráneos.
 
Por Tali Goldman
 
"Muchachos, yo los dejo acá, que quiero entrar a Musimundo a comprarme el último de Bob Dylan”. Es viernes a la tarde y la calle Florida es un infierno. Guillermo Saccomanno camina tranquilo por la peatonal que le es tan propia como ajena. En unas horas partirá para Villa Gesell, la ciudad en la que vive hace más de veinte años, aquella que le es tan ajena como propia. Saccomano es tan porteño como gesellino, tan gesellino como porteño. Es un bicho de ciudad y al mismo tiempo un animal de pueblo. “Pero ¿cuál es el sueño del pibe? Crear su propio pueblo”, explica el talentoso escritor que acaba de parir Cámara Gesell, su última creación. En casi seiscientas páginas, Saccomanno retrata, cual perfecta serie de algún canal norteamericano, los entramados de los habitantes de un pueblo que está acá cerquita, a orillas del mar. “La Villa”, un pueblo de ficción pero de mucha realidad. De una cruda realidad. Los personajes –por obvias razones fueron cambiados sus nombres verdaderos, mezcladas sus biografías o ficcionadas sus historias– reflejan en pequeña proporción las miserias y vicisitudes de la sociedad en su conjunto. Pero no fue fácil. Una hoja por día, ni más ni menos. Esa era la consigna que se propuso Saccomanno a principios de 2006. Y así, después de seis años, Cámara Gesell cobró vida. 

–Apenas uno se sumerge entre las páginas de la novela ya se impacta con el alto voltaje de las historias. Nenes abusados, suicidios, vínculos turbios entre ladrones y policías, antepasados nazis y puentes con la última dictadura militar, entre otras cosas. ¿Por qué todo junto condensado en una sola novela?
–Esta novela yo no la escribí, me la dictaron. Yo los escuché: a un criollo, a un tipo de clase media, a un chofer, a un vecino. Esa alternancia de voces entre cultas y bajas me iba dando a mí un sentido poético, coral y polifónico. La gente contando es mucho más interesante que leer las versiones periodísticas. Por supuesto que también recogía del diario del pueblo. Pero no sólo la parte de los policiales. Le empecé a dar mucha importancia a los eventos sociales, casamientos, nacimientos, muertes, que me proporcionaban la esencia del pueblo, por momentos, de ese infierno. Si esta novela yo no la entregaba y tardaba un año más, tenía doscientas páginas más. 

–Cuando usted llegó a Gesell hace más de veinte años, ¿se imaginaba escribiendo esto?

–No, para nada. Iba con otros proyectos. Es más, empecé escribiendo una crónica de la historia no oficial de Gesell, la historia negra. Y me querían matar. Pero Antonio Dal Masetto, que para mí es un maestro, me dijo algo que me sirvió mucho: “Todo lugar al que uno llega es un territorio a conquistar”. Entonces me di cuenta de que tenía que cambiar mi estrategia. Porque llegar con chapa de escritor o de periodista es la más fácil, cualquiera lo hace. Pero lo lindo es ir por abajo, viendo el sentimiento popular. Me empecé haciendo amigo de los porteros, iba a comer asados con los peones de obra, con gente de los talleres mecánicos.

–¿Y fue desde ahí que Cámara Gesell fue cobrando vida?

–Sin duda, porque lo que más me importaba era contar una novela donde se viera el otro pueblo, el pueblo fuera de temporada. El pueblo del pibe chorro como del electricista, tanto del drogón como del cartero, del mecánico como la profesora de gimnasia. Porque uno se imagina que un pueblo es un espacio donde no pasa nada pero es al revés, pasa de todo, todo el tiempo. Quizá más cosas que en la ciudad. O, al menos, en un pueblo te enterás de muchas más historias. Con el plus de que las situaciones que te enterás son de tipos conocidos. 

–¿Hay diferencia entre el Gesell en el cual desembarcó y el de ahora?

