martes, 4 de junio de 2013

"PARA PINOCHET, PABLO NERUDA VALIA MAS MUERTO QUE VIVO"

Un diálogo con Rodolfo Reyes, sobrino, heredero directo del poeta, y querellante en la causa que investiga el posible asesinato del escritor chileno. Cómo fueron las primeras horas tras la muerte del Nobel, la exhumación y la relación con Matilde Urrutia.

Por Guido Corelli Lynch.
 
Cuando era chico a Rodolfo Reyes le encantaba ir a jugar a la casa de su tío Pablo, que ya era grande, pero nunca dejó de coleccionar juguetes. El sobrino ignoraba que su tío era un poeta famoso y mucho menos comunista. Para él, era el “tío rico” o el tío Pablo, aunque su documento dijera Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto y todo el mundo lo conociera como Pablo Neruda. “Tenía puro juguete de niño, recuerdo un organillo y un barco, jugábamos toda la tarde hasta que sentíamos: ya niños vengan a tomarse una leche”, dice con una sonrisa este abogado especialista en Derechos de Autor. Los recuerdos felices se cruzan con otros más tristes y sombríos. Por estos días, Reyes –en nombre de los sobrinos de Neruda– es querellante en la causa que inició el Partido Comunista chileno para saber si al trasandino lo mató la dictadura de Pinochet y no –como se creía– un cáncer de próstata.

La investigación surgió tras las declaraciones del chofer personal del poeta, Manuel Araya, que señaló que a Neruda le habrían aplicado una inyección letal y que su tumor estaba controlado. La Justicia chilena tomó medidas y enseguida aparecieron grietas: médicos que no existen, registros farmacólogicos extraviados, declaraciones cruzadas. Por eso, el 8 de abril pasado se realizó la exhumación de los restos de Neruda. Y su sobrino era el único de sus herederos directos que estaba presente en la casa del Nobel en Isla Negra para cargar el cuerpo del poeta. (Ver La exhumación...). Neruda murió el 23 de septiembre de 1973. Los primeros dos días, los principales diarios dijeron que Neruda había muerto por una inyección y un ataque al corazón. Cuatro días después dijeron que había sido un cáncer de próstata. “Y con esa información nos quedamos nosotros, en ese entonces tampoco se podía preguntar mucho más”, explica Reyes, que llegó al funeral de su tío cuando estaban trasladando el cuerpo desde la clínica a la casa del poeta en Santiago. 

¿Qué recuerda de esas primeras horas tras la muerte de su tío?
A las once y media de la noche se anunció que Neruda había fallecido. Sentimos un temor muy grande y la noche fue muy terrible, porque los disparos a pocos días del golpe militar estaban a la orden del día y el parentesco directo nos hacía sentir muy vulnerables. Cuando llegamos a su casa –“La Chascona”– mientras lo bajaban de la ambulancia que lo traía de la Clínica Santa María, nos encontramos con la casa totalmente asaltada: corría el agua por las escaleras, había libros quemados, colchones destrozados, vidrios y  objetos de arte en el suelo. Matilde Urrutia, su mujer, no quiso hacer ninguna denuncia. Yo tuve que ayudar a colocar tablones para pasar por sobre el agua con el ataúd de Neruda. Fue velado en su casa con muchas consignas y militantes del Partido Comunista que se reunieron para hacerle una guardia de honor pero por breves momentos porque la policía los buscaba, los detenía y los hacía desaparecer.

¿Y los militares?
Ese mismo día a la casa sospechosamente no llegó nadie, sabiendo la connotación que tenía Neruda. Solamente vino el jefe de la guarnición de Santiago a dar un pésame, el general – no me acuerdo el apellido de él— pero Matilde no lo quiso recibir. Le dijo algo así como: “Ustedes han contribuido a esto, yo no los recibo”. Se quedaron un par de minutos, se dieron media vuelta y se fueron. Pero después, en  cortejo rumbo al funeral, el resguardo policial estaba por todos lados, salían carabineros con motos, interrumpían el paso. Había muchas armas y sin embargo se cantó la Internacional Socialista.
Por qué han crecido sus sospechas sobre los motivos de la muerte de Neruda?  Porque la clínica Santa María debió haber guardado todos los antecedentes médicos y fichas farmacólogicas durante 40 años y acá no había ninguna ficha de Neruda.

La labor de los médicos también alimenta las sospechas.
El doctor Sergio Draper, que lo atendió, todavía sigue ejerciendo su labor profesional en Chile, pero la incógnita aparece cuando él mismo señala que le entregó el turno al doctor Price –cuyo nombre de pila nadie conoce– que era un médico de 28 años, alto, de muy buenos modales, de ojos azules. Al otro día él se enteró de que había fallecido Pablo Neruda cuando es habitual que los médicos se avisen que un paciente personal ha muerto. Supuestamente Price le mostró el cuerpo a Matilde y la ayudó a vestir a Neruda. El problema es que nadie conoce a Price. Y yo dudo de que haya existido.

El 2 de mayo los peritos del Servicio Médico Legal de Chile confirmaron que Neruda tenía cáncer.
Pero no es la causa inmediata de su muerte. Por otra parte, se enviaron muestras óseas al laboratorio de la Universidad de Carolina del Norte en Estados Unidos, a fin de practicar otros  exámenes toxicológicos, buscando verificar o descartar la existencia de cualquier sustancia residual extraña que le hubiera provocado la muerte. Todavía no se han entregados los resultados de esa pericia.

¿Cómo fueron esos doce días en los que Neruda convivió con la dictadura de Pinochet?
Neruda ya conocía toda la información que había e inmediatamente el presidente de México, Luis Echeverría, le ofreció sacarlo de Chile y estratégicamente lo llevaron a la Clínica Santa María de Santiago, porque la casa en Isla Negra había sido allanada muchas veces. El ya sabía que estaban matando a sus amigos. Y si Neruda hubiese salido de Chile hubiera lanzado un Yo Acuso (como el que lanzó en 1948 contra el gobierno de Gabriel González Videla) con una connotación mundial, todo el mundo lo conocía, era Premio Nobel, entonces; para Pinochet hubiera sido un lastre muy grande, un problema muy grande. Yo creo que Neruda a Pinochet le valía más muerto que vivo.
Fuente: Clarín
 

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