martes, 20 de septiembre de 2011

LOS 10 DEL 9/11



Los atentados del fundamentalismo islámico marcaron el inicio de una nueva era política. Las invasiones a Afganistán e Irak. Los daños colaterales de la “guerra contra el terror”.


Por Alfredo Grieco y Bavio


Durante semanas, los canales de televisión por cable anunciaron una entrevista a George W. Bush, nunca antes admitida, menos aún emitida, sobre los detalles de su vida, movimientos externos y pensamientos interiores, durante la jornada del 11 de septiembre de 2001, cuando el mayor ataque sobre suelo norteamericano consiguió hacer caer en Nueva York a las Torres Gemelas del World Trade Center. Ante el periodismo, se explayó sobre qué atravesaba su mente en los largos minutos que duran imágenes por lo demás bien conocidas. Ante niños que demuestran sus habilidades, y sus dificultades, con la lectura en voz alta de textos simples, el jefe de gabinete se acerca al presidente republicano y le susurra en el oído las noticias. “Cuando pude entender el sentido a través del denso acento de Massachusetts de Andrew Card –reveló Bush a las cámaras–, entendí. Dejaría de ser un presidente dedicado a la política interna, como hasta ahora, y me convertiría en un presidente de guerra, algo que nunca anticipé.” La última frase de Card resumía la situación y anticipaba la vivencia de una década de vida norteamericana: “America is under attack”.
Polvo y espanto. Bush no estuvo sólo en su incomprensión o reluctancia a entender inmediatas. Aun colaboradores estrechos necesitaron tiempo para darse cuenta de lo que ocurría en esos momentos. El día en que militantes islámicos estrellaron aviones de pasajeros contra las Torres Gemelas de Nueva York marcó el inicio de una nueva era política: sería el signo del siglo XXI. Por primera vez en su historia, Estados Unidos se vio golpeado en su propio territorio.
El fundamentalismo islámico, que habían perseguido los regímenes árabes, conservadores y antidemocráticos, que hoy caen en el norte de África y en el Medio Cercano Oriente, se había convertido en una amenaza global. En especial, la versión de extremismo militante, y aun militar, de la organización Al Qaeda, financiada por el multimillonario saudita Osama Bin Laden. Los analistas coincidieron en que no hubo otro acontecimiento desde el comienzo de la Guerra Fría que cambiara tanto y tan profundamente la política de Washington.
War the american way. Los extremistas “odian nuestras libertades, nuestra libertad de religión, nuestra libertad de expresión”, dijo Bush. Este entendía los atentados en Washington y Nueva York como un ataque contra el “American way of life”. Menos de un año después, las fuerzas estadounidenses atacaron el Afganistán de los talibanes, donde suponían que se ocultaba Bin Laden, y, en 2003, invadieron también el Irak de Saddam Hussein, con la sospecha de que fabricaba armas de destrucción masiva (en especial, bombas atómicas) que podrían ir a parar a manos fundamentalistas.
Al Qaeda contraataca. Después del 11-S se multiplicaron en realidad los ataques. En octubre de 2003 murieron en Bali 202 personas tras la explosión de bombas en dos discotecas. Un año después detonaron explosivos en Estambul, con un saldo de 61 muertos. En marzo de 2004 estallaron bombas en los trenes de cercanías de Madrid: 191 muertos. Esto le costó las elecciones al popular José María Aznar, e inició una era socialista en España con la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero. Otro año más tarde los atentados suicidas en el metro de Londres dejaron 56 muertos.
Muerto el perro. Diez años después, pero antes de este 11 de septiembre de 2011, Bin Laden murió en Pakistán bajo el fuego de comandos secretos de elite norteamericanos. La gente salió a las calles en Nueva York y Washington, a celebrar con júbilo: el trauma por los atentados del 11-S, observaron los observadores, sigue siendo grande en el país. La red Al Qaeda no ha conseguido ningún gran golpe en los últimos años, está debilitada, y los movimientos populares de la llamada “primavera árabe” exigen desde hace meses democracia y libertades en lugar de un Estado religioso o la ley islámica. El escepticismo de que con la muerte de Bin Laden en mayo haya terminado todo peligro para Washington parece sin embargo justificado.
Daños colaterales. Tal vez el recuerdo más imborrable sean los insistentes “daños colaterales” infligidos a las poblaciones del mundo en general, pero muy especialmente a las árabes o islámicas, por las fuerzas armadas más poderosas del mundo. Cárceles secretas, secuestros, torturas: el gobierno de Bush no supo de vacilaciones en la “guerra contra el terror”. En su nombre, agentes de la CIA secuestraron a presuntos terroristas en plena calle en Milán y los trasladaron a cárceles secretas en Egipto. Ahí eran sometidos a “severos métodos de interrogatorio”, según el eufemismo de una administración republicana bien dispuesta a valerse de ellos. Símbolo por excelencia de la degradación política ha sido hasta hoy el campo de prisioneros estadounidense de Guantánamo, en Cuba. Las promesas de su cierre inmediato por Obama resultaron incumplidas.
El patio de (muy) atrás. Si las relaciones entre Estados Unidos y América latina nunca fueron sencillas, desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 experimentaron un nuevo grado de complicación, con un creciente distanciamiento entre un Washington que adoptó como lema el “conmigo o contra mí”. América latina, entretanto, y aun aquellas elites políticas más pertinaces, fue aprendiendo que quizá ya no precisara tanto del apoyo del norte. Así quedó demostrado con el golpe de Estado en Honduras en 2009, donde Brasilia quiso empezar a jugar el papel de Washington.
Una de las razones fue que Estados Unidos se vio totalmente distraído y centrado en Afganistán e Irak, si bien la causa principal del deterioro de las relaciones interamericanas fue cómo la mayor parte de América latina reaccionó a las políticas que juzgaba unilaterales y arrogantes para afrontar la “amenaza terrorista”.
Unilateralismo S.A. Un ejemplo del malestar que provocó esta estrategia en la región fue el discurso del entonces presidente brasileño, Fernando Henrique Cardoso, ante la Asamblea Nacional de Francia apenas un mes después del 11-S, recién comenzada la ofensiva estadounidense en Afganistán. “La barbarie no es solamente la cobardía del terrorismo, sino también la intolerancia o la imposición de políticas unilaterales en escala planetaria”, resumió el presidente socialdemócrata.
Situación que no hizo más que empeorar cuando, tres años más tarde, Estados Unidos inició la guerra de Irak frente al rechazo regional no sólo de tradicionales ejecutivos antagonistas de Washington como el venezolano Hugo Chávez, que jamás perdonó a Bush su reconocimiento al gobierno de Pedro Carmona tras el golpe que un año antes había intentado acabar con su mandato.
América latina se convertía en modelo, antes que en discípula de la potencia atacada. Esto se volvería a ver en la humillación final de Bush, la crisis de 2008. En la última década, América latina no sólo no ha sufrido, sino que vivió un importante salto económico, cuyos resultados quedaron patentes cuando se convirtió en una de las regiones del mundo que mejor sortearon la crisis global.

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