–Es otro completamente. Cuando yo llegué a fines de los ’80 había 15 o 16 mil habitantes. Hoy hay 40 mil. Antes había sólo una familia de chorros, ahora ya hay generaciones de chorros. De esos 40 mil tipos, el uno por ciento, es decir, cuatrocientos, están procesados o judicializados. Esto habla también del país. Porque el libro se constituye como metáfora de lo que es el país. Es decir, quizá yo miro a un político que está en la Casa Rosada y lo veo lejano, pero en Gesell lo tengo enfrente.

–En el libro hay una crítica a todos los sectores de la sociedad. A ricos, pobres, a la clase media…

–Yo no creo en el bien y el mal como patrimonio exclusivo de las clases. Mi libro es políticamente incorrecto. Es decir, el riesgo que corre este libro es ser cooptado por la derecha. Y que digan: “Che, el libro es a favor de la seguridad”. No, no es a favor de la seguridad. Este libro trata de desplegar el nivel de criminalidad y corrupción de una sociedad, que tiene como algunos personajes crueles, pero que, como diría Onetti, “hasta el tipo más canalla tiene alguna zona de pureza en la superficie”. Así como conozco tipos ruines y corruptos, todavía el pueblo conserva determinados códigos barriales. Vas a comprar algo, te faltan dos pesos, y te lo fían. O quizá por tres días no aparecés por el lugar que solés ir y te vienen a buscar a tu casa para preguntarte si estás bien. Existe todavía esa solidaridad. 

–Usted fue víctima de un hecho de inseguridad. Es más, casi pierde este libro cuando quisieron robarle la computadora. 

–Sí. Pero ojo, yo no estoy pidiendo mano dura. Porque creo que los pibes chorros son las primeras víctimas del gatillo fácil. Si vos leés atentamente mi novela, los pibes chorros cobran siempre. Porque cuando no son más útiles a la mafia policial los hacen boleta. Lo que yo cuento no es patrimonio de Gesell. Mar del Plata es otro infierno. Pero lo que cambiaron son los códigos. Las principales víctimas de la criminalidad, y quiero recalcar que yo quiero decir criminalidad y no inseguridad porque eso es un eufemismo, son los laburantes. Yo me crié en Mataderos. En ese entonces, el chorro no robaba en el barrio ni andaba de caño. Hoy es distinto y te cagan a tiros. 

–En el libro hay mucha crítica a los políticos…

–Hay una relación intrincada entre el poder político, la policía y la delincuencia. Es muy difícil romper con ese nudo. Yo he visto chorros hacer campaña. Es decir, el nivel de transa pasa por el dinero, no pasa por la cuestión ideológica ni política. Hay compromiso con el dinero y con el poder. No es raro que un funcionario que vos conocés, que hoy lo ves croto, mañana cambió el auto, pasado se hizo los dientes y en tres días tiene un spa en Mar de las Pampas. Cuando ves este tipo de situaciones en una comunidad pequeña, entendés el país. Entendés que la corrupción está en lo más bajo y lo más alto de la sociedad.

–¿Ya tuvo repercusiones de los gesellinos?  

–Había corrido la bolilla de que salía este libro. Empezó poco a poco, pero ahora estalló. El otro día me enteré de que se vendieron veinte ejemplares en las librerías de Gesell, que para esta altura del año es muchísimo. Por ahora hubo dos reacciones que eran las previsibles. La primera fue: “Mirá este hijo de puta, la mierda que viene a destapar. Nos va a joder la imagen de Gesell”. En oposición me encuentro con un comerciante, un quiosquero, que dicen: “Este tipo tuvo pelotas de decir lo que nadie dice”. Yo creo que mucha gente estaba esperando que saliera este libro. Igualmente, tampoco pretendo ser Roberto Carlos y tener un millón de amigos. 

–¿Tiene miedo de que le pueda pasar algo?

–No. El libro me protege. Seguramente tendré algún que otro cruce. Pero yo no choreé, yo sólo escuché, yo vi.

–¿Se quiere ir de Gesell? 

–No. Es mi lugar en el mundo. Cuando ya tenés a tres o cuatro amigos enterrados en el pueblo, ya sos del lugar. 
 
Fuente: Reviste Veintitrés.

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