martes, 20 de septiembre de 2011

LA SEGURIDAD EN TIEMPOS DE LA BIOPOLÍTICA



¿Qué tienen en común el atentado a las Torres Gemelas, el crimen de Candela Rodríguez y los análisis de próstata?


Por Dante Augusto Palma


¿Qué tienen en común el atentado a las Torres Gemelas, el crimen de Candela Rodríguez y los análisis de próstata? La pregunta es audaz y la respuesta también pues lo que intentaré justificar es que estos tres aspectos pueden leerse a partir de la problemática de la seguridad en tiempos de biopolítica. Ahora bien, usted preguntará, por lo pronto, qué es esto de la biopolítica. Si bien podría pensarse que se trata de los análisis médicos que el doctor Nelson Castro realiza para explicar acciones políticas y titular libros, debe aclararse que se está frente a algo más complejo. Tal complejidad es la que arrojó como conclusión el primer Coloquio Latinoamericano de Biopolítica y Educación organizado por la Universidad Pedagógica de la Provincia de Buenos Aires la semana pasada y en el que participaron conferenciantes como el italiano Andrea Cavalletti, el inglés Nikolas Rose, el australiano Pat O’Maley y el argentino Edgardo Castro, entre otros. Este último, por ejemplo, recordaba que si bien fue el politólogo sueco Rudolf Kjellén quien acuñara el término en 1916, fue recién a partir del uso que le dio Foucault allá por la segunda mitad de la década del ’70, que la biopolítica comenzó a pensarse como una categoría capaz de dar cuenta del funcionamiento del poder en las sociedades modernas.
Como se puede inferir de su disección, la bio-política es una política vinculada a la vida pero se deben hacer varias aclaraciones al respecto. En este sentido hay un juego de palabras que Foucault utiliza que puede ser útil. Para el francés, a partir del siglo XVIII se viene profundizando un fenómeno que habla a las claras de un cambio de época. En otras palabras, hasta ese siglo el poder era pensado en una relación directa y vertical entre el soberano y el súbdito, lo cual suponía que el primero podía sustraerle bienes, apoderarse de su cuerpo y hasta darle muerte al segundo. De este modo, el soberano hace morir o deja vivir y el poder se manifiesta a través de instituciones disciplinarias de encierro como las escuelas, las cárceles, los ejércitos y los hospitales, que actúan sobre los cuerpos individualmente; en la actualidad, estas condiciones se transforman y el poder ya no se ejerce de ese modo pues aparecen toda una serie de saberes vinculados a una categoría que hoy nos resulta familiar: la población. ¿Qué significa esto? Que el poder ya no tiene que ver con la capacidad que tiene un soberano para dar muerte sino que se ejerce a través del control sobre la vida de la comunidad toda, control que se lleva a cabo mediante dispositivos tomados de la medicina, la geografía, la criminología y la estadística, entre otras disciplinas. El individuo es pensado ahora como aquel capaz de producir riqueza, algo que es preciso fomentar pero también controlar. El poder ahora nos deja morir o nos hace vivir y a su vez nos muestra que diferentes aspectos de nuestra vida han dejado el ámbito de lo privado para pasar a ser asunto público.
El ejemplo más claro se ve con las medidas higienistas que se empezaron a dar en las primeras décadas del siglo XX y mostraban que el Estado debía velar por la salud de la población a través de diversos mecanismos como ser los exámenes prenupciales, los tratamientos para la longevidad y los controles de natalidad. Asimismo una derivación exacerbada de esta lógica estuvo presente en el proyecto eugenésico (la búsqueda de un conocimiento y la aplicación de tecnologías y políticas que, a través de una selección artificial, permita el mejoramiento de la raza humana), cuya variante más atroz fue, sin dudas, la del nazismo.
Esta política sobre la vida también aparece con la forma en que los Estados buscan regular la migración y controlar territorios a través de políticas demográficas. En este sentido, el mencionado Nikolas Rose desarrolla el modo en que nuestra vida se va medicalizando con un espectro variado de mecanismos que van desde la utilización de aspirinas para evitar los ataques cardíacos, hasta el consumo de yogures con bacterias de nombres extraños que le garantizarían al chico “crecer fuerte”. A esto, claro está, debemos sumarle la manera en que la psiquiatría, a través de ansiolíticos y antidepresivos, busca las alteraciones químicas que nos permitan soportar un ritmo de vida vertiginoso, las fantasías reduccionistas de la neurociencia que cree poder controlar el pensamiento a través de la acción sobre el cerebro, y el modo en que los estándares de la vida saludable son cada vez más exigentes obligando a los sujetos a entrar bajo control médico cada vez desde más jóvenes. Este es el caso del análisis de próstata que se mencionaba al principio y que Rose indica como el causante de cirugías y tratamientos innecesarios tal como mostró la escalofriante estadística de que la mayoría de los pacientes tratados tempranamente hubieran muerto antes de otras enfermedades.
