jueves, 6 de junio de 2013

RELATO DE UNA TRAGEDIA

Graciela Mochkofsky, periodista. Once, viajar y morir como animales, es el título del libro que acaba de publicar. Retrata lo que sucedió en el accidente del Ferrocarril Sarmiento. Una lectura obligada de la realidad. 
 
Por Tomás Eliaschev
 
Graciela Mochkofsky es una de las periodistas argentinas más prolíficas. Pasó por las redacciones de Página 12 y La Nación, entre otros medios. E incursionó en la vida académica. Pero el terreno donde más cómoda se siente es en el de los libros. Y haciendo su revista digital, El puercoespín. Acaba de publicar Once, viajar y morir como animales (Planeta). “El Sarmiento –y el sistema público de transporte metropolitano– está en un estado decadente. Todo está construido para que la seguridad de los pasajeros dependa exclusivamente del eslabón más débil de la cadena de responsabilidades: el maquinista”, explicó a Veintitrés al hablar sobre qué la motivó a escribir esta obra, en apenas tres meses.

–¿Por qué afirma esto?

–El tren que chocó en Once no tenía velocímetro. Tenía 50 años de antigüedad, lo deberían haber vendido hace 20 años como chatarra porque superó su vida útil. De sus cinco frenos, tenía tres anulados y uno disminuido en sus capacidades. Los coches no se reparaban hacía años y estaban sobrecargados. Parte de las vías tienen 90 años de antigüedad y no han sido reparadas. El tren sólo puede ir a 36 kilómetros por hora. Si va más rápido, se descarrila. La pregunta no es por qué ocurren estos accidentes cada tanto, sino cómo es posible que no haya más. Todo está dado para que la gente no llegue a destino. Todo depende de la habilidad de un tipo, el maquinista, en este caso de un hombre de 25 años. El sistema se corta por lo más delgado.

–¿Cómo se llega a esta situación?

–Es un sistema creado en los ’90. Nadie se quería hacer cargo de los ferrocarriles. Para que alguien lo agarrara, se dio a los empresarios un marco extraordinariamente favorable, en el que se les garantizaba mediante los subsidios que si los empresarios no tenían ganancias con la explotación de ferrocarriles, el Estado los iba a compensar con subsidios. Es el único lugar del mundo donde sucede eso. A partir de ese marco, sólo se agregan beneficios. El último de los cuales es el resultado de la ley de emergencia ferroviaria de Eduardo Duhalde y de la decisión de Néstor Kirchner de mantener las tarifas de los servicios públicos. El Estado dio cada vez más dinero en subsidios, millones de pesos, sin exigir, a cambio, confort y seguridad para los pasajeros y sin que nadie rinda cuentas. Es un sistema de complicidades, de corrupción. El Estado es partícipe necesario del accidente. Pero la explicación no se agota ahí, como plantearon desde la oposición o algunos medios.

–¿Cómo ve la disputa entre “periodismo militante” y “periodismo independiente”?

–La situación no cambió mucho desde que saqué Pecado original, Clarín y los Kirchner y la lucha por el poder. Es una división entre medios oficialistas y medios opositores, es más objetivo llamarlo así. Muchos periodistas sufren mucho, estaban acostumbrados a una tradición en la que se trabaja para un medio pero sin ponerse la camiseta de la empresa. Mi experiencia en las redacciones fue la de pelear todos los días con mi editor. Desde entonces, la decadencia no ha dejado de profundizarse. Sin embargo, es un momento paradojal, porque hay muy poca libertad para escribir dentro de los medios tradicionales y mucha presión para asumir una posición política o ideológica. Pero al mismo tiempo hay más oportunidades de hacer periodismo genuinamente independiente, gracias a Internet, donde puedo publicar lo que me parezca, sin que nadie me censure. 
 
Fuente: Revista Veintitrés

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