Por otra parte, justo a poco de cumplirse diez años del atentado a las Torres Gemelas, es posible recoger el modo en que Antonio Negri y Michael Hardt entienden que el imperio se caracteriza por ser una sociedad biopolítica. En otras palabras, la disolución de los Estados nacionales y la existencia de un nuevo poder imperial encarnado en instituciones supranacionales encargadas de velar por la seguridad del planeta y exportar valores occidentales, se complementa con una forma de control de los sujetos que atraviesa sin descanso todos los órdenes de la vida de las personas. Esta nueva forma de control ya no se ejerce en territorios precisos sino que se porta especialmente a partir de las diversas tecnologías que nos sujetan al tiempo que presentan el estar siempre conectados como la panacea de la libertad individual. Este foco permanente tiene como emblema los controles migratorios de los aeropuertos, algo que se ha exacerbado después del atentado llevado adelante por Al Qaeda. Como suele ocurrir, en nombre de la seguridad, las libertades individuales de las que tanto se jactan las democracias desarrolladas son, para decirlo de manera benevolente, puestas entre paréntesis. Asimismo, la construcción de este nuevo enemigo que ya no responde ni a un Estado ni a un territorio sino que puede ser cualquiera y estar en cualquier lado, es el que justifica este carácter de excepción que hace a todo ser humano, en principio, sospechoso, y que daría cuenta del modo en que los inmigrantes indeseados son despojados de sus derechos, esto es, quedan a la intemperie y son una pura vida biológica capaz de ser suprimida. Asimismo Hardt y Negri mencionan el modo en que los medios de comunicación, en el marco de una sociedad del espectáculo, contribuyen a generar las condiciones culturales de la presunta necesidad de control sobre la vida. Y esto es, justamente, lo que se ha puesto de manifiesto con la forma en que los medios han tratado el crimen de Candela Rodríguez. En principio, la cobertura intentó hacer de la madre una “Blumberg morocha” que no pudiera ser acusada de pertenecer a la derecha oligárquica de la mano dura; pero tras el antecedente del marido preso y su militancia de puntera K, lo que sobrevino fue el estilete profundo en todos los órdenes de su vida y de la vida de la nena que pasó de ser “Candelita” a ser, según indica la “relevantísima” investigación del diario Perfil, la joven que no fue violada pero había perdido su virginidad con un joven de Villa Korea. Del “justicia, justicia” al “algo habrán hecho” en un lineal camino de sentido común reaccionario al cuadrado. En segundo lugar, la utilización de las cámaras, no sólo las enviadas por los canales de televisión, sino las cámaras de seguridad que permitieron captar en vivo el momento inolvidable en que la madre reconoce el cuerpo de una hija asesinada. Una vez más, la cámara que hace de ojo omnipresente con su repetición itinerante se acompaña de un relato que azuza lo peor de nuestros sentimientos quitándole el apellido a la víctima para de repente transformarla en una “hija de todos” y mintiendo respecto de golpes, cuellos rotos y violaciones que nunca fueron. Todo esto se complementa con una encuesta inmediata para que la gente indignada vocifere “pena de muerte”, esto es, la última instancia del control sobre la vida. Así, en nombre de la seguridad de la población, permitimos exámenes médicos e historias clínicas cada vez más totalizantes, restringimos los derechos a ese grupo selecto de los que son parecidos a nosotros y, por temor a la pérdida de la propiedad privada, justificamos acciones que van en detrimento de la libertad individual. Toda esta inseguridad que nos produce el temor de no crecer sanos, de morir jóvenes, de que nos roben el celular y de que el inmigrante se haga vecino, son formas que pueden pensarse como modos de presunta prevención que no hacen más que esconder la aceptación de formas de control imperceptibles que cada vez parecen más naturalizadas.

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